Guardianes de la privacidad digital a sueldo de Silicon Valley

La Electronic Frontier Foundation (EFF) y otras organizaciones que aparentan defender al usuario de la red apoyan en realidad el poder de las grandes corporaciones de internet frente al Estado

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26 de Diciembre de 2018

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Una fría y húmeda tarde de febrero de hace algunos años, mientras paseaba por el centro de Nueva York haciendo unos recados, me topé con lo que parecía ser una protesta a las puertas de la Apple Store de la Quinta Avenida. Unas seis u ocho personas confinadas tras una valla de contención de multitudes portaban todo tipo de carteles. Estaban rodeados de periodistas. Desde la distancia, pensé que podría tratarse de una protesta fruto de las muchas fechorías perpetradas por la compañía: la flagrante evasión de impuestos quizá o sus brutales prácticas en materia laboral, o quizá se tratara de representantes sindicales intentando organizar el descontento del personal de ventas.

Sin embargo, después de observar detenidamente la situación, advertí que no se trataba de una protesta contra Apple sino de una convocatoria de ferviente apoyo a una línea de producto de la compañía. Uno de los manifestantes portaba un gran cartel rojo en el que aparecía dibujado un iPhone gigante y un eslogan muy directo: “los móviles seguros salvan vidas”.

Pero, ¿qué clase de concentración era esa? ¿Alguna performance artística con alto contenido político? Parecía una parodia. Pero no tardé en darme cuenta de que se trataba de una de esas flash mobs de las que tanto se hablaba en internet, organizada en apoyo a la lucha de Apple contra el Federal Bureau of Investigation. Para aquellos  manifestantes el tema de los iPhones salvando vidas era un asunto serio, pero que muy en serio.

Lo más curioso es que aquella concentración en concreto se había convocado como reacción a un crimen cometido en la otra punta del país en diciembre de 2015. Un pareja del sur de California se había conocido en internet y estrechado lazos en torno a sus sueños compartidos de yihad, llenaron su todoterreno de metralletas, pistolas y rifles y perpetraron un ataque terrorista en una anodina agencia de servicios sociales sin ánimo de lucro de la ciudad desierta de San Bernardino. Fue un crimen espantoso: catorce muertos y veintidós heridos antes de que resultaran ellos dos también abatidos. Al FBI le preocupaba que tuvieran colaboradores y pidieron a Apple que desbloqueara el iPhone de uno de los terroristas. La compañía se negó a pesar de estar capacitada para hacerlo. El director general de Apple, Tim Cook, decidió convertir este enfrentamiento menor con las autoridades en un asunto de relaciones públicas de primer orden,  un drama de alto riesgo con Apple en el papel del héroe y defensor del pueblo, que pone su elegante cuerpo (diseñado en California, montado en China) y el alma para frenar a la odiosa maquinaria de vigilancia del Gobierno americano. Silicon Valley y las grandes empresas –incluyendo Google, Facebook, Amazon, AT&T, eBay e Intel– se pusieron del lado de Apple y contra el Departamento de Justicia en los tribunales.

Reclamo telefónico

La Electronic Frontier Foundation (EFF), y otros grupos de defensa de los derechos civiles, como Fight for the Future, también respaldaron a Apple. Durante meses, los mayores defensores de la privacidad en internet pusieron en marcha una frenética campaña online en defensa del derecho de Apple a desafiar al FBI. Escuchando sus argumentos, pudiera parecer que permitir el acceso del FBI a un solo iPhone supondría el fin de la privacidad y la libertad en el conjunto de internet: su argumento se basaba en que no solo se trataba de una lucha para proteger la patente de software de Apple sino que era una cuestión de las venerables libertades de la Primera Enmienda. Los Appleniks estaban empeñados en proteger los santuarios de la libertad de pensamiento en internet de la vigilancia y el control del Estado.

EFF y otros grupos convocaron a las masas frente a las tiendas de Apple de todo el país. Sin embargo, y a juzgar por el escaso poder de convocatoria, a los neoyorquinos les daba bastante igual esta cuestión.

Me quedé un rato mirando cómo los manifestantes pataleaban y se aferraban a sus carteles pro Apple empapados. Luego me fui y la verdad es que no tardé en olvidar por completo lo ocurrido.

¿Qué me hizo recordar una escena tan deprimente? La posición de EFF ante el escándalo de Cambridge Analytica y Facebook.

