Del Chile segregado al Chile igualitario
por Rafael Luis Gumucio Rivas (Chile)
17 años atrás 8 min lectura
Primera parte: la segregación política
En el pasado lo que diferenciaba la izquierda de la derecha era el tema de la igualdad, digo en el pasado pues en la actualidad, al igual que la teoría reaccionaria del “fin de las ideologías”, propagado por un conocido autor franquista, Fernández de la Mora, hoy está de moda tratar de terminar con las fronteras entre derecha e izquierda. En las últimas elecciones europeas, las derechas y Democracias Cristianas supieron muy bien apropiarse de los postulados de la izquierda y, en base a ese ideal, triunfaron en el mismo momento en que el capitalismo neoliberal fracasara estrepitosamente – una verdadera paradoja unamuniana.
El término igualdad, que tiene mucho más prosapia histórica que la equidad, no fue siempre vista con optimismo por los autores emblemáticos: “La igualdad sea, tal vez, un derecho, pero no hay poder humano capaz de convertirla en un hecho”, escribía Honorato de Balzac; “Todos los hombres nacen iguales, pero es la última vez que lo son”, decía Abraham Lincoln; más optimista, Aristóteles sostenía que “el único Estado estable es aquel en que todos los ciudadanos son iguales”; para el autoritario Alberto Edwards, el parlamentarismo inglés era el ideal porque se profesaba la religión de la desigualdad.
El Chile de 1910 era rico, pues había conquistado las dos provincias salitreras, en la guerra del nitrato, sin embargo, para Enrique MacIver, en el discurso del Ateneo, en 1900, esta riqueza había traído el veneno, provocando la crisis moral: se perdieron todos los valores austeros de la república portaliana – Chile tiene más escuelas, pero menos estudiantes y la deserción escolar hacía estragos; tiene más ferrocarriles, pero no es más rico; la agricultura está estancada y la industria también, sólo el salitre nos permitía mantenernos en pié.
El profesor Alejandro Venegas denunciaba el mismo mal sobre la crisis moral: el Norte salitrero está dominado por jueces venales, especuladores y agiotistas; el agua del Norte tenía un sabor repugnante; en el Chile de 1910 sólo hay ricos y pobres; la educación era desastrosa en todos sus niveles. Para Nicolás Palacios Chile se había corrompido por la inmigración latina; él admiraba al “roto chileno “ que conoció cuando trabajaba en las minas del Norte, que era un mestizaje entre rubios – primeros habitantes de España y los araucanos-. Para Luís Emilio Recabarren, en “Ricos y pobres”, conferencia dictada el 5 de septiembre de 1910, en Rengo, los pobres no tenían nada que celebrar en el Centenario; las cárceles, al igual que la penitenciaría actual, eran verdaderas escuelas del delito, donde se practicaba la sodomía; los eran víctimas del alcohol, la prostitución y practicaban una religión pagana, cuya mejor expresión era “el velorio del angelito”; los salarios perdían cada día su valor a causa del papel moneda, que provocaba la inflación.
De la segregación del Centenario, al Bicentenario
Por cierto que muchas cosas han cambiado desde 1910 hasta ahora: Chile tenía apenas 3.300.000 habitantes – en la actualidad más de 15.000.000- el 60% era población rural; un tercio de los niños moría antes de un año, “Chile era un verdadero cementerio humano”, decía el periodista Tancredo Pinochet. Las pestes aniquilaban a la población, – nada comparable con la influenza AH1N1 actual-. La cobertura educativa ha ido aumentando desde 1810, que el promedio llegaba a cuatro años de escolaridad, a 1910, a seis años y, en 2009, a doce años. En la Independencia, el 93% de los niños en edad escolar estaban excluidos; en 1910, el 60% y, en 2009, el 7%. (Brunner, 2008:55).
En 1879 el peso equivalía a 48 peniques; en 1910, a once peniques; la huelga que llevó a la matanza de Santa María de Iquique puede ser llamada la huelga de los dieciocho peniques, pues los obreros del salitre pedían esta equivalencia con el peso. Los partidos políticos eran un verdadero desastre: no tenían más ideología que la lucha religiosa, que separaba a radicales de conservadores; los cargos de diputado y senador se compraban y el pueblo era cohechado, y los “siervos de la gleba” eran acarreados por sus patrones; bastaba tener un fundo o un banco para ser nominado ministro o parlamentario.
Por cierto, las cosas en 2009, sin embargo, el sistema electoral es igual al propuesto por Alberto Edwards, en 1911, (ver las memorias de mi abuelo, Manuel Rivas Vicuña). Hoy el cohecho no es tan visible: no hay acarreos – al parecer- no hay choclones en las secretarías de las candidaturas, no se le da al elector la mitad de un billete – para reservar la otra mitad cuando gane el candidato- no se rifan caballares o vacunos, como lo hacía el candidato balmacedista Zañartu- todo esto gracias a la ley electoral, aprobada por el Bloque de Saneamiento Democrático, durante el gobierno de Carlos Ibáñez. Marta Lagos, sin embargo, recalcó en un programa de televisión que, en la actualidad, el próximo candidato que triunfará, en las elecciones de diciembre, será “aquel que logre sacar mayor número de personas de la cama para ir a votar”; no es lo mismo, pero se parece.
