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Chile entre dos Centenarios: Historia de una democracia frustrada (III Parte)

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Los críticos del Chile del Centenario 1910
Por cierto, cuando nuestro país celebró el Centenario, existían dos Chiles diferentes: el primero triunfante, económicamente rico, que había heredado de la Guerra del Pacífico la riqueza de las dos grandes provincias salitreras – Tarapacá y Antofagasta-, la oligarquía, poseedora absoluta del poder, podía vanagloriarse de los éxitos logrados por Chile en cien años. Las damas de la aristocracia competían entre ellas para agasajar a los invitados extranjeros, con los dineros fiscales; se preparaba el clásico derby en el hipódromo, con caballeros vestidos de colero y las damas luciendo sus mejores sombreros. Se construyeron grandes edificios públicos, como el museo de Bellas Artes, y se preparaba el famoso Te Deum y la parada militar.

Este era el Chile contento y saciado, que vivía de las riquezas del salitre y, ni siquiera, pagaba impuesto a renta, sólo algunas desgracias nublaban este claro panorama: en agosto de 1910 moría el presidente Pedro Montt, en Bremen, Alemania y, a causa de un resfrío moría también su sucesor, don Elías Fernández Albano. Chile se encontraba sin presidente a días de la celebración del Centenario. ¿Quién podría ocupar el cargo? Normalmente le correspondía al ministro más antiguo – considérese que la duración media de los secretarios de Estado, en la república plutocrática no superaba los cuatro meses; la única persona que reunía las condiciones preestablecidas era don Luis Izquierdo, pero una dama enamorada de don Emiliano Figueroa  solicitó a don Luis dejar el paso a Emiliano Figueroa. Nada más adecuado que este personaje para presidir las fiestas del Centenario: hombre de mundo, galante y afortunado, era el perfecto postillón para recibir la visita del mandatario argentino, Figueroa Alcorta; incluso, nuestro presidente se dio el lujo de ganarle al argentino en las apuestas del derby.

El otro Chile vivía en la miseria: en el norte los obreros del salitre trabajaban más de doce horas diarias, sin ninguna seguridad en  el empleo y con el riesgo de caer, permanentemente en esas tinas hirvientes que eran los cachuchos; ganaban un salario entre cuatro y seis pesos, que se devaluaban continuamente a causa de la implantación del papel moneda. Por lo demás, a mayoría recibía el salario en fichas que sólo podían ser canjeadas en la pulpería de la misma oficina salitrera. En general, el kilo de carne no era tal, sino tres cuartos, pues las pesas eran arregladas a su antojo por los pulperos. Las habitaciones eran verdaderas barracas, hirvientes durante el día y heladas en la noche. Los habitantes de las grandes ciudades vivían en conventillos, en las famosas piezas redondas, que hacinaban hombres, mujeres y niños, con el riesgo de la promiscuidad permanente.

Muchos años después, la novela El Roto, de Joaquín Edwards Bello, desató el escándalo por relatar, al estilo realista, la vida prostibularia de Esmeraldo, el roto, el protagonista de dicha obra, cuya historia se desarrolla en los prostíbulos de la calle Matucana. En la época del Centenario, un tercio de los niños moría antes del año de vida; la tuberculosis, el tifus y otras epidemias derivadas de la situación de pobreza, diezmaban a la población.

En un ensayo de María Angélica Illanes, nos relata cómo se desarrolló la gota de leche y los primeros intentos de medicina social, producto de la constatación del estado miserable de la salud, (Illanes, 2002). Tan alta tasa de mortalidad llevó a afirmar a Tancredo Pinochet – escritor y periodista -, que Chile era un verdadero matadero. Incluso hubo años, a comienzos del siglo XX, en que población disminuyó ostensiblemente.

En 1900, el líder radical Enrique MacIver, pronunciaba un discurso, en el Ateneo de Santiago, sobre la crisis  moral de la República. Para MacIver, Chile había heredado la pócima letal de las ricas provincias de Tarapacá y Antofagasta. La misma corrupción que llevó a la derrota al Perú, se repetía en Chile: “Me parece que no somos felices; se nota un malestar que no es de cierta clase de personas ni de ciertas regiones del país, sino de todo el país y de la generalidad de quienes lo habitan. La antigua holgura se ha trocado en estrechez, la energía para la lucha de la vida en laxitud, la confianza en temor, las expectativas en decepciones. El presente no es satisfactorio y el porvenir aparece entre sombras que producen la intranquilidad”. (MacIver, 1900, cit. por Gazmuri, 2001:33). Después de detallar los pocos avances logrados, MacIver critica la paralización de la agricultura, de la manufactura, y que Chile sólo vive de la riqueza del salitre. Por último, termina constatando la decadencia moral de la República, donde las grandes banderas de lucha de la revolución de 1891 han caído en el más completo descrédito. La famosa idea de la comuna autónoma se ha transformado en guarida de intereses espúreos. Los ideales de la libertad electoral se han corrompido, las virtudes republicanas se han perdido. La administración, antes capaz y eficiente, se demuestra inútil. El discurso de MacIver fue como el primer campanazo de alerta ante la autocomplacencia del Chile parlamentario.