Actualización de estado

En marzo, tras una serie de revelaciones, el mundo supo que Cambridge Analytica –fundada por Robert Mercer, uno de los muchos multimillonarios furibundos defensores de Donald Trump–, y su panda de turbios analistas británicos de datos electorales, se había aprovechado del alcance y de los mecanismos de vigilancia de la plataforma Facebook para la captación de datos privados de mas de 87 millones de personas, y había utilizado la información para elaborar sofisticados perfiles psicológicos de los votantes americanos.

los grupos que generalmente logran hacer más ruido en torno a cuestiones relacionadas con los derechos y la privacidad digital estaban callaron ante el escándalo de Cambridge Analytica

Los líderes del establishment político americano, ávidos de culpar de la victoria de Trump a cualquiera menos a sí mismos, se aprovecharon rápidamente de la noticia. La pasada primavera, Cambridge Analytica se convirtió en la explicación en boga del cómo y el por qué América había perdido el rumbo. Y en medio de todo el escándalo, estaba el mismísimo Facebook. Finalmente, se hizo público que la compañía había permitido a Cambridge Analytica, y a un sinfín de turbias compañías digitales, recopilar para sus propios fines datos personales de los usuarios. Así, también Facebook contribuía  al secuestro de la democracia por parte de Trump y de Rusia.

De pronto, todo el mundo supo que el negocio multimillonario de Facebook depende de su capacidad de espiar y de trazar los perfiles de cada uno de sus 2.200 millones de usuarios, y parecía atisbarse la toma de conciencia de que internet es en sí mismo una poderosa maquinaria cuyo motor son la vigilancia y la influencia con fines lucrativos. “La maquinaria de vigilancia de Facebook”, así de directo era el titular de un artículo de opinión en New York Times que se movió mucho en twitter y que detallaba cómo la compañía elabora los perfiles de los usuarios y alquila sus bases de datos a los anunciantes y para las campañas políticas. La indignación que suscitó la noticia sacó finalmente al multimillonario Mark Zuckerberg de su cueva en Silicon Valley y lo obligó a sudar en la palestra, con la prueba del delito en mano, mientras una comisión conjunta del Senado lo freía a preguntas.

Una paliza a la libertad

La imagen de un Zuckerberg inquieto y tenso en la TV nacional dio esperanzas a muchos de que, por fin, EE.UU. estaba a punto de lograr poner en marcha alguna medida significativa para controlar y regular el modelo de vigilancia de Silicon Valley. Quizá, estuviera a punto de organizarse un movimiento político a escala nacional en torno a esta cuestión tan relevante. Pero, a medida que pasaban los meses y se disipaba la indignación y perdía fuelle el movimiento contra Facebook, la gente empezaba a mirar a su alrededor y a preguntarse por lo sucedido. Una cosa estaba clara: los grupos que generalmente logran hacer más ruido y organizarse más eficazmente en torno a cuestiones relacionadas con los derechos y la privacidad digital estaban extrañamente callados ante el escándalo de Facebook.

A simple vista, este escándalo era una oportunidad de oro para EFF y sus aliados. De hecho, EFF podría haber liderado perfectamente la protesta. Y sin embargo, no había ni rastro de ellos. El silencio por parte de estos grupos era ensordecedor e incluso empezaban a cuestionarse desde dentro sus motivos.

Comprar el silencio

Una posible explicación, comentaba Glaser, un periodista de la revista Slate y anterior trabajador de EFF, era que la mayor parte de estos grupos dependían de la financiación precisamente de las mismas empresas a las que debían criticar. A lo largo de los últimos años, EFF ha obtenido enormes cantidades de dinero de Google y Facebook a través de donaciones directas o de controvertidos desembolsos que para muchos son aportaciones bajo el radar. Vamos, que la fundación del cofundador de Google, Sergey Brin, había dado por lo menos 1,2 millones de dólares a EFF.

a los señores de internet poco les importa la privacidad de los usuarios, lo que quieren conservar es su propia licencia comercial contra cualquier amenaza de regulación estatal

Pero la razón detrás del silencio de EFF en este asunto es aún más profunda: tiene que ver con el modelo de negocio que supone internet, que desde el principio ha considerado que la censura estatal era una amenaza constante para la privacidad de los usuarios en lugar de optar por esmerarse en proteger a los usuarios y sus datos de la intrusión y la explotación comercial desmedidas. Pero, sencillamente, a los señores de internet poco les importa la privacidad de los usuarios, lo que quieren conservar en último término es su propia licencia comercial contra cualquier amenaza de regulación estatal.

