La revuelta árabe y el pensamiento estratégico
por Raúl Zibechi (Uruguay)
16 años atrás 6 min lectura
04/02/2011
Las rebeliones en Túnez y Egipto, así como las que despuntan en otros países de la región, perfilan un cambio sistémico en la relaciones internacionales que se puede resumir en la desarticulación del papel de los Estados Unidos, y sus aliados, en Medio Oriente.
En junio de 2008 el boletín mensual del Laboratorio Europeo de Anticipación Política (LEAP), advirtió que los regímenes árabes pro occidentales se encontraban a la deriva y que había «60 por ciento de riesgos de explosión político-social en el eje Egipto-Marruecos». El análisis hacía hincapié en las consecuencias de la «crisis sistémica global» por la cual regímenes afrontarían serias dificultades ante inminentes motines de hambre y verificaba la «incapacidad de Washington y sus aliados europeos para tener un discurso que no sea el de la seguridad»(1).
Cuando se enfoca en Egipto, el Laboratorio registra un crecimiento de la inestabilidad «a causa del estancamiento político en que lo coloca el final del reinado de Mubarak, mientras que el régimen es incapaz de satisfacer las esperanzas económicas y sociales radicalizadas de una proporción creciente de la población». La conclusión del centro europeo de análisis estratégicos es llamativa a la luz de los hechos actuales: «Para nuestros investigadores, Egipto será políticamente arrastrado por las consecuencias de la entrada en el núcleo de la crisis sistémica global. La inestabilidad social prevalecerá sobre la naturaleza de seguridad pública del régimen».
Estrategia vs. adivinanza.
La forma como se llega a este tipo de conclusiones anticipatorias no tiene nada de azaroso. En rigor, no se trata ni de adivinanzas ni de pronósticos, porque el futuro no es previsible. La cuestión es más compleja. Se trata de comprender las líneas de fuerza, las relaciones de poder, los puntos fuertes y débiles de las relaciones internacionales entendidas como un sistema. Algo así como detectar qué ladrillos del muro son los que sostienen la estructura, de modo que si son retirados o se ven afectados puede venirse abajo toda la construcción, por más sólida que sea en apariencia.
Para eso se requieren análisis de largo y de corto plazo, múltiples enfoques (políticos, económicos, sociales y culturales,) o sea un conjunto completo y complejo de lecturas que permitan una compresión de conjunto, tanto cuantitativa como cualitativa. Un análisis sistémico que suele ser realizado en equipo con vocación de comprender la totalidad. Los conceptos de «crisis sistémica» y de «desarticulación geopolítica», que utiliza habitualmente el LEAP, pertenecen a este tipo de análisis.
Sin embargo, cuando se insiste en que estamos atravesando una crisis sistémica no debe entenderse, como suele suceder muchas veces, de que es el sistema capitalista el que está en crisis terminal. Lo que se pretende enfatizar es que el sistema internacional tal y como venía funcionando desde su última gran reestructuración, punto que podemos fijar en 1945 al finalizar la Segunda Guerra Mundial, no seguirá existiendo durante mucho tiempo. Los análisis sistémicos no suelen precisar fechas exactas para que los cambios sucedan, sino apenas indicar que se ha ingresado en una etapa signada por algunas tendencias de fondo. Por ejemplo: la crisis de la hegemonía estadounidense. Eso quiere decir que Estados Unidos por sí solo ya no puede delinear el mapa del mundo a su antojo como lo hizo durante cinco o seis décadas. Pero no quiere decir que vaya a desaparecer sino que seguirá siendo una potencia, seguramente la más importante, pero sin el poder de antaño en un mundo multipolar.
Del mismo modo, cuando se asegura que fue el año 2008 cuando se produjo ese viraje, que en realidad sucedió bajo el mandato de George W Bush, se trata de fechas aproximadas, simbólicas, que indican sólo puntos de inflexión.
Egipto como punto de inflexión.
Durante los dos últimos años BRECHA ha venido registrado algunos de estos cambios sistémicos. Además del declive del poder de los Estados Unidos, se ha enfatizado en el crecimiento del BRIC (Brasil, Rusia, India y China, a la que ahora se suma Sudáfrica). También se ha detectado el viraje de Turquía, país que viene abandonando la esfera de influencia de Washington. Sin embargo, la revuelta árabe es un giro de tuerca pronunciado.
En el caso de Egipto, como apunta el periodista Hossam el-Hamalawy, lo extraño es que la explosión no haya sucedido antes. «Durante los últimos años la revuelta estaba en el aire», señala en una entrevista difundida por Al Jazeera el 27 de enero. Como ninguna rebelión cae del cielo, explica que en 2008 hubo dos «mini intifadas» en Túnez y que en Egipto se registran fuertes movimientos huelguísticos desde diciembre de 2006, con epicentro en la industria textil de la ciudad de Mahalla en el Delta del Nilo. Como consecuencia de esta oleada de huelgas se han formado dos sindicatos independientes del régimen, los cobradores de impuestos con 40 mil afiliados y el de técnicos de salud con 30 mil.
El primer cambio de larga duración a tener en cuenta es «el grado de valentía de la gente», que ha perdido el miedo, se ha convertido en protagonista y no será sencillo volver a encerrarla en sus casas. Si no hubo levantamientos antes fue porque el régimen acertó en colocar en el centro el combate al terrorismo para inhibir cualquier disenso.
El segundo cambio es que Estados Unidos está perdiendo de forma acelerada a sus más importantes aliados en la región. Ya perdió a Turquía, luego a Túnez y ahora a Egipto, el país que más ayuda recibe luego de Israel. Si coincidimos con Immanuel Wallerstein en que vivimos la segunda rebelión árabe (la primera fue en 1916 para independizarse del Imperio Otomano), Washington es el gran perdedor. Por el contrario, el gran ganador es Irán. Por curioso que parezca, al derribar a Saddam Hussein los Estados Unidos le sirvieron en bandeja de plata un papel destacado a Teherán en Medio Oriente, porque el líder iraquí había sido «el enemigo más feroz y más eficaz de Irán».
La Casa Blanca no ha podido ocultar su falta de política alternativa a los regímenes dictatoriales, más allá del célebre discurso de Barack Obama en El Cairo el 4 de junio de 2009 que, ironías de la historia, se tituló «Un nuevo comienzo». Hillary Clinton se limitó a hacer llamados genéricos a la democracia y la paz, a pedir una transición ordenada sin vacío de poder, y poco más. Sin apoyarse en Egipto, un verdadero régimen cliente, creado y sostenido por la ayuda militar y política, el peso de Estados Unidos en Oriente Medio retrocederá varios escalones.
Pero no sólo Washington pierde en esta región. Todo Occidente, y muy en particular la Unión Europea, que recibe el petróleo a través del Canal de Suez, verá cómo su influencia se desvanece en las calles y las plazas árabes.
Finalmente, todas las miradas apuntan a Turquía. Alejada de Washington y de Tel Aviv, sin llegar a alinearse con Irán, se va erigiendo tanto en bisagra como en ejemplo a seguir. Los futuros gobernantes de El Cairo tendrán en Ankara una fuente de inspiración casi ineludible, toda vez que los ejes del nuevo, y precario, equilibro en la región se encuentran cada vez más alejados de aquellos países que fueron hasta ahora fieles aliados de la ex superpotencia.
(1) Geab No. 26, 17 de junio de 2008.
– Raúl Zibechi, periodista uruguayo, es docente e investigador en la Multiversidad Franciscana de América Latina, y asesor de varios colectivos sociales.
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