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Tercera y última carta a Michelle Bachelet: «Yo sólo quiero que el mapuche sea feliz» 

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Desde hace algún tiempo Tito Tricot envío sus escritos directamente a nuestra Redacción. Por los comentarios que Uds. registran bajo sus artículos, sabemos que Tito llega al corazón de muchas y muchos de Uds. Hoy nos ha enviado “Tercera y última carta a Michelle Bachelet: Yo sólo quiero que el mapuche sea feliz”. ¿Tercera? ¿y dónde están la segunda y primera carta? Las hemos buscado y, así, les ofrecemos las tres cartas, por si no hubieran conocido las dos primeras.
Un saludo fraternal a Uds.
La Redacción de piensaChile

Carta de ex preso político a presidenta Bachelet

PORQUE SOMOS TODOS MAPUCHE, NO DEJEMOS QUE NADIE MUERA

A veces los amaneceres montunos se abigarran de choroyes y se alborota de arco iris la mirada, entonces nos sentimos un poco más río, un poco más hualle, acaso más antiguo para así asomarnos entre alabardas y gritos de libertad. Y somos mapuche de memoria, de vida y árbol, y se nos vuelve a alborotar la mirada, se nos acongoja el corazón y se enfurece cada rincón de piel al saber que cuatro hermanos mapuche mueren minuto a minuto en una cárcel huinka.

Allá en el sur, en su punto cardinal, en su tierra y en el último territorio que les va quedando luego de la brutal depredación chilena: su cuerpo. Porque ya no tenían otra opción, porque nadie les escuchaba, porque el Estado les ha violentado todos sus derechos y, en particular, el derecho a ser diferente. Y por eso escribo, pues nos conocimos cuando eras simplemente Michelle y también luchábamos por el derecho a ser distintos, a soñar que algún día se acabarían el temor y la injusticia.

Seguramente no te acuerdas de mí, y es comprensible que así sea, pero nosotros no nos olvidamos que – en momentos difíciles – cuidaste de nuestro pequeño hijo y nos entregaste tu solidaridad, al igual que muchos otros que trabajaban contigo. Porque, junto a mi compañera embarazada de cinco meses al momento de su detención, habíamos conocido de la cárcel y la tortura. Como tantos en este país, como tú misma, fuimos víctimas del terrorismo de Estado agenciado por la dictadura militar. Y el terror era tortura, violación, secuestros, desaparecimientos, asesinatos. Y terroristas eran los que torturaban, violaban, secuestraban, hacían desaparecer y asesinaban. Entonces, por una simple extensión lógica ¿Cómo es posible siquiera pensar en tildar de terroristas a los mapuche que jamás han torturado o asesinado a nadie?

¿Cómo es posible siquiera pensar en igualar a los mapuche con los violadores a los derechos humanos?

¿Cómo es posible que el Estado, y el gobierno en particular, le hagan al pueblo mapuche lo mismo que los militares nos hicieron a nosotros aplicando la ley anti- terrorista?

¿Cómo es posible si tú bien sabes que innumerables compañeros y compañeras fueron encarcelados, torturados o asesinados por el mero hecho de haber sido catalogados de terroristas?

Es que nadie tiene el derecho a olvidar su propia historia, menos aún renegar de sus raíces y por eso me duele hasta el alma el sufrimiento del pueblo mapuche, porque siento que como chilenos tenemos, no solo una deuda histórica con los pueblos originarios, sino que somos herederos de una gran vergüenza nacional. Al pueblo mapuche se le han usurpado sus tierras, hollado su dignidad y discriminado desde siempre. Contra eso se levantaron los hermanos en huelga de hambre y por eso se les condena: por querer seguir siendo pueblo antiguo. Entonces, no pido misericordia ni favores, tan solo justicia y libertad para todos los presos políticos mapuche, pues es su derecho.

Seguramente no te acuerdas de mí, y es entendible que así sea, pero espero que sí recuerdes que alguna vez luchamos por una democracia para todos.

Valparaíso, 8 de mayo
Sociólogo, ex preso político.

