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Alfonso Calderón, el último de los cronistas 

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Hace pocos días murió Alfonso Calderón, el último de los cronistas chilenos. Es falso que Chile sea el país de los poetas, mucho menos de los ensayistas y novelistas – para qué hablar de los historiadores-. A mi modo de ver, el más rico de nuestros géneros literarios es la crónica, distinguiéndose entre sus cultores a Alfonso de Góngora, Pedro Nariño de Lobería, Diego Rosales, Alfonso González de Nájera, Jerónimo de Vivar y por qué no, Alonso de Ercilla y Zúñiga y, en el siglo XX, el incomparable tábano socrático de Chile, Joaquín Edwards Bello.

Si interpretáramos bien a los cronistas, a lo mejor el ministro delegado, José Antonio Viera-Gallo, podría interpretar, en mejor forma, las justísimas reivindicaciones del pueblo mapuche. Hay algo de brutal en la manera en que Chile, desde la pacificación de la Araucanía,  ha tratado ese pueblo. No veo la razón por la cual el Estado se niega a pedir perdón por la muerte del comunero Jaime Mendoza Collío; este acto sería el mínimo exigible a un Estado civilizado; por lo demás, debiera hacerse extensivo a los robos, torturas, encarcelamientos y crímenes, perpetrados por el ejército de Chile, en la estúpidamente llamada Pacificación de la Araucanía, que no fue más que un genocidio.

Por cierto que la iglesia católica debiera también pedir perdón por la forma absurda de evangelizar a los mapuches, sin embargo, en su favor hay que reconocer que no sólo Bartolomé de las Casas, Diego de Medellín y en Chile, el padre Luís de Valdivia, velaron por el respeto de los derechos de los pueblos originarios; cualquier persona que sepa un poco de historia sabe que los chilenos fueron mil veces más brutales y genocidas que los mismos españoles, lo cual se tradujo en la lucha de muchos mapuches a favor de los llamados realistas.

Si todos los que se encargan del tema mapuche se dieran el tiempo de leer El cautiverio feliz, de Francisco Núñez de Pineda y Bascuñán, entenderían, en mejor forma, los valores culturales, humanistas y sociales que encarna la nación auraucana. Por lo demás, si uno recorre la historia de los siglos XVI y XVII podrá encontrar que muchos conquistadores prefirieron vivir con los mapuches, que con los súbditos de ese desagradable rey – el beato maldito Felipe II-. Si Ud. visita el Escorial verá que tenía una pieza con olor a miesmas, orines y fecas, donde el rey escuchaba las prédicas de un cura que acusaba a los judíos de haber matado a Cristo, y a los moros de degenerados polígamos. El mundo feliz era una verdadera escapatoria al marasmo colonial. 

No pretendo ser un Sansón Carrasco – que seleccionaba los libros de caballería de don Quijote para enviarlos a la hoguera pero, desgraciadamente, al parecer, muchos chilenos han leído al racista Francisco Antonio Encina y sus sucesores conservadores, que desprecian al pueblo mapuche. Por lo demás, “don Panchito” – como lo llamaba despectivamente Diego Barros Arana – no es más que un plagiario de Nicolás Palacios, sin entender su espíritu y traicionando el sentido y contexto de su idea principal, que los godos- habitantes primitivos de España- y los mapuches formaron una raza genial, dando lugar al “roto chileno”, que don Nicolás Palacios admiró en las salitreras y que denunció, valientemente, el asesinato perpetrado por el ministro Rafael Sotomayor Baeza, un personaje que tenía intereses en las minas de salitre.

No estoy seguro de lograr éxito en las justas reivindicaciones del pueblo mapuche, aun cuando muchos historiadores intenten reconstruir la verdadera historia y muestren dónde están los genocidas y dónde las víctimas. Justamente, en estos días hemos sabido que el ejército contrata a ex agentes de la DINA – claramente violadores de los derechos humanos-  pretextando que no están condenados, sino procesados. Por primera vez estoy de acuerdo con Camilo Escalona: sostener tan peregrina idea es una soberana estulticia.

Volviendo a Alfonso Calderón, he leído en estos días dos textos geniales de este gran cronista: Homo chilensis, Joaquín Edwards Bello, selección y prólogo de Alfonso Calderón, Ed. Universitarias de Valparaíso, 1983, y la obra 1900, Pehuén, Santiago, 1999; sólo me referiré a algunos párrafos del libro 1900, tal vez, algunos de los lectores les parezca como escrito en la actualidad:

 “Se dice que los tontos- que ni sufren ni pagan impuestos son los que duran- son los que duran en este país que contiende para que nadie dure”

 “Adviértese que uno de los males del Chile de entonces es la empleomanía o el apocamiento, y se atribuye la falta de energía de la gente, a un apego o afición por los yanquis”

 “Los problemas más graves del país son, en aquel annus mirabilis: el alcoholismo, la pasión política ciega, los conventillos, la higiene colectiva, el juego, el arribismo, la frivolidad, la manifiesta desigualdad de las clases sociales, el afán de novedades, el espíritu de lucro, la exhibición y el lujo, los bandoleros y salteadores de caminos, la religiosidad formal, el compadrazgo, la resonancia de los apellidos – que sirven para lograr ventaja y determinar comportamientos de señorío y acatamiento-, la promiscuidad, el cohecho, un alto índice de criminalidad y la vanalidad, corrupción y trapacería”.

(Calderón, 1999: 258-259).

 “Las estadísticas indican que, en el fin de siglo la mortalidad santiaguina era la segunda del planeta – la primera era la de Calcuta-“

 “La juventud, levadura moral de los pueblos, aún no se envenena con la política”

En la segunda parte de este trabajo seguiremos con las citas de Homo chilensis.
01/09/09

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