Al subir la escalera que lleva al living, se veía a Matilde, de palidez severa, los inmensos ojos desolados, junto al ataúd. Bajo el cristal de la urna, el cadáver se veía quieto, bajos los pesados párpados, la boca como dispuesta a la sonrisa, vestía camisa deportiva a cuadros, la chaqueta de tweed. El rostro inmóvil parecía expresar irónica tranquilidad.
A los pies del ataúd, la corona con cinta celeste y amarilla con la leyenda: “Al gran poeta Pablo Neruda, Premio Nobel. Gustavo Adolfo, Rey de Suecia”; esos mismos colores decoraban el salón donde recibió el premio.
Entre los presentes, estaban Gonzalo Martínez Corbalá, embajador de México, Harald Edelstam, el inolvidable embajador de Suecia, años después asesinado; Kazimir Brunovic, consejero cultural de la Embajada de Yugoslavia. Roland Husson, consejero cultural de la Embajada de Francia, nos dice que la noche anterior su gobierno había conferido a Neruda la orden Gran Oficial de la Legión de Honor.
Llegó la TV sueca. Matilde me pide: “Que filmen, muéstrales todo. Muéstrales esta casa que era de paz, de trabajo, de alegría, de amistad. Muéstrales cómo la han dejado”.
La Chascona está construida en tres planos, sobre la falda del San Cristóbal. A nivel de la calle, dos dormitorios, el comedor, la cocina. Voy mostrando. Todo inundado por efecto de la canal atorada con tanta cosa que le metieron. El viejo quinqué cuelga desarmado sobre la mesa, rota la pantalla de opalina. Me inclino a recoger una virgencita de arcilla, lo único que sobra intacto del inmenso “árbol de la vida”, una de esas esculturas del arte popular mexicano que tienen desde Adán y Eva hasta frutos, animales, figuritas; está hecho añicos. Rotos los platos, los vasos, las jarras. Ha desaparecido de los muros la colección de pintores primitivos chilenos que era uno de los orgullos de Neruda; serían encontrados más tarde dentro de la canal, las telas podridas por la acción del agua.
Subimos otra vez al living, han arrancado el teléfono; pasamos por el único acceso al dormitorio de los esposos. Una chimenea con campana de cobre sobre la que están entrelazadas las letras “P” y “M”. Desvencijada la ancha cama. Sobre el colchón, estampadas las huellas fangosas de grandes botas militares.
Salimos al patio pisando vidrios. Inés Valenzuela, mujer de Diego Muñoz, barre y amontona los escombros. Matilde le dice: “No debías haberlo hecho. Que todo esté tal como lo han dejado”.
Por los escalones de piedra subimos a la biblioteca semiescondida por los árboles. Ese era el cuarto de trabajo de Pablo, en la pieza contigua trabajaba Matilde; allí fue donde el poeta escribió muchas de sus obras. En el umbral, Roberto Parada sostiene una hoja chamuscada de papel. Le corren las lágrimas por la cara. Con su voz, conocida por todo el público teatral de Chile, lee como no creyéndolo y moviendo la cabeza: “Miguel de Unamuno. Del sentimiento trágico de la vida”. Estira la hojita y la guarda en el bolsillo interior de su chaqueta.
En la biblioteca, el reloj de pedestal, de antigua marquetería, parece sacado de una película de Bergman; ni punteros le quedan. Le destriparon péndulos y pesas. Un óleo, retrato de una dama antañona, acuchillado. Ni un cuadro, ni un libro sanos. Sólo restos del pillaje.
La escritora Teresa Hamel acompañó a Matilde en la Clínica Santa María hasta el último momento, ahora me cuenta adolorida: “Lo último que dijo Pablo antes de morir fue: ¡Los están fusilando, los están fusilando! Después de haber conversado con Matilde, se sumió en el sueño. Poco le duró la quietud. Se agitó y se puso a gritar esas palabras, como angustiado por una intensa pesadilla…”
No sabemos cómo pasa el tiempo en ese día frío y oscuro de septiembre. Todos acoquinados, sin poder guarecernos, junto al ataúd: el viento se cuela por las ventanas sin vidrios.
