El pueblo tunecino echó a Ben Alí.
por Carlos Iaquinandi Castro (SERPAL)
15 años atrás 8 min lectura
Ni las amenazas, ni los disparos detuvieron las protestas
populares que se iniciaron hace un mes en Túnez. La represión lejos de
apaciguar los ánimos de los ciudadanos, extendió las manifestaciones y el
reclamo de que el presidente Ben Alí dejara el poder que ejerció durante 23
años. Las demandas de pan, trabajo y libertad terminaron provocando la huída
del país del presidente Ben Alí y su
familia en un hecho que no tiene precedentes en la región del Magreb y que inquieta
a las plácidas monarquías absolutistas de Medio Oriente que han contado siempre
con la complacencia de los gobiernos europeos y de Estados Unidos.
"O nos matan o
se van, pero aquí no se negocia"
El 17 de diciembre, un joven informático sin trabajo,
Mohamed Bouziz, se prendió fuego frente al gobierno civil de su pueblo.
Protestaba porque poco antes la policía le había confiscado su puesto de venta
ambulante por no tener licencia. Los reclamos se propagaron rápidamente,
exigiendo trabajo y libertades y rechazando los aumentos en artículos de
primera necesidad. El 6 de enero, Bouziz murió como consecuencia de las graves
quemaduras, y las protestas se extendieron, llegaron a la capital y se
intensificaron los enfrentamientos con la policía que en muchas ocasiones abrió
fuego con sus armas provocando muertos y heridos. Así se llegó al jueves 13 de
enero, en el que ante la inminencia de una huelga y una marcha multitudinaria,
el presidente Ben Ali anunció que no se presentaría a la reelección en el 2014,
la reducción de los precios de los alimentos básicos, libertad de expresión y
que no se reprimiría con armas de fuego. Pero ya era tarde. Los manifestantes
advirtieron que solo se trataba de una maniobra para contener los reclamos y
ganaron las calles en mayor número y radicalidad. "O nos matan o se van,
pero aquí no se negocia", fue uno de los lemas. Ben Alí, se marchó y
emulando al argentino De la Rúa,
o al boliviano Sánchez de Losada, dejó atrás decenas de muertos, un estado de
emergencia y al ejército en las calles.
La chispa que
incendió a gran parte de la sociedad tunecina
Estudiantes, trabajadores y comerciantes fueron los que
nutrieron las primeras protestas de un movimiento que no ha tenido organización
ni dirección reconocida. El peso de la corrupción de los gobernantes,
encabezada por una ambiciosa "primera dama", Leila Trabelsi y
familiares, la falta de libertades, la desocupación ( importante en técnicos
con formación media y superior) hizo que la "chispa" de la
desesperada acción de Mohamed Bouziz al inmolarse como protesta, incendiara a
una gran parte de la sociedad tunecina harta de la corrupción e ineficacia de
sus gobernantes. El reclamo popular de "fuera Ben Alí", se convirtió
en victoria cuando el presidente decidió huír con destino incierto. Tan
inicierto que seguramente los pilotos no tenían certeza de cuál sería el
destino final, que es probable, se
estuviera negociando desde la propia cabina del avión. Sarkozy, cómplice tácito
de la violencia represiva del presidente tunecino, consideró que la utilidad de
Ben Alí para los intereses neocoloniales franceses había caducado y negó la
posibilidad de un refugio en Francia. Esta vez el gobierno francés no se
atrevió a usar la figura de "asilo humanitario" con la que
desvergonzadamente recibió en su dia al déspota Jean Claude Duvalier, expulsado
por una revuelta del pueblo haitiano. Así, la que fuera durante decenios
metrópoli del colonialismo en el Magreb, prefirió evitar el riesgo de la segura
protesta de miles de tunecinos que residen en Francia.
Los métodos
neoliberales no tienen fronteras
Túnez – diez millones de habitantes – es considerado uno de los países más
prósperos del Magreb, pero en los últimos años la crisis internacional y
medidas neoliberales del gobierno, han deteriorado gravemente la situación. El
gobierno ha permanecido insensible a las quejas contra la corrupción desbocada,
el desempleo y la falta de libertades. El gobierno compró empresas que luego
pasaron a familiares del presidente o miembros de su partido. El paso siguiente
fue especular con esas empresas revendiéndolas con enormes ganancias después de
despedir a numerosos trabajadores. Similar proceso al que hicieron algunos
capataces del neoliberalismo en América Latina, como el caso del presidente
argentino Carlos Menem y sus privatizaciones de las empresas de recursos y
servicios que constituían la base del patrimonio nacional. Como puede
deducirse, los kilómetros no son distancia en el mundo globalizado y algunos
métodos, triquiñuelas y villanías curzan frontera con la facilidad que se les
niega a los inmigrantes, generalmente las víctimas de estos secuaces de las
políticas expoliadoras.
Europa y EEUU miran
hacia otro lado.
