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Nuevo trato o nueva trampa. El tercer ojo de Sebastián Piñera 

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El Tercer Ojo, de Lobsong Rampa, fue uno de los libros leídos en la época de los 60; pertenece al género de las fantasías espirituales, algo similar al Código de Da Vinci. La obra ocurre en el Tíbet, país famoso por la ocupación China y por el Dalai  Lama. El Tercer Ojo en la frente del monje budista le permite captar realidades místicas y de espiritualidad budista, inaccesible al común de los mortales.

Cuando me enteré de que Sebastián Piñera se había hecho operar de los ojos, en mi ingenuidad creí que se había agregado un tercer ojo en su frente, que le permitiría ver realidades espirituales muy lejanas del mundo materialista de la Bolsa, pero no era tal: Sebastián Piñera sólo perseguía, coquetamente, quitarse algunos años de encima, mejorando su presentación, ahora como “joven” candidato de la derecha política. El ojo es la representación de Dios Padre y Sebastián pretende también serlo, pues con los ojos abiertos podrá vigilar a los accionistas de sus empresas, a sus electores y, sobretodo, a sus rivales, como Pablo Longueira y Joaquín Lavín.

La derecha sabe muy bien que nunca ganará una elección si muestra su verdadera cara beata, autoritaria y neoliberal, razón por a cual tiene que recurrir al travestismo: en 1999, con Joaquín Lavín, se disfrazó con la cantinela del cambio – lo que no es ninguna novedad, pues fue usada antes por Eduardo Frei, en 1964 y,  posteriormente, por Sarkozi, en Francia, el año 2007- No sé qué cambio pueden proponer los conservador que, por lógica, pretenden  mantener el statu quo –son los contentos de la tierra- sin embargo, el slogan es un buen cazabobos.

Sebastián Piñera es y ha sido siempre el rey del travestismo: en las elecciones de 2005 intentó conquistar a un sector de los demócrata cristianos disfrazándose de humanista cristiano, pero no logró cazar a muchos incautos que le permitieran vencer a Michelle Bachelet, sólo cayeron algunos demócrata cristianos, bastante derechistas, entre ellos un hijo de Radomiro Tomic. Piñera intentó convencer a la ciudadanía en el sentido de que seguía las huellas de su padre, José Piñera, fundador de la Democracia Cristiana, pero muy pocos le creyeron.

Andrés Allamand es un personaje que perdió todo sentido de la realidad cuando, audazmente, sin siquiera una cantimplora o maná del cielo, se internó en el desierto más árido del mundo. A su vuelta a la verde y generosa pradera no se le ocurrió nada mejor que publicar uno de los tantos aburridos mamotretos que llevan su firma y se venden en las librerías del país; uno de los últimos tiene el sugestivo título del “Desalojo”, una especie de propaganda de “para todos sale el sol” –antigua casa de mudanza. El senador vitalicio, por Valdivia, quería, nada menos, que retirar de La Moneda, antes de tiempo, las pertenencias de la Presidenta. Una teoría como esta constituye una soberana estupidez, en un país que odia el conflicto y adora el consenso.

Sebastián Piñera, que no es nada tonto, tanto en la política como en los negocios, captó muy bien que su ex amigo de la patrulla juvenil hacía tiempo trasmitía puras tonterías, que podrían ser achacadas a la insolación no curada de su travesía por el desierto de Atacama, por el contrario, lo que hay que hacer, decía Sebastián, es buscar el acuerdo y penetrar en la fortaleza del enemigo: nada más hábil que presentarse como patriota y como el padre que se preocupa de las desgracias de los pobres, así como el buen rico Epulón, que regala su banquete al pobre Lázaro.

La derecha es bastante inteligente para encontrar el slogan que atraiga a los lectores: ahora Sebastián usa el “Nuevo Trato”, una copia pobre de la propuesta de Franklin Delano Roosevelt. No sé aún muy bien en qué consiste este nuevo trato a la chilena: conociendo a nuestro personaje estoy seguro de que incluirá una serie de propuestas, muchas de ellas populistas, que pretenden conducir a los proletarios a Jauja.