No obstante, EFF y el lobby de la defensa de la autorregulación de la privacidad en la industria informática han logrado construirse excelentes perfiles como defensores fundamentales de las libertades individuales y de la soberanía de los usuarios en la red.  En concreto, EFF ha reunido un archivo impresionante de notas de prensa y éxitos televisivos que refuerzan su imagen de perros guardianes de la conciencia cívica tecnológica que agitan conciencias en pro del interés público.

Pero, lo cierto es que EFF es un frente corporativo. Es el lobby empresarial de internet más antiguo e influyente, una organización que ha jugado un papel fundamental a la hora de configurar la dimensión comercial de internet tal y como la conocemos hoy, y tal y como la odiamos cada vez más. ¿El internet de mierda que habitamos hoy? ¿Ese sistema dominado por monopolios gigantes, impulsados por la vigilancia y la influencia con ánimo de lucro, carente de toda supervisión democrática? EFF es el responsable directo de su existencia.

Ciber-lobbying

La idea de EFF surge en 1990 por parte de dos millonarios: el magnate del software Mitch Kapor y John Perry Barlow, compostior de Grateful Dead y heredero de un rancho en Wyoming. Barlow, que murió a principios de este año, es más conocido hoy en día por la Declaración de Independencia del Ciberespacio, una diatriba muy celebrada aunque difícilmente comprensible, contra los males de la influencia estatal en internet, y que escribió desde su portátil de Apple en algún hotel fino de Davos.

Kapor y Barlow se conocieron en un tablón de mensajes en línea dirigida por el hippy de culto Steward Brand, autor de Whole Earth Catalogfame. Los dos intercambiaban historias sobre la caza de brujas por parte del Estado y sus investigaciones chapuceras a actividades perfectamente normales en el ciberespacio –cosas como hackear ordenadores y poner en circulación códigos de fuente robados. Los cibervisionarios como ellos tenían que compartir sus recursos y encabezar la cruzada para evitar que los federales se metieran en la nueva frontera maravillosa hacia la libertad llamada internet.

¿Ahora bien, a qué se dedicaba realmente EFF? En un primer momento, defendía del FBI a un puñado de hackers y phreakers en los tribunales, pero su principal función, como parece indicar su listado de patrocinadores corporativos VIP, fue establecerse como influyente oficina de información para el incipiente hatajo de poderosos proveedores de servicios en internet. O,  en palabras de John Perry Barlow, para “Diseñar la red futura”.

Privatización pirata

Los años noventa fueron muy ajetreados en materia de ISP (Proveedor de Servicios de Internet). La idea de internet surgió de un proyecto del Pentágono en los años sesenta basado en el desarrollo de tecnología informática y de trabajo en red para contribuir a la eficacia de la gestión de la presencia del Ejército a escala global. Tuvo un éxito rotundo, y a finales de los años setenta, la tecnología en red ya estaba siendo incorporada a los sistemas de comunicación militares y operativos de inteligencia. En los años ochenta, la National Science Foundation tenía la labor de extender a la población civil esta tecnología en red. El proyecto de dicha agencia era muy sencillo: financió una red de ámbito nacional y alta velocidad que conectaba universidades, think tanks y contratistas militares, subvencionó el proyecto hasta que se hizo comercialmente viable, para después lanzar al sector privado la infraestructura financiada con fondos públicos. Este proceso de privatización forzosa, sin que se produjera ningún tipo de debate público fuera de la industria de telecomunicaciones, generó la creación de un puñado de proveedores de servicios de internet incipientes y sentó las bases de la infraestructura física del internet que utilizamos hoy.

EFF participó en este proceso desde el principio, presionando al Gobierno federal para asegurarse de que una vez iniciado el proceso de privatización, el Gobierno se mantuviera al margen.

La digitalización del astroturfing

Cuando los años noventa llegaban a su fin, la industria ISP privatizada y desregulada que EFF había contribuido a crear –y que EFF había contribuido a perfilar como un sistema libre y de ciber igualdad– se había convertido en la fusión de varios conglomerados gigantes de telecomunicaciones que formarían la base del monopolio de la industria de servicios de internet. Al mismo tiempo, crecía una nueva cosecha de compañías, las plataformas gigantes de nueva generación como Google y Facebook.

