Una de las principales características del momento actual es la aceleración del tiempo. El espacio terrestre prácticamente lo hemos conquistado todo, pero el tiempo continúa siendo el gran desafío. ¿Podremos dominarlo?
La carrera contra él se da en todas las esferas, comenzando por el deporte. En cada olimpiada se busca superar todos los tiempos anteriores, especialmente en la clásica carrera de los cien metros. Los automóviles deben ser cada vez más veloces, los aviones y las naves espaciales tienen que superar la velocidad de la generación anterior. En el agronegocio se utilizan abonos químicos de crecimiento para acortar el tiempo y aumentar el lucro. Internet funciona a altísima velocidad, y sin cables, pues, para ganar tiempo, todo se hace vía satélite. La aceleración ha alcanzado especialmente a las bolsas. Cuanto más rápidamente se transfieren capitales de un mercado a otro, teniendo en cuenta el huso horario, más se puede ganar. Más que nunca antes, «el tiempo es oro».
Ciertamente, en todo este proceso hay un elemento liberador, pues el tiempo fue en gran parte vivenciado como una servidumbre. No podemos detenerlo. Por otro lado produce un impacto sobre la naturaleza, que tiene sus tempos y sus ciclos. El impacto no es menor sobre las mentes de las personas, que se sienten confundidas, particularmente las de más edad, que pierden los parámetros de orientación y de análisis de lo que está ocurriendo en el mundo y consigo mismas.
¿Vale la pena esta carrera imparable? ¿Hacia dónde estamos huyendo?
¡Y ay de aquellos que no se adaptan a los tiempos! En el trabajo, son expulsados del mercado, pues sus habilidades quedan obsoletas. Los que no se actualizan, pierden el ritmo del tiempo, y son considerados precozmente envejecidos, o simplemente atrasados. Lo cual puede ocurrir incluso con países enteros, los que no incorporan los avances de la tecnociencia. Todos están obligados a modernizarse rápidamente y a ser países emergentes.
¿A donde nos llevará esta carrera contra el tiempo? Éste siempre nos gana, pues no podemos congelarlo. Simplemente, pasa despacio, o acelerado, como en los grandes túneles de aceleración de partículas.
Pero es importante considerar que hay tiempos y tempos. El tiempo natural de crecimiento de un árbol gigante puede demorar 50 años. El tiempo tecnológico para derribarlo con la motosierra dura sólo 5 minutos. ¿Cuánto tiempo necesitamos para crecer en madurez, en sabiduría, y para conquistar el propio corazón? A veces una vida entera de 80 años es demasiado corta… El tiempo interior no obedece al tiempo del reloj. Necesitamos tiempo para trabajar nuestros conflictos interiores; a veces, esos conflictos nos obligan incluso a detenernos.
Una reflexión del maestro zen Chuang-Tzu, de hace 2.500 años, nos parece muy inspiradora. Cuenta que había una persona que quedaba tan perturbada al contemplar su sombra y tan malhumorada con sus propias huellas, que pensó que era mejor librarse de ambas cosas. Utilizó el método de la fuga, tanto de una como de las otras. Se levantó y se puso a correr, pero siempre que ponía su pie en la tierra aparecía la huella, y la sombra lo seguía sin la menor dificultad.
Atribuyó su error a que no estaba corriendo como debía. Entonces se puso a correr más velozmente, y sin parar… hasta que cayó muerto. Su error, comenta el Maestro, fue no haberse dado cuenta de que sólo con pisar en un lugar sombrío, su sombra hubiera desaparecido, y que si se hubiera quedado quieto, ya no habría habido más huellas que le siguieran…
¿No es eso lo que se impone hacer hoy? ¿Hacer una parada? Ahí está el secreto de la felicidad y de la ansiada paz interior.
2008-01-25
*Fuente: Servicios Koinonia
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