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Chile entre dos Centenarios: Historia de una democracia frustrada (IV Parte) 

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Recabarren
Otro crítico importante fue Luis Emilio Recabarren quien, a comienzos de siglo, se convirtió en un apóstol y educador de los trabajadores. Por desgracia, la imagen de Recabarren ha sido muy manipulada por el autoritarismo estaliniano, dejando en el olvido sus etapas como líder demócrata e, incluso, sus ideas ácratas del comienzo de su vida política.

Para entender bien el contexto en que se desarrolla la lucha social de Luis Emilio Recabarren es necesario recurrir al estudio de la prensa popular, en la región salitrera, que tiene un papel fundamentalmente organizativo y educativo: se trata de moralizar las costumbres populares atacando el alcoholismo, el abuso contra la mujer y enseñando la solidaridad como arma de lucha contra el capitalismo. Por ejemplo, periodistas populares como Oswaldo López, quien desde Diarios como “El demócrata”, “La igualdad”, “El pueblo”, van denunciando las injusticias del sistema salitrero. La fuerza de los periódicos populares, aunque esporádicos, tuvo un poder provocativo para la burguesía de Iquique. Oswaldo López, un día fue asaltado con el fin de acallar su voz, pero lo siguió una serie de payadores populares, que en base a rítmicos versos fueron construyendo la memoria popular. (Illanes, 2002 39-40).

En Rengo, el 3 de septiembre de 1910, Recabarren dicta una conferencia cuyo sugestivo título llama la atención, “Ricos y pobres a través de un siglo de vida republicana”. Recabarren sostiene que si bien la burguesía tiene muchos motivos para regocijarse con los cien años de vida republicana, los pobres sólo han sido víctimas y no han podido aprovechar en nada la evolución económica del país. Recabarren relata la situación miserable de las cárceles, por las cuales él mismo pasó tantas veces, al decir que son verdaderas escuelas del delito, que el joven que entra a la cárcel termina, finalmente, abusado sexualmente, por los más avezados. El poder judicial no lo hacía mejor: “Yo he llegado a convencerme de que la organización judicial sólo existe para conservar y cuidar los privilegios de los capitalistas. ¡Ojalá para la felicidad social estuviera equivocado! La organización judicial es el dique más seguro que la burguesía opone a los que aspiran a la transformación del actual orden social” (Recabarren, 1910, cit. por Gazmuri 2001:268). Pareciera que nada hubiera cambiado hasta la actualidad: el poder judicial es, sin duda, el que menos ha evolucionado a través de nuestra historia.

Recabarren da a conocer la miserable vida de los conventillos y la pauperización del pueblo. Como MacIver, Valdés Cange y Recabarren desde el punto de vista proletario, hacen la misma denuncia de corrupción, propia del régimen plutocrático.

Los  otros críticos del centenario pertenecen a una tendencia nacionalista: les importa, sobre todo, liberar a Chile de la dependencia extranjera, especialmente británica. Tancredo Pinochet publica un libro llamado “La conquista de Chile en el siglo XX” donde hace una defensa, no sólo de nuestras riquezas nacionales, sino también del sentido histórico de la chilenidad. Disfrazado de peón visita el fundo del presidenta Juan Luis Sanfuentes, en Camarico, pueblo cercano a Curicó; en su relato cuenta la vida miserable que llevan los campesinos, empleados de su Excelencia: trabajan más de trece horas, comen sólo una galleta al día y son maltratados por los mayordomos. Pinochet Lebrun afirma que los peones ignorantes no son liberales, ni conservadores, ni radicales, son sólo seres condenados a una vida miserable y sin esperanzas.

Quizás, el más extraño de estos autores del Centenario fue Nicolás Palacios: La lectura de autores europeos lo llevó a un racismo muy sui generis: sostiene que la raza chilena se formó de la mezcla entre los españoles góticos y los araucanos, a quienes admiraba. Afirma también que el colmo de los males que estaba destruyendo a Chile era la inmigración de la raza latina, en especial, españoles e italianos. Evidentemente, tan locas teorías despertaron la antipatía de escritores como Miguel de Unamuno, y otros; hasta hoy causa sonrisa creer que los chilenos son altos y rubios como los primeros habitantes de España.

