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«La única cosa a la cual hay que temer es al miedo mismo» 

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“La única cosa a la cual hay que temer es al miedo mismo” (F.D. Roosevelt, 1933)
Se dice que el libro de cabecera del nuevo presidente de los Estados Unidos, Barack Obama, analiza los primeros cien días del gobierno de Franklin D. Roosevelt que, en este caso, imitarlos no sería nada de malo. Durante estos días he leído a varios autores neoliberales que, contra la corriente, se dedican a perorar sobre los cuatro sucesivos gobiernos de Roosevelt. Pienso que no hay que darles importancia: están enfermos al constatar el fracaso rotundo del largo período neoliberal, que va desde Reagan hasta G. W. Bush; al fin y al cabo son dogmáticos, como tantos personajes que han pululado a través de la historia: el dogma es muy difícil de combatir.

El hombre no ha sido siempre un ser racional, ni la historia ha tenido un sentido determinado: cada vez creo menos en las teleologías en historia, ni en la concepción providencialista de Bossuet, ni en el progreso indefinido de la humanidad, de Condorcet, ni tampoco en la “decadencia de occidente”, de Spengler, ni en los avances y retrocesos, de Juan Bautista Vico; lo que sí tengo claro es que el ser humano tiene pasado, es decir, historia, y que el presente es inexplicable sin ella.

Es cierto que en muchos de mis artículos uso el método comparativo, lo que no es equivalente a la analogía: estoy conciente de que cada época cuenta con su propio contexto y esta realidad es irrepetible en  historia. No creo en el “eterno retorno”, idea nietzscheana; es perfectamente posible comparar, en Chile,  la república oligárquica con la actual, sin embargo, el historiador debe considerar todas las diferencias de contexto; como ejemplo recordamos la depresión de 1929 y la asociamos con la actual, donde debemos considerar que los contextos son enormemente diferentes. Ni Bush es igual a Hoobert, ni Obama a Roosevelt; estas comparaciones sólo pueden servir para sugerir reflexiones, pero no para convertirlas en modelo. Poco tiene que ver la Socialdemocracia de Weimar y los actuales partidos socialistas y laboristas.

En la ideas políticas, el pasado tiene un gran peso, por ejemplo, el pensamiento de Maquiavelo, interpretado de tan diversas formas – desde el más completo amoralismo del poder, hasta el amor republicano por una Italia unificada – es ininteligible sí no entendemos sus recursos a la moral grecorromana y su rechazo a la moral cristiana, según el análisis de Isaiah Berlin; algo similar ocurre con la idea de la “idea de la decadencia en la historia occidental” si no se capta el rechazo conservador a la Revolución Francesa; esta es la clave para entender las obras de Jacob Burckhardt, de Nietzsche y de Spengler, por ejemplo. En nuestra historiografía local, si no se leen estos autores europeos entenderemos a medias a Alberto Edwards, Francisco Encina y, contemporáneamente, a Gonzalo Vial, cuya idea central es la apología de Portales y el desprecio de la democracia y del sufragio universal. Nadie puede negar que son atractivas las críticas de Edwards a la plutocracia parlamentaria, sin embargo, su matriz eje es el autoritarismo y el desprecio de lo que él llama “la revolución del electorado”.

Dejemos de lado estas disquisiciones sobre el decadentismo en historia y entremos de lleno en lo que denomina la historiografía de las mentalidades. Basándonos en el libro de Jean Delumeau, “El miedo en occidente”, (Taurus, 2008), penetraremos en uno de los aspectos más sugestivos que ha movido la historia humana: el miedo, ya sea a los demonios, al anticristo, a los astrólogos, a las brujas, al hambre, a la miseria, a la muerte, a la sedición, al Leviatán, entre otros.

El miedo está presente en todas las religiones monoteístas: durante siglos, el miedo al demonio sirvió para justificar la tortura de la Inquisición católica; a Lutero, para aniquilar las rebeliones campesinas; en la caída de Constantinopla, el miedo a los turcos otomanos, paralizó a las ciudades renacentistas. En América, la iglesia combatió, en nombre del miedo a Satanás, las religiones de los pueblos indígenas.

