Pasar agosto en Chillán es otra cosa, mi amigo. Aquí, los mayores nos reunimos en la Plaza de Armas, bebemos chicha en cacho, escuchamos a la banda que entona musiquita antigua, agarramos a las viejitas que nos acompañan, bailamos unos pasitos de vals y nos abrazamos entre risas.
Aquí, pasar agosto significa que los lazos antiguos se reverdecen y la sonrisa ilumina rostros curtidos, llenos de medallas convertidas en arrugas.
¿Y cómo llegamos a esto? Fíjese que un grupo de amigos, hace ya unos cuantos años, se reunían en diferentes sitios para comerse una pichanga, unas longanizas con puré picante, unas sopaipillas con pebre cuchareado… y jugaban su manito de dominó.
Cuando se les soltaba la lengua, criticaban todo lo que se movía por la ciudad, se reían de eso y de muchas cosas más, pero también se trenzaban a lanzar ideas para conseguir un Chillán más entretenido, más simpático…un Chillán distinto.
En una de esas tertulias amicales, surgió esto de celebrar, junto a O’Higgins en la Plaza de Armas, el “pasar agosto”. O sea, dar gracias a la vida porque les ha permitido vivir un año más. Por respirar el aire que inunda nuestra ciudad, cargada de aroma de cerezos en flor. Por quedar enceguecido por el sol que brilla sobre los techos y que proyecta sus rayos hacia las crestas blancas del macizo cordillerano. Gracias por vivir. Pero, en especial, gracias por vivir en Chillán.
Eso significa aquí el pasar agosto.
Pero, también significa que celebramos a nuestros mayores, a aquellos que entregaron todas sus capacidades para hacer más grande a nuestra ciudad. Para saludar la experiencia de los habitantes de nuestra geografía, acumulada en mil batallas cotidianas y entregada a nuestros conciudadanos para vivir mejor. Es una forma de rendir homenaje a nuestros mayores. A quienes han construido las bases de la ciudad que hoy disfrutamos. Es un reconocimiento de respeto y admiración. Es por ellos que Chillán alcanza las dimensiones que hoy tiene. Sus esfuerzos, sus aportes, han sido fundamentales para que nuestra tierra sea reconocida en todo el país como una zona pujante, con vistas largas para alcanzar futuros mejores.
Respeto, admiración, reconocimiento, se transforman entonces en conceptos que se aplican con entusiasmo, con decisión hacia nuestros mayores. Porque, tras sus canas va una historia, una historia grande que soñaron otros antepasados y que han sido capaces de ir convirtiendo en realidad poco a poco. Son parte de aquellos sueños que hoy también valoramos, atesoramos y proyectamos para que las futuras generaciones tengan igualmente la oportunidad de disfrutar de una ciudad bonita, linda, limpia, cálida, acogedora.
Personalmente, estoy entrando en esa generación que se reúne cada año en la plaza para celebrar el paso del tiempo. Y lo hago con orgullo, con la vista alta y el pecho henchido. Como lo hacen todos los demás. Y me tomo la chicha en cacho como lo soñé larga y reiteradamente en mis sueños lejos de mi tierra. Cada sorbo va convertido en suspiro , pensando en los miles de coterráneos que siguen viviendo lejos. Va convertido en pensamiento en los que no llegaron a agosto, pero que lucharon por empujar este carro hermoso que se llama Chillán. Y convierto tal pensamiento en un ramo de rosas rojas de nuestros jardines, en un manojo de claveles, en un canasto de cerezas, en una acuarela de un artista nuestro, en el batir de las alamedas, en el espejo de agua de las calles en las noches de luna invernal… Un pensamiento agradecido por los que se fueron y nos dejaron acrecentado el amor por nuestra tierra. Una mirada larga de esperanza para los que vienen detrás nuestro.
Sí, amigo mío, pasamos agosto.
Y lo hacemos en Chillán. ¡¿Qué más se puede pedir?!
Miguel Angel San Martín
La discusión, Chillán, domingo 31 de agosto de 2008
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