miércoles, 08 de diciembre de 2010
En 1958, un joven Rupert Murdoch, entonces propietario y
director de The News de Adelaide, Australia, escribió: "En la carrera entre el
secreto y la verdad, parece inevitable que la verdad siempre vencerá". Su
observación reflejaba quizá la revelación hecha por su padre, Keith Murdoch, de
que soldados australianos eran sacrificados sin necesidad por incompetentes
comandantes británicos en las costas de Galípoli.
Los británicos trataron de callarlo, pero Keith Murdoch no
cedió, y sus esfuerzos condujeron a la terminación de la desastrosa campaña de
Galípoli.
Casi un siglo después, Wikileaks también publica sin temor
hechos que es necesario dar a conocer.
Crecí en una población rural de Queensland, donde las
personas decían sin cortapisas lo que sentían. Desconfiaban del gobierno como
un ente que podía corromperse si no se le observaba con atención. Los negros días
de corrupción en el gobierno de Queensland, antes de la investigación de Tony
Fitzgerald, a finales de la década de 1980, dan testimonio de lo que ocurre
cuando los políticos impiden a los medios divulgar la verdad.
Esos recuerdos se han quedado en mi mente. Wikileaks fue
creado en torno a esos valores esenciales. La idea, concebida en Australia, era
usar las tecnologías de Internet en nuevas formas para informar la verdad.
Wikileaks acuñó un nuevo tipo de periodismo: el periodismo
científico. Trabajamos con otros medios para llevar noticias a las personas,
pero también para probar que son ciertas. El periodismo científico permite leer
una nota y luego dar un clic en línea para ver el documento original en el que
se basa. De esta manera uno puede juzgar por sí mismo: ¿la nota es cierta? ¿El
periodista la reportó con precisión?
Las sociedades democráticas necesitan medios fuertes, y
Wikileaks es parte de los medios.
Los medios ayudan a mantener la honradez de los gobiernos.
Wikileaks ha revelado algunas duras verdades acerca de las guerras de Irak y
Afganistán, y ha dado a conocer noticias acerca de la corrupción de las grandes
corporaciones.
Hay quienes dicen que soy opositor a las guerras: no lo soy.
A veces las naciones necesitan ir a la guerra, y existen guerras justas. Pero
nada hay más injusto que un gobierno que miente a la población acerca de esas
guerras, y luego pide a esos mismos ciudadanos que den su vida y sus impuestos
para sostener esas mentiras. Si una guerra es justificada, entonces hay que
decir la verdad, y la población decidirá si la apoya.
Si han leído alguna de las publicaciones sobre las guerras
en Afganistán o Irak, cualquiera de los cables de las embajadas de Estados
Unidos o cualquier nota de prensa sobre lo que Wikileaks ha revelado,
consideren cuán importante es que todos los medios puedan informar con libertad
acerca de ello.
Wikileaks no es el único que publica cables de las embajadas
estadunidenses. Otros medios, como el británico The Guardian, The New York
Times, El País en España y Der Spiegel en Alemania, han publicado esos mismos
cables.
Sin embargo, es Wikileaks, como coordinador de esos otros
grupos, el que ha concentrado los ataques y acusaciones más violentos de
Washington y sus acólitos. Se me ha acusado de traición, aunque soy ciudadano
de Australia, no de Estados Unidos.
En Estados Unidos se han hecho docenas de llamados en serio
para que las fuerzas especiales me liquiden. Sarah Palin dice que debo ser
cazado como Osama Bin Laden; en el Senado hay una iniciativa republicana con el
fin de que se me declare amenaza internacional y se disponga de mí en
consecuencia. Un asesor de la oficina del primer ministro canadiense ha
convocado por televisión nacional a que me asesinen. Un bloguero estadunidense
ha demandado que secuestren y lastimen a mi hijo de 20 años, aquí en Australia,
por ninguna otra razón que para hacerme daño.
Y los australianos deben observar sin ningún orgullo el
vergonzoso alcahueteo de estos sentimientos que hacen la primera ministra de su
país, Julia Gillard, y la secretaria de Estado estadunidense, Hillary Clinton,
sin emitir una palabra de crítica hacia las otras organizaciones mediáticas.
