Se vive una era global, con un sistema construido a través del fortalecimiento de gigantescos conglomerados económicos que, integrados a la propiedad de empresas, bancos, medios de prensa, AFPs e Isapres, cubren los aspectos claves de la economía, imponiendo las reglas del juego y con un a gran influencia frente al Estado. Del otro lado, tenemos enormes conglomerados humanos que, marcando el ritmo que va deteminando la sociedad de consumo, les guste o no, funcionan, consumen, se endeudan, mueven el mercado, aspiran a una mejor calidad de vida para sus familias. Cuando se pone en el tapete el tema del humanismo cristiano de hoy, es oportuno consultar si lo que tenemos como sociedad chilena es lo que quisiéramos al trasluz de la doctrina humanista cristiana.
Respetando la propiedad privada, el humanismo cristiano siempre abogó por el cooperativismo, por la economía mixta, por una comunidad organizada que tiene iniciativa y puede desplegar proyectos sociales. Cuando estamos inmersos en una ideología dominante, que transversalmente ha imprimido el sesgo individualista en la sociedad, ser humanista cristiano significa conjugar modernidad con equidad, pero con una clara vocación por promover a los más débiles a estadios de mayor dignidad y desarrollo. El abordaje del tema social por parte de los humanistas cristianos no debe ser paternalista, sino de dignificación, se trata de generar poder popular para que las personas sean capaces de construir sus propias iniciativas.
Hoy, el estilo paternalista en lo social ha significado políticas públicas ineficaces para mejorar la calidad de vida, lo cual no se alcanza con la mera tenencia de electrodomésticos, sino que tiene que ver con identidades, con voluntades que se mancomunan para hacer barrio, pueblos o ciudades.
Cuando se enfrenta el capitalismo salvaje actual, cuya mayor imperfección es precisamente su tendencia a la concentración, y se suma a esto un Estado que no asigna recursos para fiscalizar efectivamente los grandes intereses, el humanismo cristiano tendría mucho que decir. Marcar, por ejemplo, para el Chile de hoy, la necesidad de fortalecer las asociaciones de consumidores, la recuperación de las juntas vecinales, de los grupos comunitarios, del tejido social. Hacer del Estado una institución moderna, altamente calificada, con una capacidad para regular y fiscalizar y con compromisos sustantivos con el desarrollo y no sólo facilitador del crecimiento.
Al trasluz de Cristo
El humanismo cristiano nos diría que hay que erradicar el clientelismo de la política, levantar las banderas de la probidad y la transparencia, ser duros con los corruptos y no callar por conveniencia, porque Cristo habló sin medias tintas. Cuando se vive un sistema en donde el dinero es colocado como valor principal, incluso por encima de la vida, la voz cristiana y humanista marcaría un camino inequívoco: se está frente a un gigantesco pecado social.
Las tendencias oligopólicas son una amenaza al mercado y a las democracias, Ser humanista cristiano no significa caer en simplismos como sería denostar a quienes como empresarios generan riqueza. Alberto Hurtado organizó a los cristianos sindicalistas y también a los empresarios cristianos. El tema es que la concentración de poder es peligrosa para la sociedad. El dinero apátrida y amoral es peligroso, porque corrompe metódicamente. Si una sociedad no cuida sus instituciones puede caer sin darse cuenta en el cáncer de la corrupción. Por eso, el humanismo cristiano postula a la comunidad soberana, organizada, participativa y atenta a fiscalizar los actos del Estado y del mercado.
Por eso el humanismo cristiano necesita un Estado que funcione, que sea probo, eficiente y sensible, abierto a las necesidades sociales, para potenciar la autoayuda, la responsabilidad ciudadana.
Muchos de los dichos que se escuchan, a diestra y siniestra, han sido interesados, en función del marketing político. Incluso yo, al animarme a este comentario, he querido ser cuidadoso y riguroso para no emitir juicios tendenciosos. Es real que uno no puede desprenderse de su historia y se debe respetar la diversidad de visiones sobre cualquier tema.
Yo he adherido desde muy joven, a la doctrina social de la Iglesia, fui vocero de los cristianos por el socialismo que creímos en la oportunidad de caminar a una sociedad más justa, por la vía electoral, en los setenta. Fui de los que sentían que no correspondía que fueran los marxistas quienes se apropiaran o monopolizaran las banderas del cambio social. A diferencia de ellos, pensábamos que los evangelios y la palabra de Jesús eran suficientes para poder descifrar la realidad, no como una lucha de clases, pero sí con un compromiso profundo por la justicia social, basada en el amor, la justicia, la cooperación.. Por lo tanto, podíamos caminar junto a los marxistas, pero haciendo distingos respecto a los valores. Creer en la familia y los sacramentos no obstaba para poder proponer un estilo de sociedad basada en la equidad y en esa dimensión progresista se podía coincidir sin problemas.
21 de diciembre de 2005
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