Ayer fue Leonardo Farkas, poco antes Marco Enríquez Ominami. Ahora, Pamela Jiles… Pareciera que el recetario es tan directo como el mensaje. “Trabaja en la tele, lúcete en la arena pública por tu amor a la masividad insípida y de seguro mañana tendrás credenciales para llegar a la presidencia de Chile”. Atroz pero cierto.
Yo puedo aceptar que las democracias tienen este “efecto esperpento” de vez en cuando, que aquellos ciudadanos populares -los mismos que en momentos de evidente crisis carecen de validez alguna- alcanzan notoriedad de golpe en días donde la brújula se descompone buscando renovación de sus líderes sociales.
Es una realidad, pasó y seguirá sucediendo incluso en el primer mundo.
Lo que no admito es que sociedades medianamente inteligentes como la chilena –tanto en oportunidades y nivel de desarrollo- confundan “peras con manzanas” de manera tan impertinente. No me cuadra siquiera bajo los preceptos de la “sabia nueva”, “la igualdad de los géneros”, “la descontaminación de la política con gente apolítica”, en fin.
Con ello no pretendo decir que alguno de estos personajes no tenga merecido sus oscilantes niveles de popularidad. Menos invoco porque su valoración en la calle no merezca ser escuchada por el resto de los republicanos. Apelo al simplismo, al que no enseñan ni en el colegio ni en la universidad. A ese que se asimila con sólo convivir en la calle y que se denomina sentido común. Todo para decir que sería bueno que de una vez por todas “cortemos la chacota” con los señoriales nombres que quieren inscribir su membresía –o permiten que se fisgonee con esa sola opción- en el voto presidencial de diciembre próximo. Sí pues, pongámonos serios.
Para mi gusto, nunca estuvo tan bien ajustado el refrán popular. Acá, “la culpa no es del chancho sino del que le da el afrecho”. Porque una cosa es formar partidos políticos, irse para donde calienta el sol y sacarle provecho al estamento regente -sea del color que sea- como lo hace Sebastián Piñera. Mal que mal, el tipo convive con el poder, como Eduardo Frei o el cada vez menos elocuente –cuando más le serviría serlo- José Antonio Gómez. Eso, aunque nos moleste, ya es parte del establishment.
Muy distinto es utilizar la primera magistratura de un país para festinar y ganarse corrientes de opinión en base a discursos de manual farandulero o figuras de papel couché. Es el propio ciudadano “de a pie” quien debiese exigir que hoy se ponga un tope a estas ilustres payasadas.
Podemos asimilar que se debe a dos factores. Allí es donde se abre la duda; o lo vemos con relajo o nos asustamos de verdad. ¿O no sabía usted que, más allá de lo utópico de algunos de sus postulados, todos los mandatarios nacionales del siglo pasado tenían un alto índice de vocación social, probado servicio público y compromiso con arquetipos marcados de una impronta ideológica?
Si pues, acá los presidentes y sus antagonistas eleccionarios siempre dieron señales de prudencia y compromiso real. ¿Entonces, se trata de una clara involución filosófica o es acaso la instauración de un nuevo modelo de manifestación popular en la urna? Lo último sería algo así como “junten miedo que viene el descalabro”. Como para preguntarse en qué nos equivocamos como sociedad.
Seamos claros. Cualquiera de estos figurantillos tiene cero posibilidades de llegar al máximo cargo de nuestro ordenamiento. Cero. Lo que no quita que sea un despropósito ver como muchísima gente con tiempo, esfuerzo e intencionalidad se suma a sus campañas masivas. Ni hablar del peligroso eco que tienen en los medios o las plataformas sociales del ciberespacio, que aparecen consignando sin autocontrol el deseo de sus seguidores, ese convertido hoy en posturas convincentes. Un dato no más, para justificar esta opinión si es que aún le parece antojadiza. Entre todos los precandidatos no oficiales que suenan dentro de la maraña presidencial suman cerca del 5% en la intención efectiva de sufragio. Me parece un antecedente peligroso.
Una cosa es ver empresarios despeinados tratando de cautivar masas en un espectáculo televisivo del tipo Festival de Viña. Ya me suena lo suficientemente aberrante pero cabe dentro de mi intolerancia. Muy distinto es validarle junto a rostros opinantes de tv como potenciales cartas y propuestas considerables para conducir los destinos de un país. Según yo, tan mal no estamos.
De verdad, señores. En años de “pan y circo” sería bueno recordar que estamos en crisis socio-económica. Digo… para cuidar el pan y restringir más el circo. Mal no nos vendría.
miércoles, 04 de marzo de 2009
* Fuente. El Clarín
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