Estas nuevas compañías representaban un nuevo tipo de negocio. No obtenían sus beneficios cobrando por sus servicios. Sus plataformas eran gratuitas, y ofrecían una serie de herramientas que permitían la comunicación y la creación de contenidos: correo electrónico, búsquedas, aplicaciones de video y fotografía, procesadores de texto y sistemas de ofimática y de redes sociales. Mientras la gente disfrutaba de sus plataformas gratuitas, estas compañías absorbían cada dato personal que la gente iba dejando por ahí, y extraían toda la información que podían para intentar predecir su conducta y generar publicidad dirigida.

Búsqueda y destrucción

Las compañías como Google y Facebook han obtenido beneficios a partir de nuestras búsquedas en internet, del tiempo que invertimos compartiendo y leyendo artículos y de nuestras publicaciones y fotografías en nuestros perfiles, o los videos caseros y Hollywood blockbusters que hemos visto. Estas compañías dependen  de todo este contenido, pero no son creadores de contenido alguno. De hecho, sin el trabajo de otros –el trabajo cultural colectivo de generaciones y generaciones de “creadores de contenidos” que aglutinan películas, libros, fotos y temas musicales que constituyen el grueso del material que la gente comparte y lee en internet– su negocio no existiría. No habría nada que buscar ni ver.

Estas compañías se asemejan a la solitaria –son parásitos digitales que hincan su gancho en nuestras redes de distribución cultural y se apropian del valor de manera inmediata, sin devolver nada a los productores culturales. Y de igual manera que estas nuevas plataformas se asfixiarían sin la producción creativa de otros, tampoco podrían obtener beneficio alguno sin una campaña de vigilancia masiva sobre sus propios usuarios. Naturalmente, a medida que estas compañías iban creciendo y madurando, se fueron cerniendo sobre ellas dos grandes amenazas: el copyright y la privacidad. Para combatirlas, Silicon Valley puso en marcha una poderosa maquinaria de presión y de relaciones públicas.

en aquel entonces parecía que Google estuviera desafiando las leyes básicas de la economía ofreciendo cosas gratis como si tal cosa

Google llevaba la delantera. En términos de dinero contante y sonante, el departamento de presión, dirigido por Susan Molinari, anterior diputada del partido Republicano por Nueva York,  ha superado incluso a las corporaciones más manirrotas.

Sin embargo, la partida de gastos en presión que declara Google no es más que un pequeño fragmento del cuadro general. La compañía se ha convertido en toda una maestra de la influencia en diversos ámbitos,  contratando a personas clave tanto del partido Republicano como del Demócrata, financiando a académicos, economistas, periodistas, bloggeros, instituciones privadas y una amplia gama de instituciones sin ánimo de lucro políticamente conectadas. EFF, New American Foundation, la Brookings Institution, Clinton Foundation, Public Knowledge, la National Hispanic Media Coalition, y Reporteros sin Fronteras son tan solo unos pocos ejemplos entre decenas de grupos que han obtenido dinero de Google. La compañía también se enganchó con las redes de influencia libertarias de extrema derecha organizadas por Charles Koch, petro multimillonario y copropietario de las industrias Koch, y apoyó al Cato Institute y al Competitive Enterprise Institute, un grupo de propaganda de Koch que se ha pasado las últimas tres décadas librando la batalla contra la ciencia del cambio climático y promoviendo las empresas petrolíferas y tabacaleras.

EFF se fue convirtiendo en un socio fundamental a medida que Google y otras compañías de Silicon Valley empezaron a utilizar su riqueza y su poder para influir en las medidas legislativas y en el debate público.

Privacidad frente a la vigilancia Estado

Google ya era un buscador de primera línea antes de que lanzara Gmail, el servicio de correo electrónico que ofrecía con un gigabyte de espacio de almacenamiento gratuito.  Aunque hoy nos pueda sonar absurdo, en aquel entonces parecía que Google estuviera desafiando las leyes básicas de la economía ofreciendo cosas gratis como si tal cosa. Para quienes son verdaderos creyentes del credo ciberutópico, parecía la prueba evidente de que internet estaba reconfigurando el concepto de negocio y las formas de obtener beneficios. Parecía una cuestión de magia.

