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Narciso Lagos y Goldmunda Bachelet 

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En estos días, de derrumbe de la Jerusalem concertacionista, vienen a mi memoria los personajes Goldmundo y Narciso, de la famosa novela de Hermann Hesse Goldmundo y Narciso, que representan dos aspectos del alma humana: Narciso, asceta e idealista y  Goldmundo, artista y  dionisiaca  Por cierto que Ricardo Lagos y Michelle Bachelet no corresponden, del todo, a estas arquetipos novelescos, pero Lagos tiene mucho del personaje de la mitología griega, que se enamoró de sí mismo al ver reflejado su rostro en un lago.  Michelle tiene algo de artista cuando interpreta, a la perfección, las canciones de los Beatles o cuando habla emocionada a los ciudadanos ante cada crisis que se presenta en su vapuleado primer año de gobierno.

El ex presidente Ricardo Lagos pareciera que “estudió para Dios”, al igual que Jorge Alessandri. Es un hombre asertivo, seguro de sí mismo, que en su reinado regañaba a sus seguidores y periodistas. A diferencia de Alejandro Magno, los dioses no le dieron la oportunidad de elegir entre una vida corta y exitosa y una vejez triste y anónima. Si bien nuestro ex presidente no conquistó el Oriente sí fue un verdadero dios creador: no se conformó con la justicia “en la medida de lo posible”, ni con la desastrosa administración de la modernidad de sus dos antecesores; Lagos quería cambiar todo: la salud, por medio del Plan Auge, construir carreteras de alta velocidad, que cobraran multan multas de cuarenta veces su valor, un puente que uniera el continente con Chiloé –poco importaba que costara millones de pesos –por último, intentó cambiar todo el transporte público sin preocuparse por las consecuencias, cuando bastaría sólo con multiplicar las redes del Metro.

Narciso fue adorado por los empresarios y muchos de ellos propusieron, al igual que el Papa Juan Pablo II, canonizarlo sin pasar por la beatificación. Nuestro nuevo santo había hecho muchos milagros: convertir a los “ex revolucionarios” del Mapu en directores de sociedades anónimas, por obra del Espíritu Santo, hablaban a la maravilla el esotérico lenguaje de las finanzas. Un día subió a un monte y proclamó “bienaventurados los ricos, porque harán más pobres a los pobres”. De iletrados, sus seguidores se convirtieron en los mejores intérpretes de la biblia neoliberal: tenían soluciones para todos los problemas que padece el malhadado Chile. El sacerdote Vidal cantaba como un rey el gregoriano de Narciso; Eyzaguirre sabía guardar muy bien la bolsa llena de los millones, recibidos del milagro del cobre. Ricardo Lagos produjo el milagro de convertir a neoliberales capitalistas en admiradores del socialismo a la chilena.

Al terminar su mandato, Narciso tuvo su propio “domingo de Ramos”: toda la gente lo aclamaba como el mejor presidente de la Concertación y, al final de su mandato,  se dio el lujo de entregar el bastón de mando a su ministra predilecta, Michelle Bachelet. Como Ricardo tiene sentido del humor, sostuvo que le iba a heredar un enorme “paquete de tareas”. En esos días de borrachera de poder nadie podía prever la tremenda cruz que la Michelle tenía que llevar sobre sus hombros.

Goldmunda Bachelet, como buena artista dionisíaca aunque un poco monja roja, prometió un gobierno ciudadano, es decir, proteger a los pobres y atribulados chilenos de los regaños que habían afrontado  del poderoso padre doctoral y un tanto castigador. Goldmunda asumió el poder en un día de fiesta nacional, en que miles de sacerdotisas portaban la banda presidencial en señal de que por fin habían alcanzado el poder. “Todas eran reinas de verídico reinar”, como cantara Gabriela Mistral. Ningún sacerdote de Narciso se iba a “repetir el plato”, claro que nadie sospechaba el grado de envenenamiento que contenía el rico guiso del poder.

