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El Pantagruel de la letra impresa 

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A propósito de las “Crónicas reunidas”, de Joaquín Edwards Bello (1921-1925) publicadas por la Universidad  Diego Portales 2008

Hay que tener el mismo valor o locura del famoso Orellana para explorar el Orinoco de las Crónicas de Joaquín Edwards Bello. Al parecer, Roberto Merino se atreve a enfrentar este inmenso periplo en el misterioso río, rodeado de espesas selva, que recorre una parte de América. Es que Edwards Bello es algo así como el gigante de la obra de Rabelais, Gargantúa y Pantagruel que, como el segundo personaje, se da grandes banquetes para saciar su ilimitado afán de de engullir constantemente. Nuestro personaje no dejó nunca de alimentarse de letras de imprenta y, cuando ya no pudo escribir más, decidió poner fin a su vida, con la Colt que le había regalado su padre. Edwards Bello no estuvo nunca dispuesto a sobrevivir una fatal hemiplejia.

En el Chile de castas, que pervive hasta hoy, hay una larga cacofonía de apellidos que son siempre los mismos: “La Sagrada Familia”, como la llama Hernán Millas en su obra. En la historia de Chile hay Edwards por docenas: unos banqueros millonarios, dueños de Diarios, ahorrativos, y unos pocos escritores y periodistas. Edwards Bello no sólo escribía – prácticamente dos crónicas por día – sino que también leía tres  horas  diarias los  periódicos nacionales y extranjeros recortando, neuróticamente, notas sobre política, deportes, hípica, vida social, crímenes famosos, entre otros temas. Esta colección era, según el mismo autor, su más genial obra de arte; valía mucho más sus “nevolas”, como las llamaba el genial Miguel de Unamuno.

Edwards Bello escribió, al parecer, doce mil crónicas y el solo hecho de citar sus “nevolas” ocuparía gran parte del espacio destinado a este artículo. Él mismo relata su juventud como un tipo un tanto tonto, con tintes de voltairiano, una especie de “loco lindo”, como  llaman los argentinos a este tipo de personajes. Puede ser que ese tórrido 18 de febrero de 1968 Edwards Bello haya muerto víctima de sus propios personajes, como los pirandelianos que viven a pesar del autor y terminan asesinándolo, aunque Joaquín dejó muy claro que había puesto fin a sus días por mano propia para evitar que los mentirosos chilenos se aprovecharan de su muerte para inventar un novelesco crimen.

Estos recortes de periódicos le servían para construir una serie de personajes, como el famoso “Tucho Caldera”, el letrado asesino de un turco analfabeto, en San Felipe. En sus Crónicas podemos leer miles de retratos de Croupiers, de gordas y rozagantes amas de pensión chilenas en Bolivia, en Brasil y, aún, en Francia. Además, en todos sus escritos están aún vivos sus amigos del Café Torres, como Cuevitas – devenido posteriormente en el marqués de Cuevas -, Vicente Balmaceda – “El gran señor y rajadiablos” de comienzos del siglo XX; nunca está ausente la bellísima e inquietante Teresa Wilms Montt, pintada por Romero de Torres, como tampoco los presidentes Ramón Barros Luco, Pedro Montt, Germán Riesco y Arturo Alessandri, entre otros.

Roberto Merino ha elegido, como comienzo de su periplo el año 1921, cuando Edwards Bello caminaba por sobre los treinta años y ya había publicado, en 1920, su novela “El roto”, que no sufrió el mismo rechazo, por parte de la casta, que su primera obra, “El inútil” 1910, que lo obligó a autoexiliarse en Brasil. Es cierto que periodizar es una de las tareas más difíciles en historiografía. Surgen preguntas sobre cuándo empezó el siglo XX: en 1891, con la guerra civil y el suicidio de Balmaceda, o en 1900, con el “Discurso sobre la crisis moral”, pronunciado en el Ateneo, por Enrique Mac Iver, o con ocasión de la Primera Guerra Mundial. Cada uno puede elegir su propia periodización. El compilador Roberto Merino justifica su elección sosteniendo que en 1921 Edwards Bello comienza a escribir -mañana y tarde- sus Crónicas en el diario La Nación  y en Los Tiempos, y el período anterior correspondía a su juventud de un dandy, jugador y farrero. Sin discrepar con Merino, personalmente he podido gozar mucho de las “Crónicas del Centenario”, obra que me es muy útil para comparar el Chile entre dos Centenarios.