Google obtuvo algo aún más precioso a cambio de todo el espacio de almacenamiento online: obtuvo el permiso para espiar y analizar los contenidos de nuestro correo electrónico y, en último término, la capacidad de vincular esa información personal a nuestro historial de búsquedas en internet y a nuestros hábitos de navegación para vincularlas a nuestra identidad en el mundo real.

Naturalmente, a un buen número de personas esto les puso los pelos de punta. Pocos días después de que Gmail cobrara vida, una coalición de grupos defensores de las libertades y derechos colectivos envió una carta a los fundadores de Google, Larry Page y Sergey Brin, para pedirles que retuvieran la puesta en marcha del servicio hasta que no se despejaran y solucionaran las cuestiones relativas a la privacidad. Un total de treinta y una organizaciones firmaron esta carta. EFF no estaba entre ellas. Por lo menos, en un primer momento.

A medida que aumentaba el escándalo, EFF mantenía una postura impasible, se esforzaba por aplacar los ánimos y alababa la sensibilidad de Google hacia las críticas. Sin embargo, la bola crecía y crecía. Unas semanas más tarde del lanzamiento oficial de Gmail, la senadora del Estado de California, Liz Figueroa, en cuyo estado predominaba el relato de Silicon Valley, presentó un anteproyecto de ley dirigido fundamentalmente a limitar el emergente negocio publicitario basado en la capacidad de vigilancia.  De haberse aprobado, se habría prohibido que los proveedores de servicios de correo electrónico como Google pudieran leer, o dicho en otras palabras, analizar los mensajes de los usuarios para incluir publicidad dirigida salvo que todas las partes implicadas en la conversación dieran su consentimiento. Un requisito harto difícil, que habría impedido el desarrollo de ese nicho de negocio. Consciente de los peligros que esta iniciativa entrañaba para sus intereses, Google hizo lo que hubiera hecho en nuestro sistema político cualquier otra gran compañía que estuviera en el punto de mira de una cruzada reguladora: montó una ruin contraofensiva de relaciones públicas. La compañía reunió a una serie de grupos de presión para que influyeran en el mensaje a los medios para así presionar a Figureroa. Y es en este punto cuando EFF mostró su verdadera cara e inició una campaña de desprestigio a Figueroa, a la vez que respaldaba la opinión de que lo que hacía falta era poner en marcha iniciativas que restringieran la capacidad de vigilancia del Estado. Es decir, para EFF la vigilancia corporativa no suponía problema alguno; las compañías como Google son nuestras amigas y protectoras. El malo de la película era el Estado. Tomen nota.

Persiguiendo el objetivo

Un año antes de que EFF se mojara para proteger el negocio de vigilancia de Google, organizó una honorable campaña legal y de relaciones públicas contra la Patriot Act del presidente George W. Bush. EFF señaló acertadamente que la ley constituía una amenaza contra las libertades civiles y criticó con acierto las iniciativas de vigilancia de internet estatales como consecuencia de los atentados terroristas del 11 de septiembre, tales como el plan Total Information Awareness, una tecnología policial predictiva desarrollada en la Defense Advanced Research Projects Agency del Pentágono, que después pasaría a manos de la Agencia de Seguridad Nacional (NSA), entre otras. A EFF le preocupaba que estas tecnologías permitieran al Gobierno convertir internet en una maquinaria de vigilancia y recopilar dosieres de millones de norteamericanos con una facilidad sin precedentes, una vez más, una fuente de preocupación plenamente justificada, como han puesto de manifiesto las numerosas filtraciones de la NSA.

Google obtuvo algo más precioso a cambio de todo el espacio de almacenamiento online: el permiso para espiar y analizar los contenidos de nuestro correo electrónico

Sin embargo, EFF adoptó una posición totalmente distinta al tratarse de Google y la vigilancia privada. Según esta organización, la vigilancia corporativa y la vigilancia estatal eran asuntos totalmente distintos. Sin embargo, esa distinción no resultaba tan evidente para el común de los usuarios. Google reunía datos y elaboraba perfiles predictivos de sus usuarios para poderles vender productos de una forma más eficaz. Para ello, la compañía absorbía el rastro de cada dato que dejaran los usuarios en sus plataformas. Los diversos programas de vigilancia de NSA, incluyendo el de Total Information Awareness, hacían lo propio si bien ostensiblemente para encontrar y detener a los malos que odian a EE.UU. Los objetivos eran distintos, pero los datos y la tecnología que manejaban eran más o menos los mismos.  Y, en cualquier caso, NSA dependía de compañías como Google para elaborar servicios y atraer a los usuarios para poder crear y dirigir la infraestructura de información que permitiera a este organismo obtener la información.

