Jorge Julio López, te estamos buscando
por Elisa Rando (Argenpress)
20 años atrás 5 min lectura
Un empujón brutal te ha derribado
… … … …
A las aladas almas de las rosas
del almendro de nata te requiero,
que tenemos que hablar de muchas cosas
compañero del alma, compañero. (1)
Hace ya sesenta días te estamos buscando.
¿Qué soñaste esa noche de tinieblas, fantasmas y bandidos?
¿Cómo te fuiste por un rato sin dejar la llave?
¿Cómo no volviste a tomar el café de la mañana, el almuerzo. La cena. Tu fútbol dominguero?
Te calaste la gorra, los borceguíes…, no dejaste una nota en la cocina.
Acaso, ¿el cuchillito para tomar el té con tu tía, te alcanzaba?
¿Y los vecinos…? ¡Cómo miran, los vecinos! ¡Qué cosa extraña, los vecinos! Y en Los Hornos, donde se quema todo, menos tu memoria, y tu tragedia, que es la nuestra.
¿Cómo te olvidaste de lo que tanto estabas esperando? Justo ahora que se empezaba a dibujar tu historia con mayúscula. Con letrados. Con fiscales y hasta con Justicia. Señora escurridiza, la Justicia. Lenta, lejana, y distraída, la Justicia. Servidora de pocos… y casi siempre de nadie. Dama de compañía de poderosos, amnésicos y ausentes. Desconocida de pobres, vejados y olvidados.
Querido amigo, que tía, -tía inconsciente la tuya-, que te retiene tanto tiempo. ¿O es que tu tía fue la excusa?
Provocadoras despiadadas, son siempre las excusas.
Cuando vuelvas, verás de qué te enteras. Ya lo verás. Cuando uno se duerme, hasta los buenos, los mejores, los extraordinarios, pueden convertirse en miserables. Pero ya verás también cómo en la ausencia, lo que se descubre, es casi asombroso. Hasta puedes palpar la imponderable desmesura de la solidaridad innegociable. Aquella que no tiene precio ni medida ni tiempo ni distancia. Aquella que no negocia. Que no tranza. Que no se rinde, porque sabe que de la entrega no hay retorno.
¡Tus hijos te están esperando!
La llave…, la necesitan.
El diario ya no te trae.
Las noticias no aparecen.
La paciencia se esta acabando.
Y los tiempos no resisten.
¿Es que acaso hacerse los distraídos resuelve ahora los secuestros?
A la desaparición, y a la muerte de otros tiempos, ¿ahora cómo las llaman?
¿Será esta la nueva modalidad de complicidades modernas?
¿Qué te ha pasado cuando volviste a ver la cara del monstruo?
¿O es que el monstruo completó en el tiempo, su viejo sueño de tu abrazo con la muerte?
Cuántos interrogantes para resolver un solo caso.
Para seguir con borceguíes, ya no es tiempo. Y el té, se está enfriando.
Hoy, ríos de multitudes, columnas de compañeros, muestran en todas las ciudades, cientos de veces tu cabeza cana, tus ojos verdes, tu mano en la frente señalando el lugar donde el tiro de gracia terminó con la vida de tu compañero de secuestro y de tortura. ¡Ay! ¡Qué de miserables asesinos quedan todavía en todos los reductos del poder y de las fuerzas!
¡Cuánta lucha por tu vida, compañero!
¡Cuánto empeño por verte, oírte, abrazarte!
Vos, antiguo militante de la vida, ¡qué lejos quedaste del ruido de las marchas en las calles!
Qué ausencia miserable, es tu ausencia.
Qué camino entre sombras. Largas sombras, en rutas sin retorno.
Donde quieras que estés, escucha nuestro grito. Quebraremos tu tormento. Y prometemos no entregarnos mansamente. No negociaremos tu vida, tu lucha, tu pasado. Grita con fuerza si estas vivo. Porque vivo en la calle, con nosotros te queremos. En la calle y con nosotros te sentimos. Que muertos están los que se entregan. Que muertos están los que se olvidan.
El té, en la casa de tu tía, se ha enfriado. Y la calle está que arde, compañero…
Y… usted, señor ministro, sabe que Jorge Julio López, no contesta. Es a usted, a quien le hablo. Hace sesenta días que usted no sabe nada. Hace sesenta días que en las calles polvorientas de Los Hornos se apagaron las llamas. Se amurallaron los silencios. Se escondieron asustadas las palomas. Salieron a flotar de nuevos los fantasmas y usted, ministro de las vidas y las muertes, no sabe nada.
Nadie parece haberlo visto. Ni los vecinos. Ni el viento nos acerca su silbido. Ni de las sombras emerge su silueta.
Cotizaron alto el mejor dato. Nadie parece interesado en levantar el bolso y la limosna. ¿Y el santo?, el santo ni se entera.
Sus fuerzas. Sus oficiales. Sus servicios, no se toparon más que con el viento.
Arrabales llenos de sombras. Cañadones llenos de barros. Pastizales llenos de sapos.
Sombras, barros y sapos, parece ser el lugar apropiado donde las fantasías de sus fuerzas esperan descubrir señales de vida, atisbos de esperanzas. ¿Es que acaso los desaparecidos de Videla, Massera, Etchecolatz, Camps, Patti y tantos milicos asesinos, aparecieron alguna vez en lugares semejantes?
¿Olvida usted en qué lugar, Jorge Julio López escuchó detonar aquel tiro ahogado, que perforó la frente de su compañero de secuestro y de tortura?
¿Olvida usted que casi todos los desaparecidos están durmiendo su sueño de espanto en el lecho fangoso del río o en las oscuras profundidades del mar?
¿Olvida usted los vuelos de la muerte? ¿Los siniestros campos del terror?
La locura es asesina cuando mata, pero miserable cuando oculta. Y sus ejecutores, cobardes siempre, cuando los llaman a declarar a los estrados de la Justicia, se desmayan. Se infartan. Se profugan.
Son valientes que amenazan por correo. Matones con celulares. Son los que en su momento de gloria negra supieron ser “investigadores sagaces” con picana, capucha, Falcon y submarino.
¿O acaso, es que usted de verdad cree que nuestro compañero desaparecido estaba tomando el té con su tía y se quedó dormido?
Si es así, si usted cree semejante cretinada, como ministro es un fracaso y como militante de la corriente que se le cante es un peligro.
Asuma de una vez, y urgentemente, su responsabilidad. Busque a los secuestradores. Allí, en un “pozo” aparecerá el secuestrado.
Dígale al mundo entero quien era en vida el ser humano que mantiene custodiado, carbonizado, sin identificar y entregue a la Justicia a los secuestradores. Todavía puede ser que llegue a tiempo. Pero si espera más, será inculpado
La dignidad de su cargo se lo impone. La salud mental de todos lo requiere. Ocupe su lugar y accione.
1) Elegía – Miguel Hernández
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