Es cierto que Joaquín Edwards Bello no se deja cazar por las clasificaciones y taxonomías de los críticos y académicos, muy aficionados a disecar cadáveres y luego colocarlos en su respectivo cajón. Se puede tipificar a Edwards Bello como un “naturalista” tipo Émile Zola, podría también ser anarquista destructivo –como el colombiano Vargas Vila-, o un crítico social -como el profesor Alejandro Venegas -, un nacionalista – como Nicolás Palacios y Tancredo Pinochet-, también podría enmarcarse en uno de los tantos críticos de la casta, hijos de la aristocracia –como el poeta Vicente Huidobro, Inés Echeverría Larraín y Teresa Wilms Montt; puede ser un voltairiano del tipo Anatole France, y así, las caras de nuestro personaje pueden tan infinitas, como sus escritos y recortes de Diario; también podría ser un Montaigne, bastante más alocado.

Nuestro autor forma parte integral del clan Edwards, aunque le desagradaron sus familiares, propietarios de Bancos y del diario El Mercurio, periódico en el cual nunca publicó ninguna de sus columnas – y eso que escribía como un Pantagruel-. Al parecer, nunca les perdonó la forma despectiva con que se expresaron respecto a su padre, Joaquín Edwards Garriga; incluso, en una Crónica llamada “La monarquía en Chile”, del 12 de octubre de 1923, tomando la idea de su primo, el historiador Alberto Edwards Vives, -autor de “La Fronda aristocrática”- quien sostenía que los Portales y los Montt habían construido una monarquía republicana tan eficiente como la de Carlos III. Edwards Bello sueña con una monarquía de los Edwards, en que su hermano Emilio sería el rey y él mismo tendría una corona en el pijama; al fin descubre que no habrá ninguna monarquía en Chile, que su hermano no será rey, ni que él tendrá una corona en el pijama, salvo las fanfarrias de las fiestas de la primavera.

En el fondo, Edwards Bello rinde tributo a todo el imaginario de los héroes de su casta y sus grandes personajes  son siempre Diego Portales y José Manuel Balmaceda, el primero un mandón, que mantuvo tranquila a “la fronda” a punta de Estado de sitio e ironías y, al fin al cabo, dando tranquilidad para hacer sus negociados de almaceneros; Balmaceda fue conducido al martirio por su propia casta, cuando se atrevió a emprender el desarrollo del país, más allá de los pequeños presidentillos que hay en cada uno de estos vascos. Como podrán comprobar los lectores, Edwards Bello rinde culto al autoritarismo, al despotismo ilustrado y, sobretodo al nacionalismo, tan difundido por Nicolás Palacios, Encina y su primo Alberto Edwards Vives. Nada ganamos con criticar estas reaccionarias ideas, pues constituyen el ADN histórico de los chilenos –hasta Ricardo Lagos, una especie de rey socialista, parece admirar e imitar a Diego Portales; siempre estarán relegados los rebeldes, como Francisco Bilbao, Santiago Arcos, Pedro Félix Vicuña y su hijo Benjamín Vicuña Makenna. No hay caso: nos gustan los más “mandones” y tenemos dificultad para aceptar mentes democráticas, como la de la presidenta Michelle Bachelet.

El capítulo V de la obra que comentamos se titula “Tiempos difíciles, Chile”. Edwards Bello fue partidario de Alessandri, en 1920, como algunos aristócratas díscolos de la época, pero al poco andar se decepcionó, pues según él, Alessandri se dejó dominar por el tétano de la politiquería, y prefirió dejar  enriquezerce a sus amigos a la revolución pacífica que había encabezado. 

