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El protocolo «cachilo» del futuro presidente uruguayo 

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Anticipaba el domingo pasado un particular interés por la relación entre austeridad, honestidad y acción política en la actual coyuntura uruguaya. No es novedoso ni repentino. Tuve ocasión de destacarlo con cierta recurrencia en los casos del intendente De los Santos y en el MPP respecto al Fondo Raúl Sendic. Son ejemplos específicos que denotan la honradez de los involucrados y constituyen sólo antecedentes de una posible política institucional que no abordaré hoy, dejándola para una próxima oportunidad.

Pero la honestidad no guarda una relación mecánica y necesaria con la austeridad. Pueden concebirse sencillos deshonestos, tanto como honrados ostentosos. No traeré aquí una discusión estadística ni de probabilidades combinatorias sino el señalamiento de que la austeridad y la honestidad no son cualidades políticamente neutras ni ornamentos exteriores a las personificaciones políticas, que pueden quitarse y ponerse según conveniencias de ocasión. También señalar, aún tangencialmente, que ambos aspectos están relacionados con el lugar y peso del personalismo en las estructuras políticas del estado y partidarias. Un problema teórico y práctico aún irresuelto en la posible delimitación entre izquierdas y derechas, o incluso entre reformistas y revolucionarios. Si bien mi interés es la relación entre austeridad, honestidad y acción, por la potencia política de su posible convergencia que avisoro en el futuro inmediato oriental, me referiré hoy sólo a la austeridad, a propósito de las insinuaciones informativas sobre el próximo acto de asunción presidencial.

Esta aparentemente menor cuestión “protocolar” no debería ser nominada también con el indisimulable tono peyorativo de “arreglo de veredas” con el que profesor Julio Louis distinguió entre reforma y revolución en el espacio editorial de este diario, independientemente del gazapo del que surgieron luego algunas precisiones posteriores que no enmiendan la utilización de este significante. Cierto es que no cambia las relaciones sociales de producción y propiedad y que esta es una tarea histórica indispensable para la construcción de una sociedad más justa y humana. Tan cierto como que hubo muchísimas reformas en la historia del capitalismo (y faltan muchísimas más) que no son sólo arreglo de veredas, como pueden atestiguarlo por ejemplo las conquistas de derechos de las minorías y mayorías oprimidas y discriminadas. Tiene el autor, sin embargo, el mérito de introducir un problema cardinal en la encrucijada latinoamericana y uruguaya actual, como la disyuntiva entre reforma y revolución, trayendo a colación referencias de autores y circunstancias históricas valiosísimas siempre que no se reapropien o demuelan con el simplismo de los picapedreros. Cuanto más revolucionarios los cambios, más institucionalización requieren, se den al nivel de la propiedad física o económica o de la propiedad del lenguaje, los signos y las formalizaciones.

Si bien preexiste un sustrato austero genéricamente uruguayo en muy diversas esferas vitales de la sociedad, desde la cultura a la economía, desde la ideología a la estética, incluyendo la esfera política, es en el gobierno de izquierda donde asume significación política consciente en las actitudes de algunos dirigentes y funcionarios y va  adquiriendo una dimensión preponderante en la discursividad y los gestos del presidente electo. En este sentido, la izquierda viene a transparentar y sistematizar un anhelo social arraigado (al menos en una proporción mayoritaria de la sociedad) que la derecha nunca pudo asumir de manera consecuente y manipuló con la ambivalencia de la doble moral burguesa.

Una parte de mi curiosidad personal y la posterior admiración puede residir en el análisis comparado. Es innegable que la ostentación y el despilfarro han dictado la norma de conducta de las clases dominantes latinoamericanas y sus administraciones políticas, haciendo innecesaria ambivalencia alguna. Y Uruguay no es una isla sino que se encuentra atenazado geopolítica y culturalmente por dos enormes exponentes del alarde y la pomposidad virreinal-bananera como Argentina y Brasil, que sólo lograron instalar una cabecera de playa en Punta del Este, ya felizmente aislada. Rara avis resistente entonces, aún dentro de una región atormentada y sometida, cuyas urgencias han venido disimulando el escándalo del despilfarro del poder político que no cesó, sino que paradojalmente creció, cuando la lisonja neoliberal aconsejaba recortes y contenciones económicas.