Durante las semanas en las que el gobierno tunecino reprimió
criminalmente a su propio pueblo, dejando un saldo de más de medio centenar de
muertos y más de 200 heridos, los países de la Unión Europea y
Estados Unidos, permanecieron prácticamente en silencio. Las excepciones, algún
tímido y cauteloso comunicado de alguna cancillería, haciendo llamamientos al
diálogo y a no utilizar la violencia. Ninguna condena, ninguna advertencia al
gobierno de Ben Alí para que sus fuerzas de seguridad dejaran de disparar
contra los manifestantes. Quizás pensaron que sería una "borrasca"
pasajera. Quizás están acostumbrados a que hay gobiernos que aunque no sean muy
democráticos ni se preocupen por su gente, son eficientes aliados y facilitan
provechosas relaciones comerciales. El 76 por ciento de las exportaciones
tunecinas tienen como destino a países europeos, y más de las dos terceras
partes de lo que exporta Túnez proviene del Viejo Continente. Francia, ocupa un
lugar de privilegio. En el 2009 sus importaciones de Túnez superaron los 3.200
millones de euros. En el mismo año,
1.250 empresas de origen francés estaban radicadas en ese país africano.
También Alemania, Bélgica, España, Italia, Países Bajos y Reino Unido tienen
inversiones importantes en Túnez.
Lo que vendrá
Es difícil predecir si la huída de Ben Alí, será el fin de
la revuelta. A eso apuestan los países occidentales, conformes de tener en esa
delicada región a un país que ha sabido controlar los brotes del islamismo
radical, mantiene proscripto al Partido Comunista Tunecino y a otras corrientes
de izquierda, también controla la prensa y ha sido un alumno eficiente del Fondo
Monetario Internacional que lo ha considerado un país modelo en la aplicación
de sus "recetas". Sarkozy y Merkel han sugerido que haya "una
continuidad pacífica" y eso parece que es lo que intentarán los
funcionarios que heredaron el gobierno de Ben Alí. En las últimas horas, el
primer ministro Mohamed Ghanuchi que
había asumido provisionalmente, ha sido reemplazado por el presidente del
Parlamento, Fued Mebaza. Lo nombró el Consejo Constitucional, pero con mandato
interino y en cumplimiento del artículo 57 de la Carta Magna.
Vagamente se ha mencionado que habrá una futura convocatoria de elecciones.
Pero todavía todo se presenta muy confuso. De hecho, según el mandato
constitucional su mandato interino no puede prolongarse más allá de 60 dias.
El nuevo gobierno es débil, pero también lo es la oposición
política existente. Su principal exponente es el Partido Democrático
Progresista, de centro izquierda, y liderado por Maya Sirbi. Ya es
significativo el hecho de que el principal partido opositor esté liderado por
una mujer en un país donde hay una abrumadora mayoría musulmana. El islamismo
está representado por el Movimiento Ennhada, que tiene cierto predicamento,
pero no el peso que suelen tener esas corrientes en otros países del Magreb. Quizás por eso, se define esta revuelta como
un movimiento popular, con fuerza en la
juventud ( donde el paro alcanza al 30% ) y en los profesionales ( casi la
mitad de los que terminaron estudios universitarios están sin trabajo ) y que
no tiene el componente religioso habitual en la región. Eso sí, Al Qaeda, que
evidentemente no participó en estos hechos, se apresuró a saludar el
derrocamiento de Ben Alí, quizás una forma de decir "presentes" en un
movimiento popular en el que no tienen incidencia ni parte, pero que puede
tener futuro.
Mientras tanto, Ben Alí, hasta ahora "modelo laico y
presuntamente democrático" de Occidente, terminó refugiándose en una de
las monarquías absolutistas más retrógradas: Arabia Saudita. Un régimen con
rasgos feudales, con el poder concentrado en un monarca y su familia, donde no
existen los partidos políticos ni elecciones, salvo una parodia de municipales
que realizaron en el 2005 más "for export" que para validez interna.
Aunque no sea habitual leer críticas contra el absolutismo saudí, sus
tribunales aplican penas corporales como pueden ser la amputación de las manos
o los pies en caso de robo, o latigazos por delitos menores. Aquí cabría el
refrán "dime donde te asilas y te diré quien eres".
Los próximos dias revelarán si el alzamiento popular detiene
su marcha y se conforma con la huída de Ben Alí o exige más cambios. No parece
que los sucesores del gobernante derrocado estén dispuestos a llevar adelante
las demandas de pan, trabajo y libertad. Pero la historia la está escribiendo
el pueblo tunecino y habrá que aguardar los acontecimientos. Lo único seguro es
que el impacto de esta primera y triunfante revuelta contra el absolutismo en
los países árabes puede repercutir de forma imprevisible en los próximos meses.
En el aletargado y sojuzgado Egipto, sectores de la oposición festejaron el
derrocamiento de Ben Ali como una victoria propia y aprovecharon para recordar
que ellos están hartos de Mubarak, de la falta de libertades, y del papel que
juega su país en relación con el cerco israelí al pueblo palestino. En Argelia,
ya hubo manifestaciones y protestas similares a las que ocurrieron en Túnez.
Seguramente los cancerberos del injusto orden internacional
tomarán medidas para que esta chispa no incendie a países vecinos o más
distantes, pero donde los pueblos atraviesan similares condiciones y aspiran
también a tener auténticas democracias, con pan, trabajo y libertad.
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