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Detengan Santiago, Chile lo exige… 

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Cuando las iniquidades del modelo neoliberal en que se ha movido el país por más de 30 años, se reflejan en una capital insoportable, que segrega a los pobres, los envía a poblaciones periféricas, pero los requiere como servidumbre para el estatus de vida de los acomodados;

Cuando el Estado por 17 años ha quedado entregado a tecnocracias que desconfían de la población organizada;

Cuando los diseños realizados a costos millonarios entre cuatro paredes, se desmoronan por errores de cálculo, por falta de competencias en la materia, pero combinada esa inoperancia con la soberbia que obnubila el sentido común;

Cuando aflora la evidencia violenta de la marginalidad en una urbe que ha crecido en anarquía, a merced de decisiones populistas, en donde el cálculo electoral y el mantenimiento del poder, han pesado más que la visión de Estado;

Cuando ese populismo ha conllevado una corrupción indesmentible, que se ha traducido en la colusión de intereses entre los agentes privados y los funcionarios que debían adjudicar y fiscalizar esas obras públicas;

Cuando esa herencia perversa cae sobre los nuevos equipos de gobierno con un mandato de silencio;

Cuando los nuevos responsables del tema deben enfrentar a una comunidad explosiva, que está cansada del mal trato, de la improvisación, de los contratos leoninos, de los cobros que se exigen pero que no son retribuidos por los servicios anunciados y comprometidos;

Cuando, en resumen, cunde el descreimiento en la gente;

Cuando van mostrándose las debilidades de una megalópolis que concentra la riqueza, pero deteriora cada vez más la calidad de vida de las mayorías;

Cuando el Estado no es capaz de reaccionar como tal, coherentemente, para asumir las riendas de los servicios fallidos, rompiendo las cadenas de fuerza de la subsidiariedad que le impuso el régimen militar;

Cuando la falta de voluntad política y el inmovilismo para corregir el sistema neoliberal, hace que, a 18 años de asumidos los gobiernos de la Concertación, se siga manteniendo una filosofía liberal y tecnocrática, que mantiene una discursiva de izquierda, pero actúa con mayor dogmatismo que la propia derecha;

Cuando se le teme a la sociedad organizada, se escamotea la participación social efectiva y crítica;

Cuando las regiones deben subsidiar las inequidades estructurales de un país que perdió el rumbo del desarrollo;

Cuando se nota la falta de ideas, de visión de largo plazo para corregir las situaciones heredadas;

Cuando nadie es capaz de auditar con transparencia la calidad de las obras entregadas en concesión por los gobiernos anteriores, porque ello involucraría tocar intereses poderosos y reconocer acciones impropias que aún están pendientes en la justicia, entrando a la cuasi impunidad por el camino de la prescripción;

Cuando quienes tienen voluntad de servicio público quisieran actuar frente a la profunda crisis con acciones de fondo;

Cuando ya se agotó el tiempo para las especulaciones electoralistas;

Cuando ha quedado al descubierto que las malas decisiones y el personalismo del gobierno anterior son una secuela de proyectos mal manejados, poco transparentes y de dudosa eficacia, es hora de sincerar esa historia reciente para poder tener la chance de enmendar la plana;

Cuando los chilenos tenemos claro que los vicios heredados por el gobierno de Michelle Bachelet, disimulados por conveniencias políticas, son el peor lastre que haya tenido que cargar jamás un gobierno;

Cuando la caída del Transantiago arrastró a hitos faranduleros, mediáticos e insustanciosos a la altura del unto, lo que evidencia que la gente se cansó de ser manipulada por los medios oficiales;

Cuando los voceros ya nada tienen para argumentar;

Cuando sólo cabe admirar el estoicismo del Ministro Espejo que ha debido dar la cara y cargar con un proyecto con errores de diseño que no fueron de su responsabilidad y que hacían del Transantiago un proyecto de pizarrón, que resultó lleno de vicios, sin recibir la inversión necesaria y , por ende, predestinado al fracaso;

Cuando es necesario, de una buena vez, auditar los contratos de las concesiones de autopistas, de los recorridos de buses, de los servicios informáticos que no funcionaron, para identificar públicamente los responsables; para saber quien negoció contra el interés fiscal, aquellas condiciones leoninas que han dejado al Estado en una posición de debilidad y desprotección frente a la debacle, profundizando la debilidad política que existe para decidir con la mayor energía medidas de fondo;

Cuando por esta acumulación de errores políticos, por la falta de energía fiscalizadora, el país se enfrenta a la situación caótica de hoy en Santiago, la capital de Chile y cuyo próximo derrotero parece signado por el caos social, si es que no se asume la dimensión profunda del problema.

Visto desde las regiones, esto parece ser la caída evidente de un modelo concentrador con pies de barro. Un antes y un después, que debiera motivar al Estado a fijar políticas que favorezcan el traslado de industria y población a las provincias.

Santiago no resiste más, porque Chile ya no resiste más el modelo neoliberal. El mercado va de contramano con el sentido común: nos sigue inundando de automóviles en una capital colapsada. La sociedad chilena está a un paso de una hecatombe social, tal como la que ocurrió en París, cuando los jóvenes marginales las emprendieron contra el símbolo mismo del individualismo y la inequidad: el automóvil.

En pro de un Chile fuerte, un Estado fuerte, que sea capaz de corregir los tema de fondo y reorientar rumbos. Es de esperar que la Presidenta Michelle Bachelet decida, a partir de esta crisis profunda y de una vez por todas, cambiar su gabinete, cortar amarras del mal gobierno de Lagos y marcar rumbos de cambio, como una verdadera estadista.

Chañaral, sábado, 24 de marzo de 2007

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