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Fumar ya no es un placer: Nos llegó la ley anti tabaco 

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He llegado a la conclusión de que no podemos dejar ese vicio por una razón muy simple:
Desde antes de que empezamos a fumar, en anticipada y plena adolescencia, nuestros padres, tíos, profesores, y cuanto adulto conocíamos, nos hicieron un verdadero lavado de cerebro. Nos convencieron de una gran mentira, de una patraña, a punta de repetirnos diariamente:

– No fumes nunca porque después no vas a poder dejar ese vicio.
– El cigarro es el vicio que se deja más veces en la vida.

Desde siempre supimos que el cigarro hace mal, pero de puros monos, nos agarrábamos del poste del parrón para no caernos de mareados con las primeras piteadas de esos cigarros que recuerdo: Richmond, ópera, Liberty… o Ideal cuando andábamos cortos del billete.

Y coleccionábamos las cajetillas y las doblábamos y entrelazábamos de tal manera que terminaban siendo unos llamativos cinturones multicolores… el último grito de la moda.

Todos fumaban en la casa, desde mi papá, mi mamá, la nana, mi hermano mayor. Era como tener status. Se aspiraba el humo en forma elegante, reposada, calmada, y se botaba el humo formando argollitas espaciadas, de diversos tamaños.

Todo cambia, y la manera de fumar también. Ahora se empieza a fumar – como siempre – desde muy joven, pero acompañado de un copete. Ya no se dibujan argollitas con el humo. Se fuma con ansia, no con elegancia. Por adicción más que por placer. Las piteadas son apuradas, profundas, sin disfrutarlas, apuradísimos. Pero se conservan dos cosas:

– El daño que produce fumar
– Y la mentira, la farsa, la calumnia de que no se puede dejar de fumar.

El fumador que dice que “de algo hay que morirse”, “es el único vicio que tengo” o “es cosa mía” o “fumo porque me gusta”, etc… se miente a sí mismo. Lo que siente es la cobardía de enfrentarse al desafío de no fumar, porque se cree incapaz de vencer ese vicio. No es otra cosa, porque no creo que a nadie le guste quemar la plata ni hacerse daño ni enfermarse. Y el que se quiere morir de verdad, se suicida sin más, no se destroza sus pulmones porque quiere, sino porque cree que no puede dejar de hacerlo.

Los que reconocen que están mal, se compran un cassette – ahora quizás hay cd – que se llama “No smoke”, o el libro “El Cielo es el Límite” y “Cómo dejar de fumar”, etc.

Siguen distintos métodos, como aplazar o postergar el primer cigarro quince minutos diarios y así llegar a ese día en que ya no tendrán horario para fumar. Hay varios otros, todos inútiles.

Y siguen gastando su dinero innecesariamente, porque lo único que tienen que pensar para dejar de fumar para siempre es convencerse que es un mito, una falacia que no se pueda dejar de fumar. Eso es todo.

Hay que mirar un cigarrillo con mucha atención, y preguntarse cómo un cilindro endeble, hediondo, y que más encima nos mata y mata al que nos acompaña, a ese fumador pasivo, puede ser más grande que nuestra fuerza de voluntad.

Cuando yo hice esta meditación, visualicé  mi cerebro mísero, chiquito, atrofiado, débil, sumiso, cobarde,  insignificante, al ver que se dejaba dominar por un dictador que mide como diez centímetros que no crece, no respira, no transpira… o sea que ni siquiera tiene vida propia.

Y me avergoncé, me desconocí… yo era más, mucho más que ese cigarro o no me llamaba Malú Ferrés. Y desde ese día, hace diez años, un mes y  siete días que no fumo.

Sufrí el ansia del cigarro no más de tres días, y lo reemplacé por un vaso de agua, por un mini paquete de galletas, por chicle, etc. Al cuarto día ya no tenía deseos de encender un cigarrillo. Y al mes me di cuenta que al abrir el closet, estaba fétido a cigarro. Tuve que lavar toda la ropa, hasta los abrigos. Me dio asco. Y al pasar al lado de un fumador ya no le encontraba olor a cigarro, sino a cenicero.
En ese momento tuve la seguridad de que jamás volvería a fumar.

Cuando le conté a mi hermano, él me respondió riendo algo súper sabio:
– Pero si cuesta más dejar el pan que el cigarro!!
Y tiene toda la razón.
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