Eso es porque The Guardian, The New York Times y Der Spiegel son antiguos y
grandes, en tanto Wikileaks es joven y pequeño.
Somos los de abajo. El gobierno de Gillard trata de matar al
mensajero porque no quiere que se revele la verdad, la cual incluye información
acerca de sus propios tratos diplomáticos y políticos.
¿Ha habido alguna respuesta del gobierno australiano a las
numerosas amenazas públicas de violencia en contra mía y de otros miembros de
Wikileaks? Uno hubiera creído que una primera ministra australiana defendería a
sus ciudadanos de esas cosas, pero sólo ha habido acusaciones de ilegalidad
desprovistas de todo fundamento. La primera ministra, y en especial el
procurador general, están obligados a desempeñar sus funciones con dignidad y
por encima de la escaramuza. Créanme, lo que esos dos quieren es salvar el
pellejo. No lo lograrán.
Cada vez que Wikileaks publica la verdad sobre abusos
cometidos por agencias estadunidenses, políticos australianos entonan junto con
el Departamento de Estado un coro de demostrable falsedad: ¡Ponen vidas en
riesgo! ¡Seguridad nacional! ¡Ponen en peligro las tropas! Luego dicen que no
hay nada importante en lo que Wikileaks publica. Ambas cosas no pueden ser
ciertas a la vez. ¿Cuál es la verdadera?
Ninguna de las dos. Wikileaks lleva cuatro años publicando
documentos. En ese tiempo hemos cambiado gobiernos enteros; pero ni una sola
persona, hasta donde se puede saber, ha resultado dañada. En cambio, Estados
Unidos, con la connivencia del gobierno australiano, ha matado a miles tan sólo
en los meses pasados.
En una carta al Congreso de su país, el secretario
estadunidense de Defensa, Robert Gates, reconoció que ninguna fuente ni ningún
método de inteligencia han sido puestos en riesgo por la revelación de los
documentos sobre Afganistán. El Pentágono sostuvo que no había evidencia de que
los reportes de Wikileaks condujeran a que alguien resultara dañado en
Afganistán. La OTAN
en Kabul declaró a CNN que no podía encontrar una sola persona que necesitara
protección. El Departamento de la
Defensa australiano dijo lo mismo. Ningún soldado, ninguna
fuente de Australia han sido perjudicados por nada de lo que hemos publicado.
Sin embargo, de ahí a que nuestras publicaciones no sean
importantes hay mucha distancia. Los cables diplomáticos estadunidenses revelan
algunos hechos alarmantes:
Estados Unidos pidió a sus diplomáticos que robaran material
personal e información de funcionarios de la ONU y de grupos de derechos humanos: ADN, huellas
digitales, escaneos del iris, números de tarjetas de crédito, contraseñas de
Internet y fotos de identificación, en violación de tratados internacionales.
Es de suponerse que también diplomáticos australianos han estado en la mira.
El rey Abdulá de Arabia Saudita pidió a funcionarios
estadunidenses en Jordania y Bahrein que detuvieran el programa nuclear iraní
por cualquier medio posible.
La investigación británica sobre Irak fue manipulada para
proteger intereses estadunidenses.
Suecia es miembro encubierto de la OTAN, y comparte inteligencia
con Estados Unidos sin dar cuenta al parlamento.
Estados Unidos presiona con rudeza a otros países para que
acojan a los detenidos liberados del campo de prisioneros de Guantánamo. Barack
Obama sólo accedió a reunirse con el presidente esloveno si su gobierno daba
cobijo a un prisionero. Nuestro vecino del Pacífico, Kiribati, recibió una
oferta de millones de dólares si aceptaba detenidos.
En su histórico veredicto sobre los papeles del Pentágono, la Suprema Corte de
Justicia de Estados Unidos advirtió: sólo una prensa libre e irrestricta puede
exponer con efectividad los engaños del gobierno. La tormenta en torno a
Wikileaks refuerza la necesidad de defender el derecho de todos los medios a
revelar la verdad.
* Publicado como colaboración externa del fundador y editor
en jefe de Wikileaks por la edición en línea de The Australian del martes 7 de
diciembre.
Traducción: Jorge Anaya
*Fuente: El Clarin
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