* Fuente: Generación80


Segunda carta de ex preso político a presidenta Bachelet

Allá, en las añiles agua del Lago Budi, vivía un anciano mapuche de voz suave y mirada profunda que cantaba tiernas canciones en medio de la noche. Lo hacía en mapudungun, su lengua, y lo hacía con tal fuerza telúrica que creaba el más subterráneo de los silencios. Era el silencio que evocaba la muerte de su anciana esposa, el amor de su vida, el mate compartido, el fogón en las largas noches de invierno, el pan humeante y los hijos que alguna vez emigraron en busca de inciertos horizontes. De pronto cesó el canto, vertió una solitaria lágrima y relató pausadamente la lejana madrugada cuando en la ribera del lago se encontró de frente con una mujer pez que lo miró con tal ternura que se enamoró nuevamente, ahí mismo, sin posibilidad alguna de desenamorarse. Sus cabellos eran largos y negros como la noche isleña, su piel suave como el viento y, además, emanaba un olor a humo que desconcertaba a todos. Menos a él, porque supo en ese preciso instante que en el lago había encontrado a su esposa, el amor de su vida, convertida en pez, como a veces vuelven los mapuche después que se ha roto el equilibrio de la naturaleza. Entonces, un par de primaveras después, el anciano no cantó más en las noches de plenilunio y desapareció para siempre convertido en mariposa de agua dulce.

Y fue una noche tibia de tardío otoño, también, cuando desapareció el primer desaparecido, clavado al viento en el centro mismo del espanto. Quien sabe donde estará, acaso convertido en polvo de estrella intentando iluminar la memoria en una garúa de relámpagos. Claro, para que nadie olvide, para que nadie perdone, para que nunca más en Chile desaparezca alguien por pensar distinto. Pero eso es precisamente lo que acontece con los hermanos mapuche que hace más de dos meses se encuentran en huelga de hambre simplemente para que se les escuche. Y ellos desaparecen de a poco, silentes, furiosos, pero con su calma de siglos. Serán los desaparecidos de tu gobierno y la vergüenza de un país que se mira al espejo buscando la blancura, pero que no pude ocultar su morenidad.

Hace un año, cuando se realizó la anterior huelga de hambre, te escribí desde el dolor y la ira que me produce la injusticia para con el pueblo mapuche. Decía que nos habíamos conocido durante la dictadura y que seguramente no te acordabas de mí y que lo entendía; también valoraba la solidaridad que como médico nos entregaste en esa época. Decía, además, que era comprensible que ni siquiera recordaras mi nombre, pero lo que no podías olvidar es que también luchamos contra la dictadura y por la democracia. Sin embargo, esta no es la democracia con la cual soñé, pues en aquella que dibujamos en luengas noche de esperanza no había mapuche perseguidos por el solo hecho de ser diferentes. No había comunidades cercadas y reprimidas por la policía; no había comuneros acusados de terrorismo por luchar por sus derechos, no había empresas forestales arrasando su territorio. No había mapuche en huelga de hambre sin que nadie les escuchara su reclamo de siglos.

Fue una noche tibia de tardío otoño cuando desapareció el primer desaparecido, y hoy hermanos mapuche desaparecen de a poco en una huelga de hambre terrible por sus derechos. Serán los desaparecidos de tu gobierno, por no escuchar, por no atender, por no entender que en este país que llamamos Chile no todos somos chilenos.

Tito Tricot
Sociólogo
Ex preso político

Valparaíso
29 diciembre 2007

* Fuente



Tercera y última carta a Michelle Bachelet: Yo sólo quiero que el mapuche sea feliz

Tito Tricot (Chile)

Te voy a confesar algo que nunca he contado: allí en la profunda soledad de la tortura, no pensaba ni en mi tensa desnudez, ni en los golpes, ni en los gritos, ni en el forzado desconcierto de mis ojos perdidos en la oscuridad. Sólo pensaba en qué no decir, en ganar tiempo, en tramar historias insólitas para darle tiempo a los hermanos para escapar. Pero, también, entre los fulgurantes relampagazos de la electricidad horadando hasta los huesos, bregaba por encontrar las palabras precisas para despedirme de mis hijos. Porque me matarían, lo habían hecho mil veces, decían. Y me desaparecerían y lanzarían al mar, lo habían hecho mil veces, decían riendo. Y yo en las sombras viendo sus caritas de niños, besándolos por última vez con toda la ternura posible, susurrándoles al oído que no importaba, que no estuviesen tristes, que todo valía la pena. Que un campanario de lluvias les alegraría la vida cuando Chile fuese distinto, cuando ya no existiera la dictadura y el miedo pasase a ser sólo un lejano recuerdo en el viento de la memoria.

