Iglesia chilena: el poder autocrático cuestionado

Pensar sobre lo pensado: el poder eclesial en cuestión.

¿Cuál es el origen y el fundamento del poder de la Iglesia?

¿Qué legitima actualmente el poder eclesial y por qué todo el poder se concentra solo en los obispos?

¿Por qué las relaciones de poder entre obispos, presbíteros, religiosos, monjas y laicos son disparejos y discriminatorios?

¿Qué hay detrás de la protegida jerarquía eclesial como institución sagrada?

¿Qué posee el poder eclesial jerárquico chileno que se corrompió y no asume su responsabilidad en los delitos de abusos de poder?

Una brevísima reseña en tiempos del poder del Evangelio

Es preciso señalar que en el principio, el cristianismo primitivo necesitó visibilizar un principio de autoridad para administrar, dirigir y confirmar en la Fe. El cristianismo de los primeros siglos estuvo relegado a la clandestinidad y al martirio. El martirio y el mensaje de la Buena Nueva infundieron en lo posterior la multiplicación de nuevos cristianos y por ende, nuevos desafíos para conducir políticamente a las nuevas comunidades en nacimiento. El apóstol Pedro y los demás seguidores –varones y mujeres- fueron el referente de la autoridad moral de los primeros años de evangelización e inculturación. El legado otorgado por Jesús –fundador de la comunidad- consistió en que en que el poder debía estar al servicio del hombre y no al revés.

Sin embargo, con la institucionalización del cristianismo al nuevo orden cultural romano (313 d.C.) y luego feudal (10 siglos), adoptó las estructuras culturales, sociales, políticas y económicas del entorno. Ejemplo, de ello, la disciplina militar imperial de los romanos, la jurisprudencia, los títulos honoríficos y símbolos de poder, estructura piramidal del feudalismo y la sumisión de los súbditos, la sacramentalidad ostentosa, entre otras.

En la época moderna y contemporánea (5 siglos) ante la explosión filosófica del racionalismo, el positivismo –entre otras corrientes- la Iglesia jerárquica cerró sus puertas y ventanas por verse expuesta a cuestionamientos del nuevo pensamiento liberal y de la emergencia de la ciencia y la tecnología. Sin embargo, a pesar que en el siglo XX hemos tenido el Concilio Vaticano II (1962-1965) que abrió su mensaje ante el mundo, todavía en las primeras décadas del siglo XXI, el sistema de gobernanza de la Iglesia sigue siendo un sistema de poder influenciado por el pasado.

En general, el actual sistema de gobierno eclesial replica y reproduce el mismo sistema de dominación que en gran parte invalidó y obstaculizó la participación real de laicos y laicas, en particular de la presencia de la mujer en roles jerárquicos y de toma de decisiones.  Este sistema se ha impregnado en la vida familiar, la vida social y en los centros educativos por la influencia explícita que ejerce el mensaje moralista y  conservador de esta corriente clericalista. No es de extrañar un laicado al alero de un clericalismo manipulador, narcisista y abusador de la dignidad humana.

Todavía existen jerarcas reaccionarios, tradicionalistas y dogmáticos que impiden un protagonismo real de un laicado con derecho a voz y voto en todas las cuestiones pastorales, administrativas y económicas de la estructura eclesial global. Todavía se percibe una participación simbólica, decorativa, manipulada y funcional. Perdura todavía la supremacía de la ortodoxia (recta y sana doctrina) frente a una ortopraxis (rectitud moral del actuar) que sea más participativa, política, ética y liberadora.

Los nuevos tiempos frente al paradigma del poder autocrático.

El poder eclesial jerárquico es -en esencia y en la praxis-  un poder autoritario y absolutista, porque no necesita democracia (consultas ni votación) para constituir su poder. Al contrario, lo fundamenta en que Dios lo quiere así y los demás deben creerlo por Fe y someterse a él. Son sólo los obispos –no los presbíteros, no los teólogos, no los religiosos, no las monjas, menos los laicos y laicas- los que ejercen el poder de elegir al Papa y los que sugieren los nuevos episcopados. Quien se atreva a discutirlo cae inmediatamente en la sospecha de desobediencia y ateísmo práctico; en militante comunista o en revolucionario insurgente. Es la teología dogmática, los sermones y la catequesis las encargadas de enviar los mensajes subliminares de este sistema disciplinar y autoritario.  La centralización y exclusividad del poder de decisión de la jerarquía eclesiástica –a través sólo de los obispos- hoy por hoy, provoca conflictos, malestares y deserción de muchos bautizados por el cristianismo católico.

No podemos desestimar la influencia del pasado, no podemos obviar la tradición histórica, tampoco podemos invisibilizar el aporte cultural del mundo occidental cristiano europeo, sin embargo, las exigencias de la contemporaneidad de nuestros días y la emergencia de la era de los derechos humanos universales nos obliga a cambiar el paradigma del poder: de un poder autoritario hacia uno más comunitario y democrático. Hay que volver a las fuentes de la vida evangélica y devolverle el carácter de servicio al poder, humanizándolo y democratizándolo.

Algunas consideraciones sobre el Poder y su ejercicio práctico.

