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El mito de la izquierda en Chile 

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Últimamente, se han 
publicado una serie de artículos lanzando ideas acerca de cómo tendría
que ser  el mejor modo de empezar a
reconstruir la izquierda que, como sabemos, se encuentra invisibilizada en
el  escenario político-social de nuestro
país. Se dice, no sin razón que la izquierda 
-si es que ésta existiera- estaría pesando menos que un paquete de
cabritas.

Muchas de estas opiniones si, bien es cierto, son plausibles
de tomarlas en cuenta,  sin embargo, en
mi opinión, la mayoría de ellas, adolecen de un gran fallo: parten de la idea
que esta reconstrucción tendría que hacerse, necesariamente,  a partir del Partido Comunista y de la misma
Concertación.

Como sabemos el lenguaje político introducido en el imaginario
social  de nuestro país, han hecho creer
que es en estos referentes donde se encontrarían representadas las genuinas
ideas de izquierda; un supuesto que, de ningún modo, en lo personal, podría
estar de acuerdo. Pienso que cualquier propósito de reconstrucción de la
izquierda, a partir de la premisa de este 
supuesto, estaría condenado al fracaso.

Y como toda opinión, para que no parezca antojadiza hay que
fundamentarla, paso a  enumerar  hechos y circunstancias en los que avalo mi
particular punto de vista sobre el tema: El Premio Nacional  de
historia, Gabriel Salazar, en una reciente entrevista por TVN afirma que "en
Chile la izquierda no existe".

Y no deja de tener razón, 
porque si bien el Partido Comunista, 
hasta  hace poco, fue un inequívoco  bastión representativo de la izquierda, hoy
esa imagen carece de sentido darla por cierta. Los últimos hechos  políticos han dejado al  descubierto un giro en 180 grados de la
tradicional  política que caracterizó al
Partido Comunista desde sus orígenes.

Aventuro mi tesis, ni más ni menos, porque el Partido
Comunista, de un tiempo a esta parte, entre otros, ha venido siendo  cooptado por el sistema que hasta el día de
ayer  declaraba como su principal  enemigo y, para más peor, se ha convertido en
una especie de vagón de cola de la Concertación. También,
está el hecho de romper  con su
tradicional política de alianzas que lo hacían privilegiar, en los procesos
electorales, pactos con movimientos y partidos que pertenecían inequívocamente
al mundo de la izquierda.

Cierto es que, individualmente, habemos no pocos que
sentimos, anhelamos  y actuamos dentro
del espíritu que le es consustancial a la izquierda,  pero ello no quiere decir que la izquierda
como tal, exista orgánicamente como actor que tenga cierto peso dentro de la
sociedad chilena. Existen grupos y pequeños movimientos afanados por  formar un gran referente político de
izquierda. Sin embargo, pese  a todos los
empeños, tales propósitos han resultado fallidos.

El último gran intento 
lo fue el Junto Podemos pero, como sabemos, en el mismo momento en que
sus objetivos empezaban a tomar vuelo, 
el Partido Comunista, contrariando los esenciales acuerdos de dicho
conglomerado (un ente alternativo a la Alianza y la Concertación), en
menos que canta un gallo, en la  undécima
hora,  con un oportunismo que dejó
boquiabiertos a todos,   se desmarcó de
tal proyecto para pasar a formar acuerdos con la Concertación, ni más
ni menos, la principal responsable de la profundización del sistema neoliberal
en nuestro país, un conglomerado que se distinguió por  cohabitar permanentemente con  la derecha, dándole golpes muy duros a los
anhelos y pretensiones de  la izquierda
chilena.

Se dice no sin razón que "la Concertación y la Alianza unida, jamás serán
vencidas". En efecto, se ha sucedido una especie de dominó político; primero, la Concertación cooptada
por la derecha, y ahora los comunistas cooptados por la Concertación. Así
vamos, de cooptación en cooptación. A decir verdad todo un desastre, un
panorama  muy negro para los
propósitos  de los anhelos de la
izquierda chilena y de todo el pueblo en su conjunto.

El descuelgue del P.C representó un quiebre significativo en
los intentos de unificación de la izquierda que se venía gestando pacientemente
desde hace años. Y si bien el  P.C.
entregó  sus razones para así hacerlo,
igual quedó flotando en el ambiente  el
cuestionamiento, desde la izquierda, a 
tal acuerdo. Por lo demás, el mismo P.C corre sus propios riesgos al
haber elegido como compañeros de ruta a la Concertación, en
desmedro de los partidos y movimientos de izquierda.

Galina Serebriakova, escritora rusa, en su hermoso y
fascinante libro "La novela de Carlos Marx", implícitamente, deja entrever este
riesgo:

"¿Cuándo es lícito un compromiso, y cuándo se convierte en infamia,
en traición a los camaradas de lucha y a uno mismo?

