La imposible comensalidad después de Doha
por Leonardo Boff (Brasil)
18 años atrás 3 min lectura
El vergonzoso fracaso de la Ronda de Doha se debe principalmente a los países ricos, que quisieron garantizarse la parte leonina en los mercados de los pobres. En un cuadro de hambre ya instalada se desperdició la oportunidad de asegurar comida en la mesa de los hambrientos. El sueño ancestral de la comensalidad que nos hace humanos, cuando todos podrían sentarse a la mesa para comer y comulgar, se vuelve aún más distante. Además de la crisis alimentaria, todavía nos asolan la crisis energética y la climática. Si no se elaboran políticas mundiales articuladas podemos enfrentarnos a graves riesgos para las poblaciones y para el equilibrio del planeta. De ahí que la Carta de la Tierra proponga una alianza de cuidado universal entre todos los humanos y para con la Tierra, hasta como una cuestión de supervivencia colectiva.
Los problemas son todos interdependientes. Por eso no es posible una solución aislada con meros recursos técnicos, políticos o comerciales. Es necesaria una coalición de mentes y corazones nuevos, imbuidos de responsabilidad universal, con valores y principios de acción, imprescindibles para otro orden mundial. Enumeremos algunos de ellos:
El primero de todos reside en el cuidado de la herencia que recibimos del inmenso proceso de evolución del universo.
El segundo está en el respeto y la reverencia a toda alteridad, a cada ser de la naturaleza y a las diferentes culturas.
El tercero se encuentra en la cooperación permanente de todos con todos porque somos todos eco-interdependientes hasta el punto de tener un destino común.
El cuarto es la justicia societaria que ecualiza las diferencias, disminuye las jerarquizaciones e impide que se transformen en desigualdades.
El quinto es la solidaridad y la compasión ilimitada para con todos los seres que sufren, comenzando por la propia Tierra, que está crucificada, y por los más vulnerables y débiles.
El sexto reside en la responsabilidad universal por el futuro de la vida, de los ecosistemas que garantizan la supervivencia humana y, en fin, del propio planeta Tierra.
El séptimo es la justa medida en todas las iniciativas que conciernen a todos, ya que venimos de una experiencia cultural marcada por el exceso y por las desigualdades.
El final es la auto-contención de nuestra voracidad de acumular y consumir, para que todos puedan tener lo suficiente y lo decente, y puedan sentirse miembros de la única familia humana.
Todo esto sólo es posible si junto con la razón instrumental rescatamos la razón sensible y cordial.
La economía no puede independizarse de la sociedad, pues la consecuencia será la destrucción de la idea misma de sociedad y de bien común. El ideal a ser buscado es una economía de lo suficiente para toda la comunidad de vida.
La política no puede restringirse a ordenar los intereses nacionales, sino que está obligada a proyectar una gobernanza global para atender equitativamente los intereses colectivos.
La espiritualidad necesita ser cósmica, que nos permita «vivir con reverencia el misterio de la existencia, con gratitud por el don de la vida y con humildad respecto al lugar que el ser humano ocupa en la naturaleza» (Carta de la Tierra, introducción).
El desafío que se impone parecer ser éste: pasar de una sociedad de producción industrial en guerra con la naturaleza, a una sociedad de promoción de toda la vida en sintonía con los ciclos de la naturaleza y con sentido de equidad.
Éstas son las precondiciones de orden ético y de naturaleza práctica que están destinadas a crear las condiciones para una comensalidad posible entre los humanos. Lógicamente, son necesarias las mediaciones técnicas, políticas y culturales para viabilizar este propósito. Pero difícilmente serán eficaces si no son plasmadas a la luz de estos principios-guía, que significan valores e inspiraciones.
2008-08-08
* Fuente: Servicios Koinonia
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