Francisco Aceptó la renuncia de Juan Barros, Gonzalo Duarte y Cristián Caro

11/06/2018
El Papa Francisco va con prudencia, pero también con firmeza y decisión: hoy, hacia las 05:00 horas en Chile, se conoció la noticia de que el Papa había aceptado las renuncias del obispo de Osorno, Juan Barros; de Valparaíso, Gonzalo Duarte y de Puerto Montt, Cristián Caro. Aún faltaría la aceptación de las respectivas renuncias de los otros tres obispos discípulos de Karadima. En la mafia corrupta hay muy pocas excepciones de prelados que merecen respeto y confianza.

El obispo de Rancagua, Alejandro Goic, a quien creíamos diferente a sus pares, ha mostrado la hilacha al haber encubierto una “cofradía” de curas pedófilos, que usaban nombres de mujeres llamándose, por ejemplo, “mamá, tía, nieta…

Otro de los obispos, Ignacio González, nombrado con nulo tino como miembro de la Comisión que trata la materia de los abusos contra menores, es “un lobo en el rebaño de ovejas”, que no ha titubeado al defender a Barros frente al asedio periodístico durante la visita del Papa a Chile, debería estar en capilla para ser el próximo expulsado.

Gonzalo Duarte ha sido denunciado, en estos últimos días, por múltiples casos de abusos sexuales, de poder y conciencia.  En distintos canales de televisión hemos podido ver el testimonio de Mauricio Pulgar, ex seminarista de San Rafael, al lado del Santuario de Lo Vásquez, quien desde niño, manifestó su deseo de ser sacerdote; durante su permanencia en ese recinto fue abusado por Jaime Da Fonseca, José Holguín y José Donoso; también denuncia a Gonzalo Duarte y al obispo auxiliar de Valparaíso, Javier Prado, ambos por abuso de poder. El seminario San Rafael se había convertido en un verdadero prostíbulo. Mauricio Pulgar, hastiado de los abusos de la iglesia católica, se convirtió al protestantismo –a lo mejor, pasó del “fuego a la brasas”.

Ninguna institución puede ser saneada si sólo sacamos las manzanas podridas: aunque el Papa aceptara la renuncia de todos los obispos chilenos, la podredumbre al seno de la Conferencia Episcopal no desaparecería, y así como en la sociedad el castigo a los delincuentes no elimina el delito.

Los vicios que el Papa denuncia en su carta previa a la convocatoria a Roma están muy caracterizados los delitos en los cuales incurrieron los obispos chilenos, en su mayoría. El clericalismo, el elitismo, el servilismo respecto a los poderosos, el secretismo, el amor al dinero y a las comodidades de la vida burguesa, el desprecio hacia los pobres, el abuso sexual respecto a los acólitos, y otros.

Los obispos se creían seres superiores con respecto a sus feligreses, como si estuvieran destinados al cielo por el solo hecho de su consagración. Las viejas ricachonas los han mimado como a niños de pecho, incluso, a su muerte, les legan sus riquezas, destinas a la celebración de  misas por su eterno descanso, y que se les acorten los días en el purgatorio.

Voltaire llamaba a la iglesia católica “la infame”, pero consideraba muy útiles a los curas de campo, cuyas prédicas ayudaban a mantener contestos a los pobres, con la esperanza de la eternidad en el paraíso.

Abusar sexualmente de un niño o niña, para los curas pedófilos no es un delito, tampoco un pecado: “es solamente – decía Karadima – una ofensa a la pureza”: El cura de Peralillo, muy vanguardista en cibernética, usa el facebook para comunicarse con su víctima, diciéndole que “le va sacar la ropa interior de un golpe”.

¡Cuántas sorpresas más nos deparan estos depravados delincuentes!

El Papa Francisco ha demostrado que quiere intervenir en serio a la iglesia chilena y, en consecuencia, envía a Chile, por segunda vez, a Charles Scicluna, cardenal de Malta, con plenos poderes para investigar y descubrir la verdad.

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