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Playa Girón: donde hace 45 años se rindieron "los valientes" 

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En el Caribe era abril, y las rosas florecían. Fue en Cuba y los mulatos, los negros, los blancos y mestizos serpenteaban sus cuerpos por todos los rincones de la Isla. En América la esperanza de revolución calentaba la cabeza y los corazones de grandes multitudes. En el norte, Eisenhower, el que mandaba a casi la mitad del mundo, lloraba su derrota. Al triunfador en Normandía las urnas lo mandaban a su casa.

La rubia esperanza del “sueño americano” ahora se llamaba John Fitzgerald Kennedy. Fascinaba a los que temblaban de rencores. Fascinaba a casi todos. Mafias maquilladas con aureolas de libertadores de pueblos oprimidos, saltaban a los nuevos escenarios. Soberbios, la bella gente maquinaba triunfos impensables. Como grandes aventuras infantiles, guarnecidos con cañones, misiles, metrallas y aviones invasores, dibujaban, planificaban, marcaban rutas, cruzaban selvas, saltando valles, cercos y ciénagas colmadas de caimanes. Con aires triunfadores, equivocaron los tiempos, equivocaron los pueblos, equivocaron las fuerzas, olvidaron la leyenda y se rindieron como cobardes sin llegar a ser jamás, ni un chiquito de valientes. Los asesinos, mueren siempre, indefectiblemente, como asesinos. Jamás les llega la gloria de un valiente.

Aquí en Argentina, esos años eran como los de antes y parecidos a los de después. El Plan Conintes pretendía amurallar conciencias, encarcelar el pensamiento y militarizar civiles que reclamaban, también como siempre, justicia y libertad. Ese binomio, viejo conocido, que puede construir caminos como incinerar conciencias. Frondizi, el pusilánime, como casi todos los mandatarios de los países sudamericanos, salvo honrosas excepciones como Uruguay, rompió relaciones con la minúscula isla caribeña. Cuba, tan cerca del monstruo, hacía más de dos años que no sólo había sacado los pies del plato, supo romper el plato también.

El imperialismo, que no descansó un solo día después de ver volar espantados las ruletas mas famosas del vicio y la codicia, cerrar sin tregua lupanares de viajeros apurados, derribar los infames bohíos, emblemas de la esclavitud campesina y burlarse de burgueses de abolengo, fabricantes de rones y aguardientes. Los enfureció la reforma agraria, la nacionalización de la banca, el derribo urgente del analfabetismo adulto e infantil. Les quitó el sueño el nacimiento de los grandes centros de atención a la salud del pueblo y sobretodo y más que todo, la organización de las milicias populares.

El pueblo unido siempre los alarmó, pero el pueblo en armas, los desquició. A la burguesía terrateniente, consolidar la conciencia de los pueblos, la perturba profundamente. Saber que el pueblo puede comprender que el triunfo o la derrota depende siempre del grado de unidad que alcance, los puede llevar a los peores desatinos. Por todo ello Fidel, el Ché, y millones de negros, mulatos, blancos y mestizos se organizan en torno de los Centros de Defensa de la Revolución Cubana, barrera infranqueable del sentimiento de un pueblo que había aprendido a defenderse.

La Revolución llegó hasta lo más profundo de la condición humana, enseñó a los hombres y mujeres que dentro de la casa como en la calle, en la pareja son dos, con iguales obligaciones e idénticos derechos. Es decir, no solamente cambió la relación del capital con el ser humano, casi cambió la forma de sentirse humano. Cuando todo eso comenzaba a ser llamado de verdad, Revolución, para la soberbia yanqui, Cuba entera había cruzado ya el límite de la mezquina tolerancia “americana”. Había cruzado la raya que el gendarme de América Latina se había resignado a tolerar. La “rubia esperanza” decide poner en práctica el plan siniestro de ataque, derribo y marcha triunfal sobre la noble nimbante vieja y querida ciudad de La Habana. Ellos que nunca consideran el sentimiento, el valor y la fuerza de los pueblos cuando son morenos, prepararon -más que el ataque- los fuegos de artificios para saludar su triunfo, su arrollador triunfo miserable. Carroñeros insaciables pensaron que los sometidos y vejados, los que clamaban ser liberados iban a salir de rodillas para agradecerles el sacrificio inmenso de ametrallarlos salvajemente para salvarlos de la locura de un puñado de jóvenes rebeldes, barbudos indeseables, “señoritos”, hijos arrepentidos de burgueses, jóvenes sin causa y sin destino.

“La joven rubia promesa” del imperialismo, no habrá alcanzado en todo lo poco que le quedó de vida, analizar lo tremendo de su error, lo lejos que estaba de comprender los alcances ilimitados que adquieren los pueblos, cuando cuentan en su lucha con la infinita fuerza que da la razón de una causa, la humillación por siglos, tolerada y confundida. Cuando advierten la justicia que le asiste y la voluntad indestructible de construir un país donde el hombre y la mujer libre sean hacedores de una realidad que les pertenece por el sólo hecho de haber nacido, de ser integrante de un conjunto humano que no reconoce jerarquías insolentes ni cree en fantasías sobrenaturales, tutores indecentes, y manipuladores de lo propio, lo ajeno y lo privado.