Hay un dicho haitiano que dice “después de la fiesta los tambores son mucho más pesados”, que muy bien se puede aplicar a este dramático primer año de nuestra Presidenta en el poder. Los estudiantes creyeron que había llegado el día del gobierno ciudadano y aprovecharon la ocasión para tomarse las calles reclamando por una mejor educación. Goldmunda intentó usar sus poderes de encantamiento y se identificó con las justas reivindicaciones de los jóvenes, pero como no sabía muy bien qué hacer, se le ocurrió formar una de las tantas comisiones que integrara a los viejos tecnócratas y los jóvenes rebeldes. El resultado, después de meses de deliberaciones, es más enredado que la cábala y, hasta ahora, no se sabe muy bien si el proyecto que reemplazará a la LOCE será capaz de mejorar la pésima calidad de la educación chilena. Algo similar ocurrió con la comisión de la Previsión, que mantuvo incólume el Estado subsidiario, heredado de la dictadura, y las ganancias de las AFPs. Es cierto que la pensión básica solidaria, al menos, será un ingreso mínimo para miles de jubilados, excluidos del sistema de capitalización privada. Después las cosas se fueron enredando mucho más: apareció la corrupción de Chile Deportes, la mezcla de la política y los negocios, los partidos y la clase política fueron rechazados por la mayoría ciudadana. Entre tanto despelote, Golmunda Bachelet volvió a intentar reencantar a su pueblo prometiéndoles una serie de medidas con el objeto de combatir la corrupción, pero ya pocos le creían.

Pero el colmo de los colmos se produjo el 10 de febrero, cuando la Presidenta quiso implementar la idea genial del dios creador, Narciso Ricardo Lagos: el Transantiago. Apenas desaparecieron los malditos y contaminantes buses amarillos, los populáricos tuvieron que levantarse a las cuatro de la mañana para intentar subirse a bus, después de haber caminado algunos kilómetros, sobreviviendo a los asaltos en el desierto de las poblaciones marginales. El Metro se convirtió en un infierno: miles de machos degenerados se aprovechaban de las sacerdotisas, manoseándolas a  porfía. La gente estaba indignada, nada se sacaría con separar, como en Sodoma y Gomorra, los hombres de las mujeres.

En cada crisis Golmunda Bachelet recurren a los mismos expedientes: un discurso carismático, una comisión y, por último, un cambio de Gabinete; como se requieren chivos expiatorios, se eligen algunos ministros o ministras, o un jugador de fútbol, para que paguen los platos rotos. En la primera crisis cocinaron a la guagüita Zaldívar que, hasta el día de hoy, sigue sin comprender por qué lo enviaron a la hoguera; hoy fueron las ministras, la pibe Valderrama Veloso y la Magdalena Blanlot, además de Peter Pan Espejo y del llorón Isidro Solís. En cada ocasión aparece un salvador: antes lo fue el ministro Belisario Velasco, más bueno para jefe de Carabineros que como ministro del Interior, hoy, los magos son José Antonio Viera-Gallo – una especie de Maquiavelo Mapochino o un fino cardenal Italiano, capaz de conseguir resucitar las fenecidas democracia de los acuerdos, es decir, la cohabitación entre el gobierno y la derecha política, que parecía sepultada después del gobierno de Patricio Aylwin – y René Cortázar, niño mateo de la Democracia Cristiana, convertido de director de las empresas más rentables del país, en flamante prestidigitador, capaz de poner fin al caos del Transantiago.

Después de tantas crisis volvemos, como en la concepción cíclica de la historia, al punto de partida: nada queda del gobierno ciudadano, mucho menos de la famosa paridad. Hoy, a contratiempo, regresamos a la política de la “justicia en la medida de lo posible”, de las soluciones parche y de “las dos derechas”, que antes denunciara el diputado Sergio Aguiló. La tecno-burocracia vuelve en gloria y majestad ante la decepción y la paciencia musulmana de los chilenos, cada día más zarandeados y que ya no saben ni qué ni en quién creer. 
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