En 1348, las ciudades europeas estuvieron dominados por el miedo de la peste, que llevó a la pérdida de un tercio de la población; los enfermos eras aislados y sus cadáveres nauseabundos, ni siquiera eran enterrados por temor a al contagio; la muerte perdía toda dignidad y la ciudad pasto de un aire irrespirable. Las distintas pestes dominaron Europa y América hasta comienzos del siglo XX, incluso, en Chile hubo una gran epidemia de cólera, pocos años antes del Centenario. El héroe de “La peste”, de Albert Camus,  es un santo laico que lucha contra el absurdo que domina la ciudad de Orán, (Argelia).

Otro aspecto del miedo es la escatología: la idea de que vendrá luego el fin de los tiempos; sin esta concepción milenarista es inexplicable  el éxito de San Pablo y de Lutero: si no hay fin de los tiempos, no hay terror ni conversión. La escatología y el rumor de tiempos apocalípticos ha pasado por todos los períodos posibles: desde el primer milenio hasta el año 2000 – en este último se sostuvieron las más increíbles teorías esotéricas. Algo de esta estupidez se manifiesta en el famoso “eje del mal”, de George W. Bush, un mago bastante tonto.

El miedo, junto con paralizar, puede ser subversivo: en diversos períodos de la historia han existido sequías y malas cosechas, que provocan grandes hambrunas, en algunas de ellas los campesinos se han rebelado. Jean Delumeau relata los sucesivos episodios de falta de trigo y harina, que condujeron a la Toma de la Bastilla (14 de julio de 1789). Las Crisis económicas del capitalismo también han provocado olas de miedo: sin ir más lejos, la de 1929 provocó la cesantía y la muerte de poblaciones enteras; su correlato fue, en lo político, el totalitarismo y los Campos de Concentración.

El miedo a los judíos, a los musulmanes, a los turcos, al papado, a los herejes…, ha provocado, en occidente, distintas persecuciones, que desde el racismo, la persecución de las ideas, hasta los ghetos; las víctimas principales fueron los judíos que, durante siglos, fueron acusados de deicidas y de especuladores; muchos de los escritos del siglo XIX están plagados de anti judaísmo.

Las víctimas principales del miedo fueron, en un comienzo, los campesinos y, posteriormente, los pobres de la ciudad; a veces bastaba un rumor para desatar la cólera provocada por el miedo. Las mujeres se constituyeron en unas de las víctimas principales del miedo: se les acusaba de participar en fiestas satánicas; durante siglos, la “caza de brujas” fue más mortífera que la misma Inquisición.

El miedo estuvo presente en la mayoría de las revoluciones del siglo XX: el de la burguesía, en la rusa; el los sacerdotes, en el México de Elías Calles; el de los republicanos, en la feroz dictadura de Franco y, en Chile, el de la monstruosa tiranía de Augusto Pinochet.

Yo nací en plena segunda guerra mundial, en un Chile neutral, donde la derecha era francamente fascista, y mis padres, prerrepublicanos y partidarios de los aliados; poco sabía del miedo, pues fue más tarde cuando se descubrieron los masivos crímenes contra la humanidad. Mis miedos de niño eran sólo metafísicos, respecto al sin sentido de la muerte; en este Chile idílico no conocí el miedo masivo y, como privilegiado, no temía ni al hambre, ni a la cesantía; podría decirse que lo conocía solamente por relatos. Muchas veces he tratado de ponerme en la piel de los europeos de mi misma generación, que padecieron el miedo en sangre propia, pero cuesta mucho tratar de comprender, en toda su profundidad, la potencia del miedo que, tanto los individuos, como las sociedades lo viven de distinta manera.

Tuvo que llegar la tiranía de Augusto Pinochet para conocer la fuerza paralizante del terror. El análisis del miedo en los distintos contextos  constituye uno de los elementos trascendentales para entender la historia de las mentalidades en occidente.
18/01/09

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