En nuestro país es cada día más difícil diferenciar al gobierno de la oposición, a la derecha de la izquierda; estamos en plena posmodernidad  -que nos perdone Habermas- como no hay ninguna ideología, ni metarrelatos, y todo es puro pragmatismo al servicio del poder, sin Dios ni ley, a veces uno llega a creer que Joaquín Lavín y Pablo Longueira son mucho más leales y serviles a la Presidenta que su escudero, Camilo Escalona, que hoy hace declaraciones “díscolas” contra el ministro Pérez Yoma por pactar con Sebastián Piñera. No pocas veces uno pensaría que, en secreto, algunos ministros del Gabinete admiran y se sienten cercanos al candidato presidencial de la derecha.

Entre tanto pacto y acuerdo, no sería absurdo pensar una especie de cogobierno entre Concertación y Alianza. Al fin y al cabo, por ejemplo, Andrés Velasco no es muy diferente a Arturo Fontaine; José Antonio Viera Gallo no es muy distinto a Pablo Longueira, ni el militarista, Edmundo Pérez Yoma, de Joaquín Lavín. Todos co-fundidos “Siglo XX Cambalache problemático y feliz”.

Los tres ministros, Pérez Yoma, Velasco y Viera Gallo, le han regalado publicidad y buena imagen a Sebastián Piñera: ¡Miren que a visitarlo a su casa para caer luego en su trampa! Incluso, le pegaron una bofetada a su antiguo aliado, Joaquín Lavín. 

Entre tanto acuerdo espurio con la derecha, los ciudadanos terminan por confundirse y, con toda razón, desprecian y rechazan a la casta política, que hoy se ha disfrazado de payaso, como lo pide la reina. ¿Quién redactó el acuerdo de la Ley General de Educación, aquel día en se tomaron de la mano, entre otros, Carlos Larraín y Yasna Provoste? Es evidente que esta maniobra es producto de Larrían y Cía., ilustres defensores de “la Cuca” y de todos aquellos que lucran con las subvenciones estatales, dinero que pertenece a todos los chilenos. ¿Quién le doblará la mano a quién entre los diálogos de la ministra Mónica Jiménez de la Jara y el representante de la derecha, Cristián Larroulet? Seguramente lo hará el segundo.

Esto de los acuerdos con la Alianza lo único que hacen es desprestigiar a la Concertación, que ha bajado ya bastante sus bonos y que está en plena decadencia. ¿Cómo se le ocurre al gobierno dar suma urgencia a un proyecto de ley sobre educación, que es rechazado por padres, apoderados, alumnos y profesores, que representan a la comunidad escolar? ¿No es una obcecación absurda imponerles un proyecto que ellos rechazan, y con justa razón?

Con razón, la mayoría de diputados y senadores de la Concertación no están dispuestos a seguir al gobierno en tan absurda postura. Cada día sus ministros tienen menor credibilidad y a nadie convencen, en el sentido de que van a plantear un proyecto en defensa de la educación fiscal. Como en la novela de Chersterton, “El hombre que fue Jueves”, los policías no saben si son tales, o los ladrones si son ladrones, es decir, los concertacionistas no saben si son derechistas, ni los aliancistas saben si son concertacionistas.

En el caso de la Ley de Estabilización del petróleo, los más fanáticos defensores fueron los diputados de Renovación Nacional, algo parecido puede ocurrir si se llega a un acuerdo entre la derecha y el gobierno para aprobar la Ley General de Educación. Es muy posible que los diputados concertacionistas voten en contra de la misma. ¿Quién puede aceptar y entender a “las dos derechas que se han apropiado de este país, como su fuera su feudo personal? Son las dos caras de la misma casta.
18/6/2008

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