De pronto se encendió el cielo, iluminando la noche de ráfagas escarlata, alarmando con su urgencia a los colibríes del cerro. Y ella gimiendo como hacen los tapires cuando orinan sin aviso previo; llorando con el recato milenario de las reinas noruegas; riendo en clave secreta como los amantes clandestinos. Y volvía a gritar con el alma en un hilo por la inminente muerte. Es que el mar se alborotó como nunca lo había hecho antes, creo; las rocas temblaron de puro miedo, creo. Y la tierra se movió con tal fuerza que los barcos encallaron por si acaso; los cerros zarandearon sin piedad sus calles y escaleras. Y ella ahí, aún encaramada en sus temores, musitando algo así como: este ha sido el más grande orgasmo de Chile en invierno.
Eran tiempos antiguos, cuando el neoliberalismo aún no se enseñoreaba en el país y los orgasmos eran cosa de todos los días. Claro, porque después, la inestabilidad y precariedad laboral, el desempleo, el endeudamiento y la pobreza transformarían al país y a su gente para siempre. Y todo se ha agudizado aún más producto de la crisis económica mundial que ha sumido a los países desarrollados en la recesión y a los países pobres o eufemísticamente denominados “emergentes”, en la total incertidumbre. Chile no es la excepción, aunque sus autoridades, especialmente el ministro de hacienda, Andrés Velasco, se apresuraron en señalar inicialmente que la economía chilena era sólida y se encontraba en buen pie para resistir los embates de la crisis internacional. Sin embargo, es indudable que eso no es así y los efectos de la situación recesiva que experimentan algunos países se ha expresado claramente en indicadores macro económicos, pero, por sobre todo, en la fragilidad de una economía abierta y expuesta a las oscilaciones de los mercados internacionales, como lo es la chilena. Asimismo, lo más dramático, son las consecuencias humanas de toda crisis, especialmente – aunque no exclusivamente – en los ámbitos del empleo, la pobreza, el endeudamiento y la salud. Porque no es correcto hablar de un Chile, sino que de dos o varios. El Chile de los ricos, los empresarios, los inversionistas, los bancos y los multimillonarios que, a lo sumo, dejarán de ganar un poco. Y el Chile real, el de los pobres y el de la clase media pauperizada que brega por salir de su condición de pobre a plazo fijo debido al endeudamiento estructural.
No estábamos tan blindados después de todo
Los procesos de concentración de la propiedad y del ingreso son consecuencia del modelo económico impulsado por la dictadura militar y consolidado por los gobiernos democráticos. El 20 % más rico de la población obtiene el 60% del ingreso, el remanente sobrevive como puede. El Chile de los ricos es administrado por un número no mayor a una docena de conglomerados económicos que lo han convertido en la empresa Chile SA. Y, como todo negocio, ellos invierten para ganar y para que otros pierdan. ¡Y cómo han ganado! Al menos tres de ellos se hallan en el exclusivo listado de megamillonarios latinoamericanos: Andrónico Luksic, con una fortuna de US$3,400 millones; Eliodoro Matte con US$2,800 millones y Anacleto Angelini, con US$2,500 millones. Todo ello mientras el 70% de los chilenos percibe alrededor de 600 dólares mensuales. Por ende, la crisis no afecta a todos por igual, no obstante, tanto el funcionamiento actual como las perspectivas de la economía chilena se han visto seriamente comprometidas. En la esfera macro-económica, las exportaciones, producto de la menor demanda y de la sostenida baja del precio del cobre, disminuyeron en enero de 2009 un 41, 3% en relación al mismo periodo del año pasado. Lo mismo acaeció con las importaciones que cayeron en un 25,5%. También el Banco Central ha recortado las proyecciones de crecimiento del Proyecto Interno Bruto para el año 2009, situándolo en tan sólo un 1%, a pesar de que el gobierno insiste en que la economía crecerá en un 2%.
El desempleo, por su parte, alcanzó una tasa del 7,8% el 2008 y se prevé que aumentará hasta el 11% este año. Es decir, más de 700 mil trabajadores que, por cierto, constituyen el rostro humano de la crisis, pues estamos hablando de al menos 150.000 familias o casi 3 millones de personas que dejarán de percibir un ingreso. En otras palabras, nutrirán las ignominiosas cifras de la pobreza en Chile que, según el gobierno, ha decrecido ostensiblemente y, según diversos analistas, se ha transformado en un problema estructural. Para los primeros, la tasa oficial se sitúa en 13,7%, es decir, 2,2 millones de pobres y, para los segundos, asciende al 29% o 4 millones de personas viviendo en la pobreza. La discusión de tales guarismos se sitúa en divagaciones metodológicas, más que en consideraciones humanas, porque en ambos casos constituye un drama y una vergüenza.
Como el creciente endeudamiento de los chilenos, pues sólo de esta manera es posible subsistir. Por lo tanto, no es extraño que el 60% de los hogares se encuentren endeudados siendo, reiteramos, pobres a plazo, con el permanente temor de los embargos y el acoso luciferino de los acreedores. Así, el stress, la depresión, la ansiedad y la incertidumbre se han entronizado en Chile desde hace tiempo, pero se han agudizado con la crisis internacional. Entonces, los orgasmos de los tiempos antiguos, aquellos telúricos y fulgurantes, parecen lejanos y atávicos. Por lo mismo, tanto la demanda por un trabajo estable, un sueldo digno y un orgasmo compartido, deben considerarse como derecho humano básico, con crisis o sin ella.
– El autor es sociólogo. Centro de Estudios de América Latina y el Caribe – CEALC CHILE
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