¿Dónde está el límite de lo que un revolucionario puede
aceptar en sus relaciones con el enemigo?

Esa línea divisoria
es tan sutil, que uno puede caer del otro lado sin advertirlo"

En efecto, el P.C. al privilegiar resultados inmediatistas
(elección de 3 diputados), no midió los riesgos que tendrá que enfrentar a
mediano o largo plazo. Las nefastas consecuencias que han sufrido los otrora
poderosos comunistas italianos, francés y español, al adoptar similar vía de
pactos o acuerdos, han terminado por pasarles la cuenta: hoy desplazados,  invisibilizados de la vida política en sus
respectivos países.

Y no es que no esté de acuerdo con que los comunistas tengan
representación en el parlamento; al contrario, hace rato ya que deberían
haberlo  tenido, incluso en una
proporción mayor aún. Lo malo está la forma en que llegaron, no por la puerta
ancha, sino por  el patio trasero. De
paso, un parlamento que por su esencia y el modo como se elige es poco representativo
y antidemocrático, los comunistas -quiero creer, involuntariamente-, se han
prestado como testigos de fe para lavarle tal imagen ante la opinión pública
internacional.

Nuestro insigne poeta e intelectual, Armando Uribe, Premio
Nacional de Literatura, va más lejos aún cuando en una especie de sentencia
admonitoria, nos advierte:   "Chile no
existe". Una fuerte y potente metáfora que, implícitamente, viene a
reforzar  la idea fuerza que hay en la
afirmación de Gabriel Salazar,  que en
Chile la izquierda no existe.

Más aún,  nuestro
poeta no se queda en chicas, cuando en reciente entrevista en el periódico "El
ciudadano", con su potente y grave voz nos lanza toda su indignación a la
cara  "siento vergüenza de ser chileno".
Sin duda, una indignada exclamación, motivado quizá por el recargado ambiente
de derecha (y de la más dura)  que
se  respira en nuestro país, y por las
vueltas de carnero y traiciones que como espectáculo nos ofrecen a diario los
políticos. Y a no olvidar también, por 
la evidente paralogización de una izquierda que, en el espectro
político, aparece hoy como fantasmagórica, perdida entre  la bruma de los puros juegos virtuales, es
decir, como si no existiera.

A veces, en tiempo de crisis, es bueno poner atención a lo
que nos dicen nuestros intelectuales, 
antes que a la de los políticos que nos tienen cansados con sus
mentiras, chácharas y empalagosa charlatanería.

Ahora bien, se confunde el hecho que si bien, no pocos
sentimos y actuamos con los valores que le han sido inherentes al mundo de la
izquierda, ello no quiere decir que nos encontremos representados
institucional, política y socialmente en la sociedad neoliberal que habitamos.
El hecho que existan en el parlamento 3 diputados comunistas no quitan ni ponen
a la realidad evidente de este hecho, al contrario la institucionalidad
fascista que  se nos ha impuesto viene a
ser aceptada y refrendada ahora, ni más ni menos, que  por el propio partido comunista que, se
suponía, era su mayor detractor.

Ahora bien, lo peor que le ha sucedido a la izquierda es el
surgimiento  de la Concertación. En
un comienzo sus fines y utilidad quedan fuera de toda duda (poner fin a la
dictadura). Sin embargo, una vez fuera el dictador, su sombra siguió imperando
al quedar intacta su institucionalidad de corte fascista. Quizás el único
cambio que logró alcanzar, fue terminar con los senadores designados y rescatar
las atribuciones presidenciales para nombrar a los  comandantes en jefe de las fuerzas armadas.  Eso sería lo único,  en lo demás nada de nada;  al contrario, reafirmó y consolidó aún más
los enclaves institucionales, incluida la propia Constitución pinochetista,
bendecida y santificada, nada más y nada menos, bajo la propia firma  del ex presidente "socialista" (¿), Ricardo
Lagos.

Entonces, por más que la Concertación haya
querido revestir con cosmética la Constitución pinochetista,  impuesta a sangre y fuego, está quedó
incólume en sus principios básicos esenciales. A decir verdad, la Concertación  nunca tuvo coraje, ni menos, voluntad
política,  para cambiar nuestra carta
fundamental, quedándose enredada en una 
sonsa "política de los acuerdos", que a la postre  significó no cambiar nada de lo sustantivo
que había en ella.. Lo único que quedó claro, con la política de los acuerdos,
es que el pueblo siguió jodiéndose, una vez más, como siempre, desde el año
1973 hasta nuestros días. No se ha dejado espacio, ni la mínima
posibilidad  de hacer cambios
estructurales en una institucionalidad retrógrada y de evidente corte fascista.
Peor aún, la Concertación
no sólo aceptó dicha institucionalidad, sino terminó por tomarle gusto,
usufructuando de las prebendas que ésta generosamente ofrecía a la élite
política. Terminaron por conformase,
refocilándose en  sus intrincadas y
complejas redes.