El 7 de marzo de 1924 publica un artículo llamado “el triunfo de la Alianza Liberal”, una victoria pírrica que anticipa el famoso “ruido de sables” y el ingreso de los militares en la política. Según Edwards, “Balmaceda fue un excelente demagogo, renovador de la clase alta, y pudo libremente evitar el estado actual con todos sus peligros”, sin embargo, su propia casta lo condujo a la muerte. Alessandri tenía los mismos vicios del parlamentarismo y no pudo vencer al Diario Ilustrado, a la canalla dorada -el senado- y a los ambiciosos de la Unión Nacional; al fin triunfó, en las lecciones de 1924, pero los propios parlamentarios de la Alianza entraron en el juego corrupto de la politiquería.

Como Edwards Bello tenía su buen archivo, recordó un artículo de 1916 cuando otro triunfo de la Alianza anticipó “el cielito lindo” de 1920- “venal y corrompida, pero enarbolando la Biblia de los gracos”, es decir: “el pueblo armado con las ideas de los escritores y tribunos despreciados por la aristocracia: Balmaceda, Valdés Canje, Benjamín Vicuña Subercaseaux, Inés Echeverría, Ángel Custodio Espejo, José Luís Riesco, Víctor Domingo Silva: nosotros forjamos las armas de la Alianza Liberal”.

Lamentablemente, la intervención electoral fue el paño rojo que incitó la rebelión de la oligarquía, por ejemplo, en Curicó Arturo Olavaria, el hijo putativo de Alessandri, le usurpó la elección a mi abuelo, Manuel Rivas Vicuña, el “portalito”, uno de los más hábiles y reputados personajes de la república parlamentaria. En septiembre de 1924, con ocasión del “ruido de sables”, Edwards publica el artículo “Al margen de los acontecimientos”, “el Congreso se derrumbó con aislados gestos de altivez, de una manera lamentable: una fuga sin grandeza, como toda su vida. “Vae Victis””.

Posteriormente, sostiene que “en cuanto al cierre del Congreso, sentimos una escasa emoción. Los cómplices de Catilina tuvieron una muerte más heroica” “El pueblo, en el fondo es un gran rebaño, tiene un ejemplo y lección: no debe dejarse guiar por los lobos disfrazados de pastores. En todos los países desorganizados por políticos prevaricadores, se yergue la amenaza del fascismo militarista como ha ocurrido en España. Primo de Rivera es el fantasma de todos los gobiernos incapaces e inmorales”.

En el artículo titulado “El momento histórico” compara la crisis chilena con la eterna lucha entre “Próspero contra Calibán”: “la lucha entre el ideal y la grosería; el ejército se ha hecho momentáneamente cerebro y brazo del pueblo, de la sociedad indignada e impotente para luchar contra el mal que invadía a todos”. En esos momentos Edwards Bello veía a los militares como liberadores; como Alonso de Ercilla, dialogaba con los intelectuales e, incluso, con la Central Obrera Anarquista IWW.

Afortunadamente, a diferencia de su autoritario primo, Alberto Edwards Vives, que terminó sirviendo a la dictadura de Ibáñez, Joaquín captó rápidamente el carácter represivo del gobierno de los militares: a poco andar terminaron clausurando el Diario Ilustrado y reprimiendo a sus opositores. Carlos Ibáñez nunca alcanzó la altura y el poder de Miguel Primo de Rivera, el padre del falangista José Antonio, un fascista de tomo y lomo; a Ibáñez lo ahogó la crisis económica de 1929 y la rebelión de los estudiantes universitarios, en 1931. Edwards Bello tuvo el valor de defender al Diario Ilustrado, a pesar de abominar de su pechoña y calumniosa línea editorial. Mi abuelo, Rafael Luís Gumucio Vergara, que era en ese entones el director del Diario Ilustrado, cometió el error de querer alabar a los militares en el primer Golpe del 11 de septiembre de 1924; Genaro Prieto le recordó diciéndole a don Rafael Luís Gumucio “Usted que es cojo de nacimiento jamás ha hecho la guardia”, así se llamaba el Servicio Militar en esa época, “por consiguiente, no conoce a los militares y no sabe de las brutalidades que puedan hacer contando con la totalidad del poder”; de ahí para adelante, mi abuelo rechazó, para siempre, toda intervención militar que, lamentablemente, algunos falangistas después  Demócratas Cristianos , en 1973, olvidaron esta gran lección. Jamás apoyar una intervención militar que destruya la democracia.