Te lo cuento, pues tal vez pensaste lo mismo, o lloraste lo mismo o gritaste lo mismo en los aciagos momentos de la tortura. Y quiero contarte también que pensaba en mi compañera embarazada de cinco meses, detenida ella sin compasión alguna, con su mirada oceánica y su sonrisa de niña a cuestas, acusados de terroristas, por cierto. Lo que no pensé jamás es que dos décadas después, otros jóvenes, otras miradas, otras sonrisas, otras manos, otros sueños,  serían acusados también de terroristas, por el sólo delito de ser mapuche. Es como si a ustedes les molestara el humo y el ancestral olor a tierra húmeda; es como si les irritara la espiga de su morenidad, el canto del ñankucheu. No se, sus silencios de indios, que son los silencios de la paciencia que se esconde por los montes y suena el kull-kull denunciando el eterno despojo. Y ¡Cómo han despojado al mapuche! Y ¡Cómo han reprimido al mapuche! que por defender su tierra con colosal coraje los españoles les quisieron arrebatar el alma, y los chilenos de ayer  le llamaron salvaje y los chilenos de hoy le llaman terrorista. Pero terrorista era la dictadura que hacía explosar en mil pedazos a una inerme joven atada a un poste, no un comunero pobre que esgrime una honda para defenderse de la policía. Terroristas eran los cobardes oficiales de Armada que torturaron hasta la muerte al sacerdote Miguel Woodward, no una machi que ruega por su pueblo. Terroristas son los que desaparecieron a nuestros hermanos y hermanas para siempre en algún ignoto río, no un niño mapuche que sólo quiere jugar bajo la lluvia. Terroristas son los que mataron a Orlando Letelier en Estados Unidos, los que violaron, maniataron, quemaron, acribillaron y exilaron, no un anciano mapuche sentado en derredor del fogón contándoles a sus nietos de un país tan antiguo como el viento.

Te lo digo, porque en algún momento nos conocimos, aunque no te acuerdes de nosotros y porque  en la mirada atemorizada de los niños mapuche veo a mis propios hijos cuando pensé que jamás nunca volvería a verlos. Porque me duele que a esos niños y niñas mapuche se les golpee, se les acribille a perdigones, se les amenace, se les cercene sus sonrisas a golpes de policía. Es inmoral que se reprima al mapuche que solamente lucha por su derecho a la tierra y por su derecho a ser diferente, pero aún lo es más que se aterrorice a niños que desde que nacen sólo conocen de la increíble violencia del Estado chileno. Yo soy chileno, pero a veces no quiero serlo; no soy mapuche, pero a veces quiero serlo. O quizás no ser ninguno de los dos, a fin de cuentas somos diferentes y podemos convivir como hermanos en un país sin horizontes; un país multicultural y multinacional donde se respete al otro y el otro sea él mismo sin temor alguno.

Mientras tanto, me declaro culpable de  aún creer en los sueños que dibujamos hace quizás cuántos años, de haber sobrevivido a la dictadura, de estremecerme con el canto taciturno de Víctor Jara, de conocer una machi hermosa que derramó una lagrima de alegría la primera vez que rozó el mar.  De creer en la infinita justicia de la lucha del pueblo mapuche por su tierra, por su territorio, por su memoria, por la posibilidad  de seguir existiendo sin pedirle permiso a nadie. Me declaro culpable de creer que algún día asomará fugazmente su sonrisa  melancólica un desaparecido para endulzar el corazón de la eterna espera de una madre anciana. Entonces, quizás, todo habrá valido la pena y ya no sentiremos miedo del miedo y no habrá más mapuche asesinados para usurparles su tierra. Y en ese proverbial momento un campanario de lluvias nos alegrará la vida cuando Chile sea distinto, cuando ya no exista la dictadura para los mapuche y el miedo pase a ser sólo un lejano recuerdo en el viento de la memoria. Por eso te escribo, porque algún día nos conocimos, aunque ahora nos separen cascadas de silencio y de sueños.

– El autor es Sociólogo y Director del Centro de Estudios de América Latina y el Caribe (CEALC)

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