Y eso no sería todo, las cosas no llegaron solamente hasta
ahí. Una permanente y constante política de reafirmación del sistema neoliberal
siguió imperturbable su curso bajo la administración concertacionista. Aventada
toda posibilidad de cambio en las  estructuras
institucionales, no se ha dejado espacio ni tan siquiera para posibilitar
la  renacionalización de nuestra
principal riqueza el cobre, cada vez más 
entregada su explotación a la voracidad del capital extranjero. Tampoco
nada se hizo y nada se avanzó para 
volver hacer de la educación y la salud un bien común  social, antes que un instrumento puramente
mercantil y trampolín para los puros negocios. 
La misma suerte corrieron bienes sociales tan importantes como la luz y
el agua potable;  peor aún, se pasaron al
área privada otrora bienes sociales como avenidas y carreteras, sin olvidar que
la presidenta Bachelet, antes de dejar 
su cargo, para no ser menos, dejó todo armado para privatizar las aguas de mar, a lo menos,
en lo que dice relación en su zona costera.

Ni que hablar de una reforma tributaria, instrumento
esencial para desde allí poder hacer una auténtica distribución de la riqueza,
tan necesaria hoy en un país como el nuestro que, para vergüenza, exhibe ante
el mundo el desdoroso título de ser uno de los países con mayor desigualdad en
el reparto de la riqueza social. Por todos es sabido que Cuando Bachelet dejó
el poder, en vez de disminuir esta brecha, la dejó más aumentada aún.

Es decir, bajo la égida de la Concertación se
siguió aplicando una política implacable de privatización que,  como sabemos, 
nada tienen que ver con una auténtica política de izquierda cuyo
propósito  esencial, es ir al recate de
nuestras riquezas naturales y poner como bien común y social  los servicios esenciales. Si  hasta en los mismos círculos empresariales
reconocen que durante el periodo que gobernó la Concertación se hizo
el mejor gobierno de derecha. A confesión de parte, relevo de pruebas, dice el
dicho. No lo decimos sólo nosotros,  sino
también los empresarios que, según se supone, mucho saben sobre estas cosas.

Entonces, no  hay que
hacerse ilusiones respecto de la Concertación.  Veinte años de sucesivos
gobiernos y nada de nada. Para los ricos todo, para los de  a pie, poco o nada. Esa es la impronta que
marcó el paso de la
Concertación en 20 años de gobierno, a pesar de todas las
cifras que quiera exhibir para hacernos creer lo contrario.

En efecto, ya sabemos el valor que  tienen las cifras en manos de los políticos,
instrumentos que les sirven  para
emborracharnos la perdiz y hacernos creer que 
estamos todos en el limbo,  de que
somos todos tigres,  y todas esas
perogrulladas. Las cifras en manos de los políticos son muy peligrosas, un puro
manejo, una pura ilusión, cifras que esconden la cruda realidad de que los que
siempre estamos jodidos somos nosotros, la izquierda, los trabajadores y la
gran mayoría del pueblo en su conjunto. Sin embargo, bien sabemos que  la realidad es más  fuerte y poderosa que cualquier cifra
estadística.  No se las puede tapar ni
con las tarjetas de crédito, ni con los malls, ni los retails, ni tampoco  con los lavados de cabeza que se nos  hace a través de esos programas estúpidos de
la televisión, en su mayoría con mensajes banales y faranduleros.

Sin duda, que con el advenimiento de la Concertación es
cuando la izquierda se empezó a joder poco a poco,  hasta terminar por quedar invisibilizada. Y
tanto fue así, que hasta los periodísticos y revistas, cuyas líneas editoriales
obedecían a pensamientos afines a la 
izquierda o al progresismo, los sucesivos gobiernos de la Concertación los
dejaron morir de a poco. Les negaron sistemáticamente el acceso  a los 
anuncios y avisos publicitarios estatales, recursos cuantiosos,
traspasados íntegramente a la cadena de 
diarios de El Mercurio y el consorcio Copesa  que, como bien sabemos, fueron diarios
golpistas durante el  gobierno de la Unidad Popular.

Vista así las cosas, ¿alguien puede  seguir insistiendo en que desde la Concertación tiene
que resurgir una nueva izquierda renovadora o progresista capaz de hacer los
cambios que el  mundo de la izquierda
reclama? Creo no equivocarme al decir que de ningún modo. Y menos aún cuando
pienso que en su interior subsisten y cohabitan lobbistas  tránsfugas y mercenarios  vendidos en favor del poder y el dinero
cohabitando con lo más rancio de la aristocracia rica y poderosa de este
país.  No se porque, cuando llego a este
punto no puedo dejar de nombrar a personajes como Oscar Guillermo Garretón, Jaime
Estévez, Fernando Flores, Max Marambio, Jaime Ravinet, Enrique Correa, Jorge
Shahaulsson y una larga e interminable lista de otros próceres.

