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El 11 Nuestro y el de Ellos 

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“…puede ocurrir que los muertos
sean más peligrosos que los vivos”.
Anton Antonov-Ovseyenko

De nuevo cabalga septiembre en las páginas del calendario. Y para los chilenos, donde quiera que se encuentren, este mes tiene una especial significación. Septiembre genera sentimientos contradictorios, simboliza nuestros triunfos y derrotas, evoca nuestras esperanzas y tragedias, recuerda nuestras alegrías y tristezas. Un día en particular, el 11, sintetiza por un lado, la vileza y la traición de Augusto Pinochet y, por el otro, la lealtad y el heroísmo del Presidente Salvador Allende.
Algunos quisieran que se nos borrara la memoria y que de una vez por todas nos olvidáramos del pasado. Pero eso no es, éticamente, posible y no va ocurrir jamás.
Han transcurrido 33 años, desde el criminal golpe militar que derrocó el gobierno democrático del Presidente Allende y la memoria histórica de los chilenos, dentro del país y en los más apartados rincones del planeta, permanece vigilante y lúcida.
Cada 11 de septiembre, en un compromiso casi ritual, se detienen por un instante las labores cotidianas, para participar en sencillos actos de conmemoración y homenaje a los miles de hombres y mujeres que ofrendaron sus vidas en la prolongada y cruenta lucha de resistencia contra la dictadura. Ese día, los chilenos se reencuentran para recapitular un episodio doloroso de la historia de Chile, donde resalta la nobleza y la consecuencia de Salvador Allende combatiendo en el Palacio de La Moneda por la dignidad de Chile, por la democracia y el socialismo.
Se sabe, hoy, fehacientemente que Pinochet no actuó solo en sus fechorías y que tuvo la ayuda de poderosos cómplices para cometer sus crímenes. La periodista chilena Patricia Verdugo, en su libro Allende: Como la Casa Blanca Provocó su Muerte, recompone las piezas del complejo puzzle de la intervención del gobierno de los Estados Unidos en Chile, y denuncia las acciones encubiertas de la Agencia Central de Inteligencia (CIA) y el Pentágono que culminaron en el golpe militar y en en el suicidio del presidente.
Es importante señalar, para quienes duden de la imparcialidad del libro, que la periodista utiliza como fuentes de información el informe final de la comisión investigadora del Senado norteamericano, presidida por el senador Frank Church, titulado Acciones encubiertas en Chile 1963 – 1973. Igualmente, basa su investigación en los diecisiete mil documentos desclasificados por la CIA, y que cualquier persona puede leer a través de internet. Como es sabido, en febrero de 1999, el presidente Bill Clinton ordenó a las agencias de seguridad de su país “recuperar y revisar para su desclasificación todos los documentos que den luces acerca de abusos de derechos humanos, terrorismo y otros actos de violencia política en Chile” ocurridos entre los años 1968 y 1990.
El gobierno de Richard Nixon, según estos documentos, autorizó y entregó a la CIA más de 10 millones de dólares para organizar el golpe de estado. Con ese dinero la CIA compro políticos, generales y medios de comunicación para desestabilizar el gobierno de la Unidad Popular. También uso la valija diplomática para enviar las armas con las cuales se asesinó al general René Schneider, Comandante en Jefe del Ejército.
Casi tres décadas más tarde, las ironías del azar histórico determinaron un nuevo y trágico 11 de septiembre. Esta vez sería Estados Unidos, las torres del World Trade Centre y el Pentágono, el pueblo norteamericano, la víctima del terrorismo. Se desconocen las razones de Osama bin Laden y Al Qaeda, para elegir la fecha de su ataque siniestro. Lo que sí se sabe, es que los ciudadanos de New York vivieron, ese día, el mismo drama humano que había vivido los chilenos varios años antes. Era como si una poderosa mano invisible, hubiese dispuesto los elementos para replicar la tragedia chilena y castigar a los responsables.
Los chilenos condenamos, del modo más categórico, aquel crimen y solidarizamos con la multitud angustiada que lloraba a sus muertos y buscaba a sus familiares desaparecidos. Nosotros conocíamos ese dolor, porque habíamos vivido, durante 17 años, los horrores del terrorismo de estado de la dictadura militar.
Ha sido, oficialmente, reconocida la implantación de una política de estado, condición para la imposición del modelo económico, destinada a exterminar a un importante sector de chilenos considerados “enemigos internos”. Como consecuencia de esas directrices, durante el régimen de Pinochet se asesinó a miles de personas, se hicieron desaparecer a miles más, se encarcelaron y se torturaron a cientos de miles y se enviaron al exilio cerca de un millón de compatriotas.
Desde el 2001, por desgracia, tenemos dos 11 de septiembre: él nuestro y el de ellos. En el nuestro, que tendrá como siempre una escasa cobertura en los globalizados medios informativos, se rendirá homenaje a los héroes y mártires del pueblo chileno. Las nuevas generaciones conocerán sus vidas, aprenderán de sus luchas y mantendrán vigentes sus sueños de construir una sociedad más justa, humanista y solidaria.
En el nuestro, se continuará exigiendo verdad y justicia, porque de acuerdo al derecho internacional, las gravísimas violaciones de los derechos humanos cometidas por la dictadura, son considerados crímenes contra la humanidad que no prescriben y, por lo tanto, el estado chileno tiene la obligación de investigar.
Los hombres y mujeres que se ponen al servicio de las causas más nobles de la humanidad nunca mueren, continúan viviendo en el recuerdo, en el corazón y en la memoria colectiva de los pueblos.
Salvador Allende, el más insigne de nuestros héroes, se ha hecho más grande con el tiempo. Ha dejado, incluso, de pertenecerle a los chilenos. Ahora es un personaje universal. Cientos, tal vez miles de plazas, parques, calles, estatuas, hospitales y escuelas llevan su nombre en todo el mundo. Sus ideas siguen influyendo el curso de la historia y las luchas actuales en Chile, América Latina y otros continentes.
Es reconfortante ver a los jóvenes en nuestro país, como exhiben orgullosos en sus camisetas y banderas el retrato de Allende, y retoman sus ideas como fuente de inspiración en las luchas por la democratización política del país y el establecimiento de una educación pública de calidad para todos.
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