Quizás, uno de los más interesantes críticos del Centenario fue el profesor secundario, formado en el primer Instituto Pedagógico, Alejandro Venegas quien, desgraciadamente, es aún desconocido por el gran público. Venegas nació en Melipilla, a fines del siglo XIX. Su padre fue alcalde de esa ciudad y su hermano luchó en la Guerra del Pacífico. A pesar de su anticlericalismo declarado, tuvo una hermana monja. Siendo profesor en Chillán, se enamoró de una dama quien, a consecuencia de los chismes de las amigas, lo abandonó. Venegas, enloquecido, decide suicidarse, pero se le aparece un mendigo, barbudo y maloliente, que lo convence de no abandonar esta vida y dedicarla al servicio de los pobres.

El diálogo está relatado en su primera obra La procesión de Corpus. Posteriormente, Venegas ocupa varios cargos en distintos Liceos del país: El Almendral, en Valparaíso, vicerrector del Liceo N.1, de Talca, cuyo rector era Enrique Molina, condiscípulo del Pedagógico y primer rector de la Universidad de Concepción. Venegas era un sabio profesor que dominaba, al menos, cinco idiomas, y desde las academias literarias, con nuevas metodologías pedagógicas, logró formar un importante grupo de intelectuales, entre los que se cuentan Armando Donoso, Francisco Encina, y otros.

Sus alumnos lo admiraban y apreciaban e, incluso, no dejaron nunca de visitarlo, cuando fue exonerado y enviado a vivir a Maipú. Aprovechando unas vacaciones, Venegas se disfraza para no ser reconocido por sus alumnos y recorre todo el país, en tren, en carros de tercera clase. El relato de Venegas constituye un documento insustituible para comprender, desde el terreno, la realidad el país, por ejemplo, en Iquique denuncia los abusos de los tinterillos, quienes se aprovechan de la ignorancia  de los mineros en beneficio propio. También visita la Escuela Santa María, escenario de la matanza de 1907, donde un profesor le muestra las manchas de sangre aún grabadas en los muros. Al beber el agua de esta ciudad constata el insalubre estado del vital elemento, a cargo de la empresa monopólica de North. En Chillán visita los baños públicos, notando la asquerosidad y desaseo en las que se mantenían. En Lota duerme con los obreros, en las “camas calientes”, en Temuco denuncia el abuso respecto a la expropiación de tierras de los mapuches…

Alejandro Venegas utilizará un seudónimo, Dr. Julio Valdés Cange, para escribir sus cartas, en primer lugar al Presidente Pedro Montt, en 1909 y, posteriormente, a Ramón Barros Luco, 1910. Las primeras se titulan Cartas al Excelentísimo Sr. Pedro Montt, y las segundas Sinceridad, Chile
íntimo, 1910,a Barros Luco. En las cartas a Pedro Montt le recuerda al presidente que él fue elegido por una gran mayoría nacional y representó las esperanzas de muchos, en el sentido de realizar una Reforma en el sistema parlamentario. Con Claridad, le pregunta cómo ha respondido a estas esperanzas, qué ha hecho para realizarlas, y termina manifestando su decepción. “el país sigue siendo dominado por los banqueros y los agricultores, que se han aprovechado del papel moneda para enriquecerse a costa de la devaluación e inflación. Los diputados y senadores se han transformado en gestores administrativos y defensores de los salitreros. El único afán es acumular riquezas, el país está podrido”. Más allá, cuando habla de los pobres: “nuestro pobre roto, entre tanto, víctima de la ignorancia, del fanatismo y de la miseria, se embrutece cada día más en las tabernas, y su raza degenera con una rapidez asombrosa que sólo los ciegos no pueden ver…”(Valdés Cange, 1909, cit. por Cristián Gazmuri, 2001:150).

Valdés Cange no se traga las palabras al vilipendiar a las clases medias, “nuestra clase decente, cubierta de oropeles, vive una existencia frívola y llena de mentiras e hipocresía. Las tres cuartas partes de las personas que se presentan en público con elegancia y lujo, no disfrutan en su hogar de verdaderas comodidades, ni se pueden proporcionar una alimentación sana y abundante: tienen que descuidar la higiene para mantener su aparente condición social“ (Valdés Cange, 1909, cit, por Gazmuri, 2001:150).