Mientras tanto, en la esfera pública la posición de EFF salió victoriosa y logró desplazar la preocupación por la vigilancia privada, y sustituirla por una proclamación utópica sobre cómo Google y Big Data podrían cambiar el mundo a mejor. La privacidad pasaría a significar “privacidad a salvo de la vigilancia del Estado”. Pero, ¿y las corporaciones? Se presuponía que las corporaciones tenían buenas intenciones o, en el peor de los casos, que eran neutras. Las corporaciones como Google no se dedicaban a espiar sino a “recoger datos” que luego “personalizaban”.

Un lavado de cara

A partir de entonces, EFF repitió esta misma estrategia de relaciones públicas en cada batalla legislativa, centrándose únicamente en la vigilancia por parte del Estado, y redirigiendo las inquietudes de la gente hacia un escenario de conflicto que no supusiera ninguna amenaza para la apropiación de datos y dólares por parte de Silicon Valley.

Esta estrategia se puso totalmente de manifiesto después de las filtraciones de NSA de Edward Snowden, que mostraron hasta qué punto los gigantes de Silicon Valley como Google, Facebook, Apple y Microsoft habían convertido intencionadamente sus plataformas y servicios en canales de alimentación de datos para los espías estatales. ¿Cómo reaccionó EFF a esto? Obviando por completo la cuestión del espionaje corporativo y restringiendo su foco de atención  a la vigilancia estatal. Obviamente, EFF no fue el único en cambiar de rumbo. Otros grupos, incluyendo respetables organizaciones de sesgo izquierdista, acabaron repitiendo como papagayos el mismo relato y adoptando enfoques libertarios proempresariales: la esfera privada es buena; la estatal, mala.

El verdadero enemigo era el Estado, y sus acciones sólo podrían frenarse con poderosas herramientas de encriptación, herramientas que solo podrían elaborar y proveer compañías como Google

¿Pero cuáles eran las verdaderas intenciones de Reset the Net? Pues poca cosa. No exigían poner límites legales al mandato de vigilancia de NSA, tampoco elegir a políticos que pusieran límites a la red de captura digital de Estados Unidos. A los organizadores no les interesaba particularmente perseguir a políticos o a movimientos sociales, ni tenían nada malo que decir sobre las prácticas empresariales de vigilancia con fines lucrativos de Silicon Valley. El verdadero enemigo era el Estado, y sus acciones sólo podrían frenarse con poderosas herramientas de encriptación, herramientas que solo podrían elaborar y proveer compañías como Google. “En la actualidad, como parte de Reset the Net, decenas de miles de usuarios de internet y las mayores compañías de internet se han unido para proteger a miles de millones de personas… Reset the Net exige que los servicios de la web tomen medidas concretas para proteger a sus usuarios del fisgoneo estatal, a la vez que animan a los usuarios habituales de internet a adoptar herramientas de privacidad libres y open source”, declaraba una nota de prensa de Fight for the Future. Otras industrias como las compañías de telefonía AT&T y Verizon no merecían confianza. Silicon Valley era nuestro amigo, el garante último de nuestra privacidad. “No te fíes de las compañías de telefonía. Compra tu Android directamente en Google”, advertía el grupo. Obvio, confía en Android, un teléfono diseñado por Google que permite el grado máximo de vigilancia.

¿Activistas defensores del derecho a la privacidad pero que trabajaban para Silicon Valley para combatir la vigilancia estatal? Algo digno de verse. Algo así como ver a manifestantes antimilitaristas mano a mano con ejecutivos de Lockheed Martin contra la defensa de los misiles del Pentágono.

Tales contradicciones no pasaban del todo desapercibidas entre los defensores de la privacidad de Silicon Valley. La vigilancia por parte de Silicon Valley plantea problemas para la privacidad de los usuarios, ¿cómo no? Sin embargo, suelen insistir en que la prioridad de primer orden es frenar la vigilancia estatal. “No voy a rebatir en absoluto el hecho de que las corporaciones tengan una serie de prácticas horribles que violan el derecho a la privacidad. En la actualidad, se está produciendo una especie de frente popular contra la vigilancia  estatal, pero no tenemos ninguna posibilidad de limitarla sin el apoyo de un flanco importante de compañías”, como me explicó en una ocasión David Segal, director de Demand Progress, una organización izquierdista que había obtenido financiación de Google y que pertenecía a Reset the Net. “Estamos muy preocupados por el carácter efímero de este interés por la vigilancia [estatal] y queremos explotarlo mientras podamos”.