Y entonces…, los yanquis llegaron. Llegaban a Cuba por su flanco medio, por el costado. Por donde entran los ladrones. Por donde alguna vez tenía que llegar Colón, llegaron los yanquis, con toda su parafernalia. Creyeron que iban a un desfile. Cuba los esperaba de frente, y por los cielos, llegaron por los lados, chapoteando en la ciénaga, camuflados de valientes, con barcos, con cañones, dándose coraje. Comandantes, y reclutas, traidores y mercenarios, siniestra -si las hay- siniestra mezcla, donde no se destacan ni los valientes, ni los delincuentes. Son bandoleros sin fronteras.

Era 1961, el mes de abril, y el día, fue 17. La hora: la madrugada. El amanecer de primavera, despertó a los pobladores del humilde barrio de campesinos, esos que siembran hasta con el corazón. Zumbaban los obuses, silbaba la metralla, los gritos los daban en inglés. Los barcos de la costa escupían fuego en abundancia. Sin reparos ni respiros. Los mercenarios abandonados a su suerte, eran los adelantados de la hazaña “americana” Los que caían primero fueron los cubanos, de todas las edades. Las guerras, son una carnicería siempre, cuando el objetivo es inconfesable y mezquino.

En Playa Girón, que así se llama desde Fidel, lo que para Batista era la Bahía de los Cochinos, las primeras horas de sorpresa fue una matanza de inocentes. Padres, madres, hijos, todos inocentes que se habían atrevido a la aventura de ser persona. Obuses que atravesaban sin escrúpulos paredes de barrios nuevos, proletarios. De habitaciones con niños dormidos, madres amamantando, hombres que ya adivinaban que el salvaje había saltado el cerco y estaba queriendo entrar en Cuba, su Cuba, por la ventana, por los techos, con el infierno en la mira de los fusiles imperiales.

La Habana estaba en pie de guerra. Cuba entera estaba en guerra. El tanque heroico, el único que tenían, negro, blindado, en la ancha costa caribeña, bajo el mando de Fidel silbaba lo que podía. Bajo el cielo azul de amanecida la retaguardia miliciana atronaba el universo, sacudiendo fuego defensivo, Fidel estaba, allí. El Ché, nuestro Ché, el de todos, también, siempre estaba en todas partes. Y allí, sobre todo estaba la hora más crucial de todos los pueblos de América latina. Se estaba jugando, cuando la mitad del mundo dormía, la libertad o la muerte de todos los pueblos de la América morena.

La muerte caía sobre muchos compañeros. Las sombras invasoras se llevó por delante mucha juventud cargada de esperanzas, ideas, rebeldías. Quedaron en el camino carretero, en las húmedas arenas de las playas, donde el sol reluce cada día, los restos de valientes y suicidas camuflados de héroes salvadores. Los cangrejos, enormes, espantados,
por las noche carroñaban cadáveres destrozados. Restos del avión disfrazado de cubano, quedó largos días para los ojos que fueron testigos silencios, emocionados del crimen salvaje de una guerra más del “rubio americano”. Un desastre de muerte en pocas horas. Por la carretera marchaba enfervorizados por el estallido, un Ejercito de 250.000 milicianos compañeros, entrenados para la ocasión por el Ejercito Rebelde. El ejército que no secuestró, que no encapuchó a luchadores, que no desapareció a los idealistas, que no usó picana, ni submarino, ni mordazas. Marchaba el Ejército Rebelde que por donde avanzaba derrochaba libertades. Liberaba alfabetizando.

Playa Girón fue la gran derrota del imperialismo yanqui. Ni uno solo de las multitudes que creyeron iban a sumársele, consiguieron movilizar los invasores en su desembarco, ni uno solo se les sumo al atropello. En cambio multitudes en toda Cuba y en todos los países solidarios de Latinoamérica salieron a reivindicar el triunfo del pueblo cubano. Del pueblo que en su primera prueba de fuego graneado nos enseño que desde Girón para adelante, Cuba era para siempre la gran patria de la revolución latinoamericana. Así fue y seguirá siendo.

En los días siguiente La Habana celebraba el triunfo. Los luchadores del mundo acompañaban la victoria como propia… y en la Cienaga de Zapata, que ahora ya no existe, el barro y los caimanes fueron la gran mortaja de los que pretendían llegar para quedarse. Los paracaidistas arremolinados por el viento. Los que llegaron para liberar a los “sometidos”, invento del imperio americano, los que lamentablemente aún no han entendido que las fronteras que ellos imponen a los pueblos son mojones que señalan las luchas nuevas, de cada día. De todos los días, por la justicia, la libertad y el respeto a la dignidad humana.

Cuarenta y cinco años después, a Cuba, a los mulatos, negros, blancos y mestizos: SALUD. Los que luchan, los que han muerto en otras tierras, los que soñamos todavía con la Revolución que nos robaron los canallas, los pueblos del mundo, de pie, les dan las gracias.
Artículo distribuído por Argenpress

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