Queta, la viuda del fotógrafo Antonio Quintana, vecina de Matilde, la invita a servirse algo caliente a su casa. Matilde no quiere nada. Sigue de guardia junto a su compañero. Queta se lleva a la hermana de Matilde. Nos ofrece que vayamos a tomar un plato de sopa, café. Entra, sale gente. Hace rato que ya ha pasado el mediodía. Ahí están las abogadas Chela álvarez y Aída Figueroa; Homero Arce, el secretario del poeta; Laurita Reyes, su hermana.
De pronto, Matilde, siempre alerta, dice: “Ahí vienen. No los recibiré”. Se dirige a su dormitorio con agilidad de pájaro y cierra la puerta.
Los vemos avanzar. Un grupo de uniformados y civiles con metralletas cruzadas en el pecho. Irrumpen sin quitarse ni gorras ni cascos. Un oficial se presenta como Jefe de Plaza. Es Herman Brady. Alto, enjuto, felino, en uniforme de campaña con manchas ocres, verdosas. Casco militar. Sólo un oficial no armado: Enrique Morel, en uniforme de gala. Habla. Comienza a recitar un discurso aprendido de memoria:
“Soy el edecán del general Pinochet. Quiero hablar con la viuda y familiares del gran poeta Pablo Neruda, gloria de las letras nacionales, para expresar las condolencias…” —se interrumpe—: “¿Dónde está la viuda, dónde hay un pariente del señor Neruda?”
Graciela álvarez lo interpela con voz vibrante: “¡Todos los presentes somos familia de Neruda. Exigimos respeto a nuestro duelo!”
El edecán comienza a repetir su discurso. Aída Figueroa le dice: “La viuda está reposando y no lo recibirá”.
Otra vez, el oficial intenta repetir el párrafo. Chela álvarez lo apostrofa: “En estas ruinas que ustedes han dejado, estamos velando a Neruda. Queremos respeto y tranquilidad para rendirle el último homenaje. Y garantía para que esta noche podamos estar en paz”.
Ahora, habla el Jefe de Plaza: “Nosotros no hemos hecho esto. El Ejército de Chile es respetuoso con las glorias nacionales”.
Chela le dice que esa casa ha sido sistemáticamente destruida y que se ha visto como lo hicieron. El militar pide que se hagan presentes los testigos. “¿Cómo puede decir eso, oficial? ¿Cree usted que la gente se atrevería a atestiguar? La gente tiene miedo.”
A continuación, le da a conocer en qué estado fue encontrada la casa y qué “operativo” —usa esta palabra— hubo de hacerse para poder entrar el ataúd. Eso que Patricio Manns, álvaro Insunza y Guillermo de la Barra trabajaron duro para permitir el acceso en la casa inundada. Uno y otro de los presentes da detalles de los destrozos. Se adelanta el edecán demostrando interés en ver los daños. Rápidamente se desplazan los hombres armados. Nosotros rodeamos el féretro en gesto instintivo para impedir que ellos lo vean. Para impedir que Pablo sufra otra afrenta.
Los militares y los civiles armados dan una vuelta, miran con caras de circunstancias, asegurando que ni soldados ni carabineros pueden haber cometido semejante barbaridad.
Pocos días más tarde,
va a aparecer una información oficial en la que se acusa a una banda infantil capitaneada por un niño de diez años de edad como autora del delito de destruir la casa del poeta. A medida que se vaya destapando el canal, se sacarán los más heterogéneos objetos destrozados: piezas de vajilla, cuadros, bandejas, maderas, cerámicas, copas rotas.
Antes de retirarse, sin que nadie haga amago de acompañarlos, los militares anuncian que el gobierno decretará duelo oficial de tres días por la muerte del poeta. De acuerdo con el comunicado, el duelo se considera a partir del día del fallecimiento de Neruda y se anunciará el día de los funerales. ¡De modo que han decretado un duelo retroactivo!
Seguirá llegando gente. Un grupo de obreros hará una guardia de honor con los puños en alto. Hasta gente que ha sido llamada por los bandos de la Junta se ha atrevido a llegar a ”La Chascona” a darle el último adiós al poeta.
