La memoria, atributo y servidumbre

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12 de marzo de 2019
Me atrevo a definir la literatura como “el ejercicio creativo de la memoria sobre la palabra”. (Esto incluye a la oralidad, como primera fase del acto literario; recordemos que La Ilíada y La Odisea, son narraciones orales versificadas y, mucho más tarde, llevadas a la forma escrita). Sin la memoria, como atributo, no hay creación literaria posible. Como contrapartida, estamos sometidos a la servidumbre de la propia memoria, lo que impide o coarta esa libertad absoluta que todo creador anhela para articular mundos poéticos o narrativos independientes. Quizá haya sido Shakespeare el creador que más se acercó a esa imposible liberación lingüística.

En la época confusa que vivimos -caótica, escribió Harold Bloom- aparecen bisoños escribas que pretenden escribir sin ser “influenciados” (de partida, debemos decir “influidos”) por otros escritores, como si en el ejercicio del lenguaje escritural o hablado se pudiese comenzar desde un cero absoluto. Esto es válido no sólo en el ámbito de las artes sino en toda actividad creadora del ser humano. Al respecto, Borges nos recordó que todo buen escritor debe ser, primero, un conspicuo lector, puesto que la materia con la que trabajamos es -vaya obviedad- la lengua; primero la propia, la matriz, y luego otras que pudieran enriquecer nuestro acervo. Entonces, si rechazamos el nutrirnos de los grandes paradigmas (Cervantes, Calderón, Quevedo; y los modernos contemporáneos, chilenos y de otras lenguas, y los nuestros, hijos de la misma tribu: Barrios, Rojas, Guzmán, González Vera, Mistral, etc.), nos veremos influidos por el habla cotidiana, por la jerga, a menudo insulsa y descompuesta, del periodismo mediático; o por el discurso aleve de los políticos; o por el guirigay vocinglero de los futbolistas.

Sí, porque es imposible sustraerse al influjo idiomático: las palabras están en nosotros y en el entorno, estamos hechos de palabras; somos lenguaje. Según modernos estudios científicos, el ser que mora en el vientre materno recibe muy temprano el estímulo de las palabras, una suerte de registro amniótico que predispone el lenguaje, por así decirlo. Asimismo, debemos considerar el constante dinamismo del habla, sus cambios, más o menos vertiginosos en esta era tecnológica, para asumirlos y enfrentarlos desde una posición progresiva, sin quedarnos anclados en las añejas normas académicas, so riesgo de no poder entendernos con las jóvenes generaciones, de transformarnos en seres aislados y anacrónicos.

Respecto de la memoria, advertimos también en los jóvenes de hoy un intento casi suicida de desconexión con el pasado, sea histórico o personal, como si todo lo obrado por las generaciones precedentes fuese un cúmulo de errores que se debe ocultar en la ceniza del olvido. Así, se va imponiendo en ellos el prurito del desarraigo, la clausura del pasado.

Craso error, porque no podemos comprender el devenir humano sino como una sucesión de actos de diversa índole que constituyen la Humanidad. Cabe también tomar precauciones ante la estimación opuesta, y también errónea: que la experiencia es una especie de “patente de corso” para oponerse a las innovaciones, a los necesarios cambios, incluso a que seamos “asesinados”, generación tras generación, por las noveles promociones. Recordemos la precisa sentencia del poeta Vicente Huidobro: “Experiencia, así llaman los viejos a la suma de sus fracasos”.

Por otra parte, la vertiginosa revolución tecnológica y cibernética pone a nuestra disposición extraordinarias herramientas que constituyen una base de datos gigantesca, especie de enciclopedia universal capaz de almacenar gran parte de los registros del conocimiento. Ya podemos apreciarlo en internet, donde pareciera que todo está al alcance de la mano, extrayéndolo desde el computador o desde el aparato móvil, para satisfacer las más diversas interrogantes, para acceder a una descomunal biblioteca.

Lo que el progreso tecnológico no nos ofrece es la posibilidad de alargar el tiempo, esa fatal sucesión cronológica unida a la decrepitud, para disfrutar una mayor extensión de oportunidades y desafíos intelectuales, para leer todos los libros que nos apremian y excitan. Sólo de manera relativa la velocidad cumple con extender los momentos existenciales, nos da la ilusión de más horas o días cuando cruzamos la vastedad de los océanos, a mil kilómetros por hora, porque ese lapso bien podríamos asimilarlo a tiempo muerto o vacío, gastado en el tedio de los aeropuertos o en la claustrofobia agotadora de extensas travesías, donde sólo es dable un tipo de entretenimiento adormecedor, más parecido a un escape de la realidad.

Quizá los denominados “milenium” irán dejando atrás la nemotecnia, como nosotros o más bien como nuestros hijos dejaron de calcular mentalmente las operaciones aritméticas, mediante el uso de la simple calculadora digital. ¿Se podría, entonces, prescindir de la memoria tal como la conocemos y empleamos los viejos de hoy? ¿No llevará eso a perder facultades como la reflexión relacionadora, base del entendimiento humano, esa capacidad volitiva que nos lleva a conocer, ejercitando lo que Sócrates llamara “el júbilo de comprender”.

A la postre, no cabe ser rotundos al juzgar los nuevos tiempos, sino a riesgo de equivocarnos, pero siento y creo a pie firme que debemos aquilatar y enriquecer la memoria como un don, un tesoro del cual no podemos prescindir. Digamos, pues, para concluir estos breves apuntes, con el gran ciego bonaerense de la biblioteca infinita: “Sólo una cosa no existe: es el olvido”.

*Fuente: Politika

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