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La Concertación: tres escenarios posibles 

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Nunca he creído mucho en las autocríticas: el término mismo está  estigmatizado por procesos que llevaban a cabo los partidos  comunistas en los países de la órbita soviética. La autocrítica se convierte en una ceremonia, muy similar a lo que hacían los romanos en el vomitorio para seguir comiendo.

La mayoría de las autocríticas de los partidos de la Concertación son, verdaderamente, anodinas y sólo provocan una sonrisa de incredulidad, a causa de la autocomplacencia que expresan; sólo dos de ellas han sacado un poco de roncha: la de Eugenio Tironi, en Radiografía de una derrota, y la de Francisco Vidal, entrevista publicada en el 6 de junio, en El Mercurio. El primero, gran evangelista del partido transversal hoy, convertido en un Judas, por obra y gracia de críticas de algunos prohombres del Freismo; el segundo, se lanza contra Expansiva y los neoliberales que dominaron la Concertación. Vidal viene recién descubriendo que la combinación política que él apoyó, casi con devoción, ha sido siempre sirviente de las políticas heredadas de la dictadura.

Es difícil prever el futuro de la Concertación y pienso que sólo tiene tres posibilidades para recuperar el poder, a partir de 2014: la primera, sería ganar por errores del contrincante, es decir, que el gobierno de Sebastián Piñera sea tan malo o peor que el de Jorge Alessandri; la segunda, se orienta a seguir la estrategia del PRI mexicano, que pudo soportar un invierno de dos sexenios de gobierno del PAN, pactando en el parlamento con el partido de gobierno y manteniendo en las regiones bolsones de poder, es decir, la gobernación de muchas regiones y otras reparticiones públicas – a diferencia de Chile, México es un Estado federal – esta “ardiente paciencia” ha permitido al PRI contar con serias posibilidades de recuperar el gobierno; la tercera posibilidad dice relación con presentar a Michelle Bachelet como abanderada de la Concertación para el 2014 – si no surge otros líderes que la reemplacen, opción remota en la actualidad, al menos en la propia Concertación.

El desprestigio del gobierno de Piñera no parece tan remoto si la oposición es capaz de presentar un frente unido y el presidente siga cometiendo errores, producto de su ilimitado amor a sí mismo y a los conflictos de interés que, cada día, siguen enlodando la probidad de su administración. Sin embargo, debemos considerar que Chile se rige por una monarquía presidencial, donde el rey es una figura casi divina; de los cuatro gobiernos de la Concertación, por muchos errores que ellos hayan cometido, Patricio Aylwin, Ricardo Lagos y Michelle Bachelet han terminado su período con un apoyo en orden creciente; la única excepción fue Eduardo Frei. Es posible que Sebastián Piñera aproveche de esta cercana adhesión de sus súbditos por su monarca para lograr altos índices de apoyo para el final de su mandato. Por lo demás, el contexto histórico-económico del gobierno de Alessandri y de Piñera es muy diferente.

La posibilidad de imitar al PRI mexicano – que tanto se asemeja a la Concertación en la apropiación del poder de los aparatos del Estado al servicio del Partido – esta estrategia supondría un nivel importante de flexibilidad y capacidad de pactar por parte de la Concertación, con la Coalición por Cambio – no sería tan difícil, pues las diferencias entre estas dos combinaciones son sólo de detalles – pues ambas conforman un duopolio y ofrecen el mismo producto en distinto envase. No en vano agudos comentaristas sostienen que el gobierno de Sebastián Piñera es el quinto de la Concertación y que el presidente sería una especie de democratacristiano, con una conciencia retardada – algo así como un democratacristiano del partido de Baviera-.

La mayoría de los concertacionistas, incapaces de un análisis crítico sobre el gobierno de Michelle Bachelet, prefieren transformar a la popular presidenta en una especie de Virgen María, inmaculada políticamente que, por un milagro permitirá a los hambrientos militantes de los partidos que componen este conglomerado volver a la tierra que mana leche y miel, de los cargos públicos;.

El problema consiste en que cuatro años de espera, en política, supone mucho tiempo y, en el intertanto, además del ataque de la derecha, el cariño popular podría ir disminuyendo a medida que pasa el tiempo; es difícil que un líder carismático conserve el atractivo cuando está alejado del poder. Se conocen muchos casos de líderes que han perdido el amor de quienes antes eran sus adeptos. Por lo demás, es evidente que segundas partes no son buenas.

No sé cuál de estas tres alternativas adopte la Concertación  – podría ser una mezcla de todas ellas- pero no cabe duda de que esta combinación es completamente incapaz de renovarse y de llegar, nuevamente, al poder no haría más que cometer los mismos errores que catapultaron su reciente derrota. Dejémonos de autocríticas y enterremos, de una vez por todas, una combinación política obsoleta y que cumplió su ciclo histórico.

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