Al igual que MacIver, Valdés Cange constata una crisis moral: “Es la falta de moral el síntoma más alarmante de esta sociedad enferma; casi me atrevería a decir que más que un síntoma es la dolencia misma, en efecto, si se buscan las causas primeras y las prevaricaciones, los robos, los escándalos, las grandes caídas, la prostitución de familias de buen tono, encontramos como principal y casi único origen la cobardía moral, en unos, para afrontar la adversidad, en otros, para resignarse a la condición modesta que le cupo en suerte, y en los demás, para censurar los actos que repugnan su conciencia” (Valdés Cange, 1909, cit. por Gazmuri, 2001:153).
La raíz de estos males, denunciados por el profesor Venegas, surge del famoso papel moneda, que devaluaba permanentemente el costo de la vida. Esta medida fue necesaria en la crisis económica de 1879, que estuvo a punto de derrumbar al gobierno de Aníbal Pinto y de arruinar a los bancos. La inflación creciente perjudicó, principalmente a los pobres, a quienes Venegas les dedica su labor pedagógica. Muchos antes que Ramírez Necochea, el profesor Venegas descubrió la raíz de la guerra civil de 1891, en la defensa de los intereses de abogados de las salitreras, agricultores y banqueros. Dentro de los alumnos del pedagógico, Venegas se encuentra en una posición solitaria de adhesión al presidente mártir.

Chile íntimo, 1910, fue una obra de denuncia que causó un tremendo impacto en la sociedad chilena. Un desconocido “doctor” se atrevía a desnudar, con durísimas palabras, la lacerante realidad del Chile del Centenario. La oligarquía no pudo más que reaccionar con rudeza. Por ejemplo, el senador Gonzalo Bulnes, conocido como patriotero y militarista autor de una historia de la guerra del pacífico, en una sesión del parlamento, acusa a Venegas de antipatriota y pide su inmediata expulsión de la administración pública.

Las ideas populares y antimilitaristas y, sobre todo, antioligárquicas, parecían inaceptables a una clase que se sentía llamada por Dios al poder. Se investiga por todos lados quién el famoso Dr. Valdés Cange e incluso un crítico literario descubre en su estilo al profesor. Ante el terror de que la acusación se extienda a su amigo Enrique Molina, Venegas confiesa ante el gobernador la autoría de semejante obra revolucionaria. Como pueden imaginarse, se acoge inmediatamente a jubilación y se retira al campo de Maipú, donde ordeña vacas y vende leche, en un pequeño almacén de abarrotes. Antes de morir viaja por América Latina y escribe un libro dedicado a la unidad del continente.

Para Venegas, en Chile sólo existen dos clases sociales: los ricos y los pobres, los explotadores y los explotados; la clase media no tiene ninguna importancia y, en general, tiende a aliarse al más fuerte. La educación, que constituía la tarea principal de nuestro profesor, es criticada ácidamente. Los profesores de instrucción primaria carecen de todo conocimiento pedagógico y son nombrados por influencias políticas; por ejemplo, la historia era enseñada por los abogados, las ciencias naturales, por los médicos y no faltaban ignaros carniceros que en los campos enseñaban a hacer disecciones; incluso, cuenta Venegas que una dama reprochó a su cónyuge diputado por haber votado a favor de la creación de una escuela, en el campo, diciéndole que por ello las “chinas se van a rebelar y ya no obedecerán las órdenes de sus patrones”. Al igual que Belén  de Sárraga, Venegas fustiga a la educación privada acusando a los sacerdotes y monjas de enriquecerse con la pobreza.

Si bien Venegas no pertenecía a ninguna corriente socialista y más bien votó y participó en las campañas de los candidatos de la Alianza Liberal, especialmente se sintió motivado con la candidatura de Pedro Montt. En el fondo, sus Cartas son un grito de decepción ante el fracaso del Resurgimiento, que era la promesa del candidato Pedro Montt, en el sentido de terminar con los escándalos financieros del período de Germán Riesco, y realizar reformas al sistema parlamentario que, ya en ese tiempo, olía a podrido. No sólo Venegas creyó y puso su confianza en Pedro Montt, lo mismo ocurrió con el socialista Luis Emilio Recabarren. Si se pudiera establecer un símil, podríamos decir que las expectativas despertadas en 1906 fueron muy parecidas a las esperanzas revividas por la candidatura de Ricardo Lagos, a la presidencia de la república, en 1999. En ambos casos, los sueños de cambio se vieron frustrados.

La Carta Quinta está dedicada a la decadencia y corrupción e los partidos políticos: el Partido Liberal, mayoritario, ha perdido toda concepción doctrinaria, lo dominan los caudillos, cada caudillo constituye una fracción; el Partido Radical, que antes despertó esperanzas, ha plegado sus banderas doctrinarias y se ha sentado en el banquete  común de los comilones de los bienes fiscales. Venegas critica la apropiación indebida de la educación, por parte del radicalismo. El antiguo Partido Liberal Democrático es hoy una vergüenza, se ha transformado en una agencia de empleos para los suyos, dando la espalda al presidente mártir. Llega a decir Venegas que “ese Partido mercantil y logrero que ha tomado el nombre sarcástico de liberal democrático…obtuvo el predominio de la dirección de la república de una manera definitiva el peor elemento de todos, el elemento oligárquico” (Valdés Cange,1910:76). Para Venegas todos los partidos son lo mismo: liberales democráticos, nacionales, radicales e, incluso, los demócratas, carecen de programas e ideas, lo único que interesa es lograr cargos en la administración pública para sus militantes. Pareciera una descripción actual de los partidos políticos.

Continuará la IV Parte

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