Ahora bien, en un artículo anterior, en el periodo de las
últimas elecciones, a propósito del callejón sin salida en que se encuentra la
izquierda chilena, me hacía las siguientes preguntas, las que ahora repaso
introduciéndole  las correspondientes
actualizaciones.

¿Qué le ha pasado al Partido Comunista? ¿Qué le ha pasado a
la parte progresista de la
Concertación? ¿Qué le ha pasado a la izquierda chilena? ¿Qué
le ha pasado a los trabajadores de nuestro país? ¿A nuestros intelectuales?,
etc.

¿Por qué tantos años callados, impávidos, inermes los brazos
y las bocas silenciadas, sin la más mínima capacidad de reacción ante el
implacable neoliberalismo aplicado en nuestro país, y que la Concertación tan bien
ha administrado, e incluso, profundizado más aún de cómo lo dejó la dictadura?

¿Por qué siempre apegados a una enervante inercia y dando
pasos en falso para caer políticamente en la misma rutina de siempre?

¿Qué nos pasó? ¿Cómo es que nos amansaron? ¿Por qué tan
fácilmente nos domesticaron? ¡Cómo es que hemos aguantado tanto?

¿Qué política estamos haciendo? ¿O es que conciliando y
cohabitando con los que han sido nuestros adversarios es la única política que
se puede hacer? ¿Cuándo  vamos hacer una
política que nos sea propia, aquella que nos conviene? ¿Acaso dejar que las
cosas sigan tal cual, o la ineptitud y la inercia tiene algún sentido o valor
político?

Por cierto,  no es
todo culpa de la Concertación
ni menos del  Partido Comunista. La
izquierda, en este sentido también tiene su culpa teniendo que cargar con una
enorme procesión que la ha ido corroyendo por dentro.

En la elección pasada recibí una carta de una madre asustada
ante la eventualidad que saliera elegido Piñera como presidente. Si ello
aconteciera, me decía, con qué cara iba a mirar a los ojos de sus hijos, qué
explicaciones tendría que darles para que comprendieran la tragedia que estaba
pasando. Inmediatamente le respondí en los siguientes términos:

Que había que hablarles con la verdad, nada más simple que
eso. Confesarles nuestra cobardía por no haber exigido, a los sucesivos
gobiernos de la
Concertación, haber cumplido lo que nos prometieron. Decirles
la vergüenza que sentimos por haber dejado que las cosas siguieran tal cual,
sin la más mínima capacidad de reacción de parte nuestra. Sentir vergüenza por
haber permitido que la
Concertación se enredara en una relación incestuosa con la
derecha para que el neoliberalismo hiciera y deshiciera hasta apoderarse de
nuestra propia alma. Sentir vergüenza por habernos plegado a un pensamiento
único dejando de pensar con cabeza propia.

En fin, y ya no sólo sentir vergüenza por todo aquello que
debiéramos de haber hecho y no hicimos, sino también, darle cuenta a nuestros
hijos de nuestra cobardía por aguantar tanta ignominia en todo orden de cosas.

Por último, reconocer el lavado de cabeza que nos hicieron
con tantas tarjetas de créditos, con tanto Malls, con tantos grandes
Supermercados, con tanto ídolo de futbol, con tantos ídolos de barro, y todas
esas cosas. Reconocer que nos narcotizaron con puras banalidades y estupideces.
En fin, la utilización con éxito de 
todos los recursos a que echa mano el sistema capitalista, para
adormecernos y así fugarnos de los problemas reales. El pan y circo de la época
de los romanos, ahora acá en Chile, en versión moderna, terminaron por
atrofiarnos aceptando cualquier cosa.

Si ayer fue la Concertación, y hoy Piñera, ¿para la próxima
elección tendremos que caer en este mismo juego? ¿Cuál es la solución?

De verdad, no soy quien para pretender sabérmelas todas y
actuar de pitoniso.  Sin embargo, de lo
que sí estoy seguro, es que frente a la actual crisis que vivimos en la
izquierda, para superarla, tenemos que confiar en nuestras propias fuerzas, en
nosotros mismos. Olvidarnos por completo de la Alianza y la Concertación y de
todos aquellos que nos han engañado y mentido por tantos años. No volver a
tropezarnos más con el mismo palo. Esto quiere decir que la única manera de
superar nuestra crisis es empezarla a reconstruir ¡empezando de cero!… No veo
otro camino

Contacto: Hernán Montecinos <hernancho210@hotmail.com>

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