Los electores son tan viejos, apenas setecientos mil más que el padrón del plebiscito de 1988, que los senadores y diputados saben muy bien, muchas veces antes, cuántos votos van a obtener; “están todos archi-encuestados, empadronados y fichados”, como me decía una pobladora. Con el sistema binominal lo único que importa es tratar de asegurar algunos distritos o circunscripciones donde puede producirse un doblaje. No podemos más que felicitarnos del triunfo logrado por la alianza entre Concertación e izquierda, que permitirá elegir algunos candidatos de partidos excluidos, que ya significa un corto paso.
En las próximas elecciones de diciembre sólo votará un 8% de jóvenes, y el 65 % del potencial de ciudadanos en edad de votar, es decir, aproximadamente siete millones de un universo potencial de 12.500.000 – cinco millones de ciudadanos, con edad para votar, no se pronunciarán sobre el nuevo presidente de la república, sin embargo, tienen que cumplir con todos los deberes que el Estado les exige. Cabe preguntarse qué representación tendrá el Presidente en las parlamentarias.
En las últimas elecciones todos los partidos políticos perdieron votación, a pesar del padrón que conocen de memoria. La Democracia Cristiana batió el récord: con el 13% en las Municipales retrocedió a 1961; los demás partidos se mantuvieron en la mediocridad. Si bien cualquiera puede poner en duda las encuestas, cuando estas son frecuentes y consistentes en el tiempo marcan una tendencia: todas ellas colocan en el último lugar a los partidos políticos y al parlamento, así, la Alianza y la Concertación nunca logran más de un 25% entre los encuestados cada una.
Estamos en plena crisis de representación y no me atrevo a asegurar si es similar a la de 1910 que, como sabemos, en los quince años posteriores llevó al derrumbe del sistema político, por la intervención militar de 1924; lo que sí no me cabe duda es que, a pesar de la estabilidad de los sistemas políticos – que decaen mucho más tarde que los individuos- hay un momento en que la crisis de representación se hace insoportable para los ciudadanos; lo imposible de medir es el tiempo en que estas crisis transcurren.
Estoy convencido de que no era tan difícil haber puesto en práctica, en estas elecciones presidenciales y parlamentarias que se avecinan, la inscripción automática y el voto voluntario y el de los chilenos en el extranjero; el pretexto, aducen, es la confiabilidad del padrón, sin embargo, por los medios cibernéticos modernos, este problema podría haber sido, fácilmente, obviado; como la historia no puede preocuparse de los hechos posibles, sino de los reales, es difícil pronosticar qué hubiera ocurrido en un escenario donde todos los ciudadanos pudieran votar. Creo, personalmente, que Marco Enríquez-Ominami hubiera tenido mejores posibilidades que en la actualidad.
Como no se trata solamente de criticar sería bueno resumir algunas propuestas: el cuentista político Patricio Navia plantea una especie de “decálogo”, cuyos puntos son: 1) permeabilidad de las élites; 2) transparencia de los partidos políticos; 3) competencia en los puestos de elección popular; 4) transparencia en el financiamiento de las campañas y de la política; 5) transparencia e igualdad en el acceso a empleos y beneficios públicos; 6) participación electoral universal; 7) acceso a la información pública; 8) incorporación de los grupos históricamente marginados; 9) democracia participativa; 10) pluralismo en los medios. (Ver Navia, 2008: 294-304).
El editorial del diario La Nación, del domingo 14 de junio 2009, se plantea la idea del acuerdo entre los candidatos presidenciales para derogar la Constitución autoritaria de 1980 y construir una nueva Constitución democrática; me parece que las bases están dadas en las bases de los programas de los candidatos progresistas, sin embargo, “del dicho al hecho hay mucho trecho” y caben pocas dudas de que cada uno de ellos tiene distintas ideas sobre el régimen político que reemplazaría el monarquismo presidencial, y sobre las libertades y garantías constitucionales.
Hay, al menos, algunos puntos que pueden entrar a la discusión:
1. El defensor de los ciudadanos
2. El defensor de los derechos humanos ( un organismo que los promueva)
3. Garantía estatal de una educación de calidad para todos los chilenos, que pueda ser exigido ante los tribunales de justicia
4. Que las prestaciones de salud pública, en todos sus niveles, sea equivalente o mejor que la privada
5. Limitación de la reelección de todos los cargos que emerjan de la soberanía popular.
Hay otros puntos en que el consenso sería más difícil:
1. Iniciativa popular de ley
2. Los plebiscitos
3. La elección popular de Intendentes y Cores
4. Exigencia del 20% de energías renovables e todos los sistemas interconectados
5. Un sistema mixto de Previsión Social
6. Imposibilidad del Estado de enajenar o arrendar dar en concesión las riquezas naturales sin la aprobación plebiscitaria.
Escribo estas líneas con el deseo de que no se repita para el Bicentenario la frase lacerante de Luís Emilio Recabarren “El pueblo no tiene nada que celebrar”.
16/06/09
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