Interpretación feminista del relato de la creación
por Leonardo Boff (Brasil)
15 años atrás 4 min lectura
Las teólogas feministas nos han descubierto los rasgos antifeministas del
actual relato de la creación de Eva (Gn 1,18-25) y de la caída original (Gn
3,1-19), que ha venido reforzando en la cultura los prejuicios contra las
mujeres. Según este relato, la mujer fue formada de una costilla de Adán que,
al verla, exclama: «esta es carne de mi carne y hueso de mis huesos, y se
llamará varona (hebreo: ishá) porque fue sacada del varón (ish);
por eso el varón dejará a su padre y a su madre para unirse a su varona: y los
dos serán una sola carne» (2,23-25).
El sentido originario pretendía mostrar la unidad hombre/mujer, pero la
anterioridad de Adán y la formación de la mujer a partir de su costilla fue
interpretada como superioridad masculina.
El relato de la caída también suena antifeminista: «Vio, pues, la mujer que
el fruto de aquel árbol era bueno para comer… tomó el fruto y lo comió; le dio
a su marido y lo comió. Inmediatamente se les abrieron los ojos y se dieron
cuenta de que estaban desnudos» (Gn 3,6-7). La mujer es considerada aquí como
sexo débil, pues fue ella quien cayó en la tentación y, a partir de ahí, sedujo
al hombre. Esta es, pues, la razón de su sometimiento histórico, ahora
ideológicamente justificado: «estarás bajo el poder de tu marido y él te
dominará» (Gn 3,16).
Pero hay una lectura más radical, presentada, entre otras, por dos teólogas
feministas: Riane Eisler (Sacred Pleasure, Sex Myth and the Politics of the
Body, 1995) y Françoise Gange (Les dieux menteurs, 1997), que
resumo aquí. Estas autoras parten del hecho histórico de que hubo una era
matriarcal anterior a la patriarcal. Según ellas, el relato del pecado original
habría sido introducido por interés del patriarcado como una pieza de
culpabilización de las mujeres para arrebatarles el poder y consolidar el
dominio del hombre. Los ritos y los símbolos sagrados del matriarcado habrían
sido demonizados y retroproyectados a los orígenes en forma de un relato
primordial, con la intención de borrar totalmente los rasgos del relato
femenino. El actual relato del pecado original trata de eliminar los cuatro
símbolos fundamentales del matriarcado.
El primer símbolo atacado es la mujer en sí, que en la
cultura matriarcal representaba el sexo sagrado, generador de vida. Como tal,
simbolizaba a la Gran-Madre,
y ahora pasa a ser la gran seductora.
En el segundo se deconstruye el símbolo de la serpiente,
que representaba la sabiduría divina que se renovaba siempre como se renueva la
piel de la serpiente.
En el tercero se desfigura el árbol de la vida, considerado
como uno de los símbolos principales de la vida, gestada por las mujeres, ahora
bajo prohibición: «no comáis ni toquéis su fruto» (3,3).
En el cuarto se distorsiona el carácter simbólico de la sexualidad,
considerada sagrada pues permitía el acceso al éxtasis y al conocimiento
místico, y representada por la relación hombre-mujer.
¿Qué es lo que hace el actual relato del pecado original? Invierte
totalmente el sentido profundo y verdadero de esos símbolos. Los desacraliza,
los demoniza, y transforma lo que era bendición en maldición.
La mujer es eternamente maldita, convertida en un ser
inferior, seductora del hombre que «la dominará» (Gn 3,16). Su poder de dar la
vida se realizará con dolor (Gn 3,16).
La serpiente, además de maldita, pasa a ser el enemigo radical de la
mujer, que la herirá en la cabeza, pero ella la morderá en el calcañar
(Gn 3,15).
El árbol de la vida y de la sabiduría cae bajo el signo de lo
prohibido. Antes, en la cultura matriarcal, comer del árbol de la vida
era imbuirse de sabiduría. Ahora, comer de él significa un peligro letal (Gn
3,3).
El lazo sagrado entre el hombre y la mujer es sustituido por el lazo
matrimonial, ocupando el hombre el lugar de jefe y la mujer el de
dominada (Gn 3,16).
En este relato tal como está en el Génesis se operó una deconstrucción
profunda del relato anterior, femenino y sacral. Hoy todos somos, bien o mal,
rehenes de este relato adámico, antifeminista y culpabilizador.
¿Por qué escribir sobre esto? Para reforzar el trabajo de las teólogas
feministas que nos indican cuán profundas son las raíces de la dominación de
las mujeres. Al rescatar el relato más arcaico, feminista, buscan proponer una
alternativa más originaria y positiva, en la cual aparezca una relación nueva
con la vida, con los géneros, con el poder, con lo sagrado y con la sexualidad.
*Fuente: Servicios
Koinonia
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