  • El poder se ejerce. No es propiedad de nadie, no se hereda socialmente. Por tanto, el poder no es natural y exclusivo de los grupos dominantes (Estado o Iglesia). Es un mito decir que el poder solo lo tienen los poderosos. Históricamente nos han colonizado a través del poder del discurso y del saber (conocimiento occidental cristiano europeo) y eso permitió implementar estereotipos sociales y culturales, ahora último, bajo un modelo económico de corte neoliberal anglosajón.
  • El poder tiene una cara ambivalente: se puede utilizar para dignificar u oprimir al hombre y las sociedades. El poder se constituye en una estrategia de dominación para los grupos de poder económico y político, por tanto, utiliza el poder para defender sus intereses creados; o se transforma en una necesidad vital para las personas, familias y organizaciones sociales para reivindicar derechos y alcanzar el bien común.
  • Todos estamos traspasados por relaciones de poder: ejercemos poder sobre otros, pero otros ejercen poder sobre nosotros. ¿Hacemos uso y ejercicio del ese poder oculto ante nuestros ojos? ¿Creemos que es posible cambiar las relaciones de poder en el contexto actual? ¿Cuáles son las estrategias de poder para cambiar la realidad que nos afecta?.
  • El ejercicio del poder también crea realidad. El poder se ejerce en el presente. El pasado ya fue y el futuro no existe. El poder se ejerce en el aquí y ahora, por tanto, según la forma de ejercerlo es la forma en que se configura la realidad. Una realidad de dominación, opresión, explotación, de injusticia y abusos o por una realidad de verdad, justicia, libertad y fraternidad.
  • El poder tiene su contrario: la resistencia. La resistencia válida y legítima trata de equilibrar las relaciones de poder. Es decir, la resistencia empareja que la relación de poder no solo se ejerza de “arriba hacia abajo”, sino también, de “abajo hacia arriba”. Al interior de la resistencia tenemos el derecho de ejercer el reclamo, la disidencia, la objeción de conciencia y la rebeldía.
  • Una forma para acceder al poder es dar el salto cualitativo desde una mera conciencia moral (lo que me permite discernir entre lo bueno y lo malo) hacia una conciencia ética liberadora (lo que me permite vivir libremente con mis principios y valores universales). Por tanto, puedo ejercer el poder de indignarme y rebelarme a través del poder de la Palabra, del poder del Testimonio, del poder de la Insurrección, del poder de la Revolución, si es que así lo decidimos.
  • Los laicos y laicas –en el caso eclesial- podemos desobedecer el poder de la autoridad vigente, proponiendo otra forma de relación de poder que sea más horizontal, consensuada y democrática, no absolutista y autoritaria. El ejercicio del poder, por tanto es una acción política. Hay que ponerle nombre a las cosas tal como deben ser. No debemos temer que otros nos cuestionen por devolverle el contenido filosófico e ideológico al concepto poder. Por tanto, es un derecho exigir otra forma de gobernanza en la estructura jerárquica eclesial cuando ésta nos afecta a la dignidad personal y violenta los derechos humanos.
  • El poder hay que estudiarlo no solo desde el punto de vista ontológico y axiológico (teórico-conceptual), sino desde lo ideológico y político (vivencial y práctico). Desde este punto de vista, hay que crear un nuevo poder laical con conciencia ética liberadora para nuestros tiempos. No debemos tener miedo a ejercer el poder. Si estamos en una situación de corrupción eclesial es porque concedimos el poder –consiente o inconscientemente- a otros para conducir nuestras vidas. Si el mundo está como está es porque nos hemos des-preocupado de los asuntos ecológicos, sociales, políticos y económicos.

A modo de conclusión, señalar que podemos estar de acuerdo o no –sea por razones filosóficas, teológicas, ideológicas o políticas- con la síntesis discursiva de este artículo. Sin embargo, lo importante y sustancial es debatir sobre el Poder y el empoderamiento.

Últimamente, el sr. Ricardo Ezzati se acogió al “derecho de guardar silencio” evitando colaborar con la justicia y ofendiendo gravemente el clamor de la víctimas de abusos. Lo que deja en evidencia es que su actitud representa el símbolo de la decadencia moral de un sistema de poder eclesiástico autoritario todavía fuertemente arraigado en la estructural clerical contemporánea. Representa además, el símbolo de la corrupción sistémica de una cultura del abuso y del encubrimiento delatada por el propio Papa Francisco y enfrentado a la justicia por el poder de los sobrevivientes del abuso clerical.

Sin embargo, en la otra cara de la moneda, asistimos esperanzados en una nueva forma de ser Iglesia, la “eclesiogénesis” ya planteada por eminentes teólogos y pastoralista, los mismos que en décadas pasadas fueron acosados, amenazados, silenciados y sancionados por cuestionar el statu quo eclesial. A ellos un homenaje por la resistencia ejercida y por las convicciones sociopastorales  que aún perduran y cada día resucitan en los distintos puntos de nuestra américa indígena y mestiza.

Finalmente, el cambio y la transformación de las relaciones de poder depende -no del Papa ni de los obispos- sino exclusivamente de nosotros y de la forma en que nos organizemos para ejercer ese poder. O mantenemos el actual sistema de abusos o morimos en el intento de cambiarlo.

¡¡Nunca más solos!!…

¡¡Ni un paso atrás!!…

¡¡Nunca más abusos de poder!!…

¡¡Otra Iglesia está siendo posible!!…

El autor, Leonel Reyes Fernández, es Miembro del Movimiento “También Somos Iglesia”, Regional Iquique. Parte integrante de la Comunidad Laical de Iquique. Amigo de la Red Sobrevivientes de Chile.

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