En su artículo “Los Bancos”, del 30 de septiembre de 1924, Edwards Bello ataca con fuerza a los especuladores que se aprovechaban de la pérdida del valor del peso respecto del oro y la libra. Qué diferente era ayer Chile, que deja hacer a los especuladores, siempre y cuando pertenezcan a la casta.  Estados Unidos del presidente Roosevelt, aprobó leyes contra los trust que querían especular contra el pueblo, en la crisis de 1929.

En el Chile de hoy nadie responde: es el paraíso de la impunidad. No hay quien responda por los detenidos desaparecidos, por los torturados, exiliados y exonerados. No fue la derecha política, ni los militares los que propiciaron el golpe, es el famoso “Nadie”, de Joaquín Edwards Bello, que jamás será descubierto, menos juzgado, ni condenado; en nuestro país el dictador muere en su cama y rodeado de familiares y amigos. Es muy distinto, cómo nos recuerda Joaquín Edwards Bello “al tribunal revolucionario de Grecia, que fusiló a los ministros que llevaron al desastre de Esmiria”. Hay algo de este don Nadie que enlodó y  lo sigue haciendo  a nuestra vida política. Es el estiércol de la impunidad.

Al leer a Edwards Bello siempre descubro personajes geniales que desconocía, como el famoso escritor colombiano Vargas Vila quien, junto con Rubén Darío fundaron la “innovación” en América Latina. Vargas Vila es el padre de la libertad en la Colombia conservadora y clerical del que fuera presidente, Rafael Núñez – autor de la letra del Himno Nacional-. Núñez se ensañó contra Vargas Vila, quien prefirió el autoexilio para seguir escribiendo sus obras provocadoras y un tanto anárquicas; “jamás soportaré a un mussolino”, decía en la entrevista que le concedió a Joaquín Edwards Bello. Confieso que me da mucho miedo que Álvaro Uribe Vélez, actual presidente de Colombia, basado en su popularidad, con engaños y hasta mentiras, como la compra de una senadora o el uso del símbolo de la Cruz Roja, algo así como que “el fin justifica los medios” y que la astucia es el único norte de la política. Ya conocemos, por ejemplo, con los casos de Fujimori y Menem, lo devastador que es para los pueblos el populismo de derecha. Ojalá no asome su nariz por nuestras tierras.

Edwards Bello nunca pudo ser amigo del otro crítico surgido de la casta, Vicente Huidobro: jamás se pudo combinar la poesía creacionista y afrancesada con la prosa mordaz, satírica e hiriente de Edwards Bello. En un artículo llamado “El poeta Vicente Huidobro en París” Edwards Bello se ríe finamente del auto rapto de Vicente Huidobro, a raíz de la publicación de su obra “Finis Britannia”, que proponía, nada menos, que la sublevación general de todas las colonias británicas, el pánico en Londres y el derrumbe del imperio británico. Edwards Bello termina su artículo con el siguiente corolario: “Afortunadamente, en el instante de escribir estas líneas, recibimos un cable del corresponsal de La Nación en París en que se da cuenta de la feliz llegada del poeta a su casa. Nos felicitamos. Tout et bien qui finit bien. Tres días de secuestro para un escritor es útil como retiro y ayuno” No sería un mal consejo para un candidato que le va mal en las encuestas. Claro que esta pillería le significó a Huidobro perder la amistad del pintor Juan Gris, un hombre honesto a carta cabal y que poco le importaba el rating de la época.

Espero con ansias las próximas etapas del peligroso periplo literario de Roberto Merino sobre las Crónicas de Edwards Bello.
22.07.2008

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