Alarmismo postideológico

Financiados hasta el cuello por Silicon Valley, poco importaba que estos grupos simpatizaran con el Partido Demócrata o con la red de grupos de presión del Koch republicano. Todos defendían pequeñas variaciones  sobre la vieja estrategia retórica empresarial para poner a la gente en contra de la regulación estatal de los poderosos intereses corporativos, invocando al espectro del autoritarismo del Gran Hermano.

Y, a pesar de sus pedigrís ideológicos opuestos, la sintonía entre sus mensajes era verdaderamente sorprendente. “No nos estamos refiriendo a China o a Irán. Nos referimos a una legislación de lista negra que se debatirá esta semana en la Cámara de Representantes de EE.UU.”, advertía un comunicado de EFF que tildaba a SOPA y PIPA de “censores”, encantados sin duda de hacerse eco de la retórica sobre este tema de Sergey Brin, el principal donante de EFF. Para el CEI los billetes representaban “un enorme poder de influencia estatal” que otorgaba a los burócratas un nivel de poder aterrador para ejercer la censura en internet “sin juicio ni audiencia previa”. Demand Progress definía a SOPA como la “legislación de la censura en internet” capaz de “destruir lo mejor de internet” y “meter a la gente en la cárcel por poner determinados contenidos en streaming”.

Desprogramación de culto

Han pasado dos meses desde que saliera a la luz el escándalo de la vigilancia de Facebook. EFF dice que está investigando el caso de Facebook, pero más bien parece que ha dejado atrás el asunto, o más bien que ha retomado su posición de siempre, emitiendo una batería de comunicados que plantean nuevas alarmas sobre la recogida de datos por parte del Estado y a favor de la encriptación.

El hecho de que EFF haya podido mantener su éxito durante tanto tiempo demuestra el inmenso poder que Silicon Valley ejerce sobre nuestra cultura política

Y esto, me lleva a recordar a la anterior empleada de EFF, April Glaser. En su llamamiento a EFF y otros grupos similares a liderar la apuesta por la regulación de la vigilancia corporativa, admitía que el espionaje proveniente de entes privados nunca había supuesto un problema para su grupo. “Una posible explicación es que los defensores de la privacidad se hayan centrado en la vigilancia por parte del Estado y no en la vigilancia corporativa. Posiblemente, esto tenga que ver con los principios fundacionales detrás de un montón de iniciativas de defensa de internet, que tiene sus orígenes en filosofías libertarias y anti regulacionistas”, escribió en una ocasión. “Como resultado de ello, muchas de las quejas por parte de los defensores de la privacidad a lo largo de estos años se han centrado en cómo la vigilancia estatal es perjudicial para nuestros derechos constitucionales y menos en los aspectos negativos para nuestras comunidades”.

Lobbying 2.0 ¡a promoción de las corporaciones, pero esta vez en internet!

Lo increíble es que para Glaser esto suponía una sorpresa. Imagínense que alguien que trabaja para Cato Institute o FreedomWorks a para el American Enterprise Institute se lamente de que la organización no está haciendo nada para contribuir a la regulación del imperio petroquímico de la familia Koch. O imaginemos a algún miembro de un grupo de presión del difunto Tobacco Institute llevándose las manos a la cabeza ante la revelación de que la organización defendiera el derecho de R. J. Reynolds a dirigir los anuncios de Camel a la población infantil. ¿Presiones corporativas dentro de un grupo de presión? ¿Quién sabe?

Pero eso es precisamente EFF: un grupo líder corporativo de Silicon Valley, que no difiere de los demás. Únicamente se distingue por su éxito a la hora de posicionarse  como defensor del pueblo –el éxito ha sido tal, que incluso sus trabajadores se lo creen. El hecho de que EFF haya podido mantener su éxito durante tanto tiempo demuestra el inmenso poder que Silicon Valley ejerce sobre nuestra cultura política. Si pensamos en la tecnología y en internet, no hay ni izquierda ni derecha. Solo hay Facebook y Google.

– Este artículo se publicó en inglés en The Baffler

Traducción de Olga Abasolo

*Fuente para piensaChile: CTXT

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