Los Chicago Boys lo consiguieron: el Estado chileno es minúsculo y se encarga de administrar las polainas del poder que son aburridas para los privados. Si a éstos les va mal, piden subsidio de ese Estado. Si les va bien, intentan reducir al mínimo la devuelta de mano impositiva. Funcionando así los últimos treinta y cinco años, dicen esos privados que Chile pololea con el desarrollo en diversos ámbitos y hasta los pobres privados, bien ñoños, nos cachiporreamos de eso con los vecinos. Recién ahora que es la hora de los quiubos vamos cachando que ese desarrollo es en verdad para los puros privados ricos. Que al Estado no le queda nada y su única riqueza estricta es una parte del cobre que rescató Allende, teta mamada en un décimo por el Ejército que gasta lo mamado preparándose para guerras fantasmas mientras los bomberos hacen colectas en las calles para apagar los incendios reales y nuestros terremotos periódicos y kármicos.
Por eso asombra lo canalla de la Van Rysselbergue puteando al Estado por no ayudar a tiempo, no por lo justo y razonable de la acusación, sino porque ella misma y su partido de Chicago boys quiso que así fuera.
Dicen esos feligreses de Milton Friedman que en cada crisis se esconde una oportunidad. Y demás que los saqueadores de Conce hicieron su oportunidad en la crisis del miedo y la desinformación y Paz Froimovich la hizo antes cuando comerció sin escrúpulos pero con todas las de la ley ante la crisis habitacional del chileno aspiracional y le dio departamentitos de tabiquería que de lejos se parecen a los del barrio alto.
Ideólogos y accionistas de la academia privada cosechan los resultados de sus buenos alumnos autodidactas y pungas que se convencieron que la felicidad está en tener y la infelicidad se mide en relación a lo que falta por tener. Ergo, el revuelto río de la desgracia ajena es la oportunidad perfecta para pescar por primera vez un plasma, pues los tallarines del pasillo de al lado los almuerza día por medio y ni siquiera un terremoto lo hará preferirlos frente a ese objeto deseado y negado por tanto tiempo. Y así constata que lo único que lo separaba del plasma no era la ley intangible, sino los pacos de carne y palos y mientras éstos no estuvieron fueron libres para ser felices. Sólo se pudo poner orden decretando Estado de Catástrofe y algunos hasta clamaron por estado de sitio… Todo hubiese sido tanto más fácil haciendo simplemente Estado a secas. Da la impresión que la crisis moral de este país es más grande que el terremoto. Se robó antes, con la ley permitiéndolo y ahora se roba a pesar de la ley. La misma indecencia, con la salvedad de que los primeros son la causa y los últimos pura consecuencia, pero espantan más los cumas empoderados ahora, sobre todo a los cínicos lamebotas de la prensa, escandalizados porque se choreaban un Lider sin acordarse siquiera que fueron bien caballeritos cuando al supermercado lo pillaron cambiando las fechas de vencimiento de los productos. Nadie salió persiguiendo cámara en mano a ningún director de las farmacias coludidas, preguntándole si robarnos así era “un bien de primera necesidad”, ni nadie le hizo primeros planos a los dueños de las constructoras que hicieron esos edificios de papel maché. La triste constatación es que somos un país que no está ni ahí con serlo y quizá este terremoto sea la crisis que de la oportunidad a los Chicago Boys para despabilar sobre todo lo que han creado. Y tal vez para que el resto de los giles nos preguntemos cómo permitimos que nos hicieran tanto sin darnos ni cuenta. Ojalá lo hagamos después de matar nuestro propio chancho que alimente a las familias y algunos no vendan ahora mismo sus acciones porque su precio bajó.
Lo cierto y triste es que este país ya no me es tan familiar y no me extrañaría que olvide rápido a sus nuevos muertos. No sería la primera ni la última vez.
* Fuente: La Nación
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