A pesar de este aspecto desagradable de las teorías racistas de Palacios, hay una parte de su vida que lo hace sentirse solidario con el roto chileno: siendo doctor decide ir a trabajar a las salitreras del norte grande y es ahí donde manifiesta su admiración por los explotados trabajadores del salitre; incluso, en un famoso artículo, publicado en el diario “El chileno”, periódico católico de gran circulación en los sectores populares; se le llamaba el diario de las empleadas domésticas. Algo así como El Clarín, o actualmente, La Cuarta. En un artículo famoso, Palacios denuncia el crimen cometido contra los obreros, en la Matanza de Santa María de Iquique. Cuando todos callaban o justificaban el crimen cometido por el gobierno de Pedro Montt, Nicolás Palacios da cuenta veraz de lo ocurrido en Iquique, en 1907.

Joaquín Edwards Bello, en sus “Crónicas del Centenario”, hace una pintura de Chile original y picaresca: Pedro Montt es el presidente con mala suerte, pues apenas comienza a gobernar, un terremoto destruye Valparaíso, (1906); casado con una de las más bellas damas chilenas, Sara del Campo, está permanentemente en la boca de los mal pensados, con la acusación de cornudo; cuando viaja a Argentina, en mayo de 1910, con  ocasión del centenario de la vecina república, muere su secretario, aplastado por un ascensor; tiene que cargar con la culpa de la matanza de Santa María de Iquique y, por último, muere en agosto del mismo año en Alemania.

Otro personaje pintoresco de esta época era Vicente Balmaceda, pariente de  don José Manuel, que dilapidó toda su fortuna en juergas y calaveradas. Jorge Cuevas, amigo de Edwards Bello, se decía que era un poco afeminado y, por ello, gozaba del cariño de las matriarcas chilenas, con quienes conversaba de vestidos y buena mesa. “Cuevitas”, como le llamaban despectivamente sus contemporáneos, se convirtió por el azar en el marqués de Cuevas, al casarse con una mujer millonaria, en Francia, y se daba el lujo de invitar a su casa a los más connotados personajes de la realeza europea, ante la envidia de los que antes lo despreciaban. Otro personaje extraño, del período, era el avarísimo Federico Santa María, quien arruinó a la bolsa de Francia con el monopolio del azúcar; cuentan que un día, un señor que lo llamaban “Cachiporras” invitó a Santa María a tomar el té en una tetera de oro, quien picado devolvió la atención recibida encendiendo, con billetes de mil francos, el fuego de la chimenea. Por último, Edwards relata las interminables anécdotas del presidente Ramón Barros  Luco.

El historiador Alberto Edwards es quizás el crítico más implacable de la república parlamentaria: en su obra, “La fronda aristocrática”, la llama “la república veneciana”; son los mismos personajes y los mismos escenarios; incluso, llega  a decir, cuando le proponen ser parlamentario, que él prefiere estar entre los apaleadores, que entre los apaleados. Edwards terminó colaborando con la dictadura de Ibáñez, que se amoldaba muy bien a su concepción autoritaria de la política.

Francisco Antonio Encina, conocido por su Historia de Chile, fue diputado del partido nacionalista en el período parlamentario. Quizás, el aporte más interesante de este autor es la crítica al sistema educacional, que formaba alumnos letrados, candidatos seguros a la administración pública, pero incapaces de re
alizar una tarea útil al país; por esta razón plantea realizar una reforma a los Liceos, que privilegien la formación económica. Su libro, “Nuestra inferioridad económica”, despertó una importante polémica entre quienes defendían las humanidades, como Enrique Molina, y quienes planteaban una reforma educacional que privilegiara la formación para la vida práctica. Por ejemplo, quien defendió con más ahínco esta posición fue el historiador Luis Galdames.

En épocas posteriores, uno de los críticos más radicales de la manera de ser chilena fue el genial poeta creacionista Vicente Huidobro, quien con su pluma y una corta participación, en el año 27, como candidato presidencial, atacó virulentamente a la clase política: en su obra “El balance patriótico”, propone enviar a los viejos al cementerio y que gobiernen los jóvenes, recordando que los héroes de la Independencia no superaban los 30 años de edad. Sostenía que en la cámara de diputados se ofrecía rico té y se pronunciaban pésimos discursos; que a los apellidos vinosos le sucedieron los apellidos bancosos: los primeros, al menos, tenían cierta decencia, mientras que los segundos se movían solamente por la rentabilidad del dinero. Sin duda, Huidobro tenía gran autoconcepto de sí mismo y, a pesar de su genialidad, no era un gran político. Su madre solía decir que si fuera menos loco, hubiera sido “rey de Chile”.
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