Hipotetizo que este es un fenómeno político y cultural específico que no guarda relación alguna con la magnitud de la penuria, aunque no es totalmente ajena la menor desigualdad social relativa. No se explica por ser pobre, sino por factores de inclusión educativa, cívica, de cultura organizativa de la sociedad civil, de conflictos y confrontaciones entre muchos otros. Desde un umbral previo preexistente, se ha disparado en esta última etapa una transformación dialéctica, es decir, contradictoria en el sentido de una atracción y repulsión simultánea, pero con una tendencia visible a realimentar una política de frugalidad de la gestión con cambios en las relaciones internas de fuerzas del Frente Amplio que a su vez la enfatizan.

La consolidación de estos cambios, reflejados en el último congreso, en las elecciones internas y en las últimas elecciones legislativas (dándole al MPP particularmente y a algunas otras corrientes más radicales una proporción relativa mayor de influencia y reconocimiento) excede al “fenómeno Mujica”. La victoria de Mujica en las elecciones presidenciales es la consecuencia de estas transformaciones internas, no la razón explicativa última, aún considerando su inigualable carisma y capacidad comunicativa de masas.

Tampoco será  novedoso que personalmente enfatice al colectivo por sobre el sujeto, aunque este personaje en particular sea, en mi opinión, la creación social más interesante de la izquierda latinoamericana contemporánea. Precisamente porque es de los primeros en autoasumir los riesgos del personalismo y con ello comenzar a problematizar uno de los motivos de frustración e impotentización de las izquierdas, tanto en el poder como en la construcción de alternativas a su acceso. Antipersonalismo político y austeridad tampoco son sinónimos. El mérito de Mujica no es confundirlos sino haberlos puesto en relación con su complejidad.

Parte de este carisma y reconocimiento social provienen posiblemente de un explícito desapego por la riqueza material que complementa en su propia subjetividad, de manera coherente y sistemática con el discurso y programa frentista que concibe la herramienta política como servicio y medio y el mejoramiento de las variables sociales como propósito o fin. Esto es algo más que modestia, aún dentro de lo infrecuente para un político, inclusive de izquierda, y supone una alteración importante de las finalidades y prácticas consolidadas institucionalmente en la democracia burguesa y en el aprovechamiento personal de la libertad de mercado. No casualmente la derecha en general y Lacalle en particular, intentaron ridiculizarlo y construir un imaginario en el que la desafección por los bienes materiales fuera sinónimo de incapacidad y desidia. Las clases dominantes se autoconciben como modelo ético a seguir y sus intereses particulares como verdaderos intereses nacionales.

De allí  las reacciones de la prensa hegemónica, que describe los anticipos de Mujica sobre el acto con una mezcla de descrédito y perplejidad. Tanto el diario El Observador como Búsqueda (en tapa) destacan los dichos de Mujica sobre la ceremonia de transmisión del mando, de manera casi telegráfica en la que no habrá desfile militar, dónde hablará desde un estrado no muy alto para no marearse y se trasladará a pie o eventualmente en un “cachilo” (*). Tan telegráfico como se exponen sus fundamentos donde el propósito es que la fiesta no le salga nada al estado, sino que la tienen que bancar sus amigos. Si esa es la previsión, efectivamente, tampoco les terminará caro a sus propios amigos.

A pesar de lo escueto de la información y sus fundamentos, hay dos fuertes metáforas cargadas de de ironía y subversión simbólica que expresan la relación que intento subrayar. Una respecto a la austeridad en su mención a los costos de los actos políticos (quién debería pagar un acto y cuál debería ser su lenguaje simbólico y sus contenidos) y otra respecto al narcisismo del poder y ponderación de lo personal respecto a lo colectivo (la alusión a la altura y el mareo). Y las celebro como celebré oportunamente, no sin preocupación por la seguridad, la tozuda y consecuente decisión de continuar residiendo en la chacra a la que con admirado respeto me permití bautizar “sucucho presidencial”.

La reacción no tardará en inscribir estos gestos como un debilitamiento de la imagen nacional, tal como lo intentó con sus referencias a la vestimenta, al lenguaje o al phisique du rol en general. Es que no conciben otra forma de ejercicio del poder, aún contrahegemónico, sin los signos payasescos del boato.

Inversamente, no harían mal los progresismos latinoamericanos, aunque sólo se propongan arreglar veredas, en reforzar su imagen con buenas dosis del ejemplo uruguayo del protocolo cachilo.

– El autor es profesor titular e investigador de la Universidad de Buenos Aires, escritor, ex decano. cafassi@mail.fsoc.uba.ar

Nota de la Redacción de piensaChile: (*) Según el diccionario de la Real Academia de la Lengua Española:
cachilo.
1. m. coloq. Ur. cachila (‖ automóvil viejo).
2. m. afect. Ur. Automóvil propio, generalmente de características modestas.

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