La proximidad del tiránico toque de queda nos obliga a muchos a partir. A la salida nos detenemos a mirar el mural pintado sobre la tapia que hace ángulo con la casa de Pablo; en su cumpleaños se lo habían hecho los muchachos de la Brigada Ramona Parra (BRP). Los rojos, amarillos y azules puros fileteados de negro evocan algo a Fernand Léger. Banderas, palomas, representantes de la juventud obrera y campesina se mezclan cantando, estudiando, construyendo: parte de la temática que cubrió los muros de Chile. Este movimiento plástico juvenil llamó la atención de los críticos de arte por su pujanza, originalidad y decisión de llevar el arte a la calle, para todo el pueblo. A Roberto Matta también le atrajo la labor de la BRP y había estado pintando con ella un mural en la comuna de La Granja. En estos días tenía que inaugurarse una muestra de la BRP en el Museo de Arte Contemporáneo de París. A Matilde no la dejarán vivir por ese mural; la acosarán para que lo haga borrar. Ella se defenderá con la verdad, aduciendo que es un obsequio de la juventud a Pablo. No hay caso. Muy a su pesar, tendrá que hacerlo borrar después de unos meses.
A la mañana siguiente, día de los funerales, va desfilando una masa humana por la “casa muerta”. Modestas mujeres, hombres de trabajo, escritores, artistas, periodistas, hombres de ciencia, políticos. El poeta Juvencio Valle más silencioso que nunca. El poeta Guillermo Trejo, jefe de la sección científica de “El Mercurio”, toma notas aceleradas. Entre tanta gente, diviso a Nicanor Parra. En esos días ha salido en un diario mercurial un gran elogio a este poeta, mostrándolo como incomprendido o víctima de la Unidad Popular. Nicanor Parra me dice: “Pretenden convertirme en el poeta oficial del régimen. No lo conseguirán”. Esta frase mesurada suena como juramento ante los despojos de Neruda. (No pasaría demasiado tiempo hasta que su obra teatral Hojas de Parra, cuyo protagonista sería un poeta, provocara las iras de los fascistas y harían incendiar la carpa del circo en que se había puesto en escena. )
Momento dramático. Será preciso sacar la urna por la puerta cochera. La maniobra se hace con gran esfuerzo, venciendo las dificultades resultantes del pillaje. Iremos avanzando a pie, rumbo al cementerio. No es muy grande el cortejo. La ciudad está silenciosa. En cada ventana se ven rostros fijos o visillos corridos a medias, sujetos por manos tímidas. Piquetes de soldados armados hacen guardia en distintos puntos. El silencio se quiebra. Una voz varonil estalla y se expande en oleadas cuando toda la procesión que avanza, repite la consigna:
“Juramos que la libertad
levantará su flor desnuda
sobre la arena deshonrada”
El grito cobra más cuerpo. A nadie le importan los camarógrafos de la TV extranjera que enfocan los rostros, las bocas, como pretendiendo eternizarlo. Surge otro verso:
“Juramos continuar tu camino hasta la victoria del pueblo. ”
Más versos del poeta serán nuevas consignas coreadas con decisión, fervor, conciencia plena:
“…y como el trigo,
el pueblo innumerable
junta raíces,
acumula espigas,
y en la tormenta desencadenada sube
a la claridad del universo. ”
A medida que nos acercamos a la puerta principal del Cementerio General, distinguimos la multitud silenciosa, a la espera. Esa multitud irá deglutiendo nuestra columna hasta que toda la gente no sea sino una masa móvil expresando contrita su dolor. El ataúd es depositado en una plataforma rodante. Otro hombre abrirá un libro de Pablo para lanzar un verso que restalle como un grito de combate:
“Aquí tenéis
como un montón de espadas
mi corazón
dispuesto a la batalla…”
La gente llora. Surge, tembloroso por el llanto, el primer verso de “La Internacional”. Se van alzando los puños muy apretados: “Arriba los pobres del mundo…” Las voces pugnan por abrirse paso y romper el nudo que aprieta las gargantas. Será la última vez que ese himno se cante en público.
- El texto completo puedo ser leído en Anaquel Austral
(Publicado bajo título “Los héroes no están cansados” y subtítulo “Neruda evocación de su muerte” en Araucaria N° 24, 1983. Capítulo de Neruda memoria crepitante, Ediciones Tilde, Col. Gorgona, Valencia 2003, España.)
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