La vorágine de información que bombardea el entorno del individuo, va generando una sensación anímica altamente contagiosa, diferente al miedo, pero cercana a él, que se traduce en la actitud obsesiva de estar informado hasta la saciedad, en un vicio urbano contemporáneo, incentivado por quienes lucran con esta predisposición hacia lo virtual, y que, de alguna manera, evidencia la soledad del hombre, la necesidad de comunicarnos, el desamparo y la conmoción sufrida frente a situaciones inevitables.
Reconozco padecer esta tendencia hacia las redes, pero sin caer en lo obsesivo, valoro las potencialidades de la conectividad y las relaciones afectivas que ella permite, por encima de distancias y fronteras. Cuando el contexto está plagado de amenazas, cuando venimos saliendo de un cuasi cataclismo, siguiendo el pulso a las convulsiones telúricas de un planeta que parece tener escalofríos, que expele sus fumarolas gigantes y oscurece los cielos, uno percibe la levedad del ser, la vulnerabilidad de nuestras sociedades afirmadas con alfileres a un ínfimo trozo de historia.
Por ello propongo un silencio necesario, callar y observar los acontecimientos más allá de los titulares fugaces de las redes, propongo un silencio profundo como necesidad de sobrevivencia.
Los destinos del planeta se ven presionados por el vellocino de oro. Los poderes económicos que orbitan espacios que están por encima de las naciones, nos imponen sus intereses y así el capitalismo de la globalización es responsable en estos momentos críticos de no frenar las acciones contaminantes que pueden destruirnos.
Por ello es necesario remecer la conciencia universal y así se está produciendo la Conferencia Mundial de los Pueblos sobre Cambio y Derechos de la Madre Tierra, en la ciudad de Cochabamba, Bolivia, con una amplia convocatoria a dirigentes sociales representativos de una gran diversidad político religiosa, con el denominador común de elevar la voz para exigir correcciones mundiales frente a los desastres que la humanidad va enfrentando en forma alarmante a nivel del globo.
Los medios de comunicación oficiales casi no mencionan estas acciones de la civilidad mundial que rechaza el sistema depredador vigente. Quizás los días de paralización del tráfico aéreo que han vivido los países europeos y Estados Unidos, como consecuencia del volcán Eyjafjöll ubicado en Islandia, sirvan para remecer la hemisferio norte haciéndoles entender los límites a que se ha llegado con el modelo capitalista actual. En Bolivia, en el altiplano, se vive una cita contestaria para darle un respiro al planeta.Un espacio para meditar, orar y reflexionar; para desplegar acciones desde la sociedad civil hacia los gobiernos, desde las naciones menos desarrolladas del planeta a los niveles decisores que tienen la capacidad de evitar que se siga destruyendo la naturaleza. El tiempo se acaba. Las condiciones estelares con aumento de la radiación solar frente al debilitamiento de la atmósfera de protección del planeta, está alterando el clima, provocando fenómenos extremos, tales como las tormentas que destruyeron las favelas de Río de Janeiro o las lluvias de granizos que se vio hoy en Buenos Aires.
Es necesario un momento de silencio global. Para pedir perdón a la madre tierra por los abusos cometidos.
Chañaral, Martes, 20 de Abril de 2010
– Publicado también por Periodismo Independiente, Tribuna ciudadana para Periodismo Independiente
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