Balotaje en Chile: : Entre la aritmética simple y el cambio de fondo

Si las cosas se dieran así, el periodista Alejandro Guillier, abanderado de la centroizquierdista Fuerza de la Mayoría, que alcanzó el segundo lugar con 22,7 por ciento de los votos, podría remontar la ventaja de 14 puntos que le sacó con 36,6 por ciento de los sufragios el empresario derechista Sebastián Piñera, de la coalición Chile Vamos.

Desde el simplismo aritmético Piñera solo puede sumar el 7,9 por ciento de José Antonio Kast, de extrema derecha, mientras Guillier ya cuenta con el apoyo declarado del Partido Progresista de Marco Enríquez-Ominami (5,7 por ciento), de la Democracia Cristiana, cuya candidata, Carolina Goic, alcanzó 5,9 por ciento, y puede sumar aún la votación de la periodista Beatriz Sánchez del Frente Amplio (20,3 por ciento), que fue la gran sorpresa de la primera vuelta.

Desde el mundo de los liderazgos individuales, favorece también al abanderado de la Fuerza de la Mayoría el respaldo que le otorgó la noche misma del domingo el expresidente Ricardo Lagos (2000-2006), desplazado de la contienda presidencial cuando el Partido Socialista en votación de su Comité Central optó por Guillier como candidato.

La eliminación de la selección chilena del Mundial de Fútbol Rusia 2018, demostró lo pueril que resultan los ejercicios con la calculadora cuando no hay detrás una buena estrategia de juego. Aquí podría pasar otro tanto en la buscada ecuación Guillier más Frente Amplio, que no puede ni debe depender de puntos más o puntos menos sino de aspectos esencialmente cualitativos.

Se trata, en definitiva, de leer bien los resultados del domingo 19, en que Sánchez y el Frente Amplio irrumpieron como una nueva fuerza política, más que fuerza electoral únicamente, al recoger las aspiraciones de un alto porcentaje pensante de la ciudadanía chilena que, a contrapelo de lo que ocurre en otros países, ya no cree en los supuestos beneficios del neoliberalismo.

El triunfalismo que exhibió Piñera en la noche de las elecciones no logra ocultar el hecho de que el lunes 20 Chile despertó mirando hacia la izquierda, como escribió el medio electrónico El Mostrador, y que la izquierda, como tituló el diario El País de España, frenó las aspiraciones del millonario derechista de un camino fácil hasta La Moneda.

La izquierdización del electorado chileno favoreció también a Guillier. La Democracia Cristiana, con su opción de romper con la Nueva Mayoría, actual coalición gobernante con Michelle Bachelet, y apostar a un camino propio centrista con Goic, encontró su propio descalabro y rápidamente, el mismo lunes 20, se apresuró a sumarse al frente anti-Piñera.

No es un dato menor que el fracaso de la DC, más allá de la sacrificada candidatura de Goic, acarreó la virtual muerte política de connotados representantes del ala conservadora de ese partido, eternos cuestionadores de la presencia del Partido Comunista en el gobierno de Bachelet, como Andrés Zaldívar, Ignacio Walker, Gutenberg Martínez y Jorge Burgos, entre otros.

Juan Ignacio Latorre, senador electo del Frente Amplio, anunció este martes que su partido, Revolución Democrática, hará un plebiscito entre sus militantes la próxima semana para decidir si apoya a Guillier el 17 de diciembre, mientras la coalición en general convocó a “consultas territoriales” para resolver este asunto.

Dentro de siete días tendría que estar entonces aclarado el panorama de la calculadora. Plazo razonable para una decisión colectiva y democrática, pero que no puede alargarse más en el escenario de una campaña corta para la segunda vuelta.

Y aquí entra a jugar el factor cualitativo. Guillier tendrá que hacer más de un gesto de cercanía con las propuestas del Frente Amplio si quiere lograr su apoyo, no tanto por una cuestión de oportunismo, sino fundamentalmente de lectura correcta del desplazamiento hacia la izquierda del electorado chileno en la primera vuelta.

Mucho se puede especular a propósito de una integración del Frente Amplio a un eventual gobierno, con ministros y otros cargos, pero priorizar ese aspecto, además de mezquino, sería contraproducente para los seguidores de Sánchez que reclaman una nueva forma de hacer política en Chile, al margen de los acuerdos cupulares y las conveniencias partidarias.

El factor de fondo pasa a ser así el programático y es allí donde Guillier debería captar las señales de un millón doscientos mil electores que al votar por Sánchez apuntaron a abatir pilares del orden heredado de la dictadura que han permanecido bajo los sucesivos gobiernos de la Concertación por la Democracia, primero, y de la Nueva Mayoría con Bachelet.

El cambio de fondo en el sistema de pensiones, con la eliminación de las administradoras ligadas a grandes grupos empresariales y el establecimiento de un sistema de reparto, un nuevo régimen de salud de capitalización y distribución solidaria y una nueva carta política generada desde una Asamblea Constituyente son las propuestas más convocantes del Frente Amplio.

Guillier tendrá que pronunciarse sobre esos aspectos y el Frente Amplio deberá evaluarlos, resolviendo al mismo tiempo sus debates internos en un conglomerado donde confluyen varias culturas políticas, algunas tal vez partidarias de un apoyo abierto a Guillier, otras de un apoyo crítico y por último las que quieren salvaguardar un radicalismo anti neoliberal optando por la abstención en la segunda vuelta.

Pero volviendo al juego entre la calculadora y los aspectos cuantitativos, no se debe olvidar que en Chile los partidos políticos, pese a su protagonismo, no son agrupaciones de masas y que sus votos no son automáticamente endosables de una elección a otra, quizás con las excepciones del Partido Comunista y de la Unión Demócrata Independiente en la derecha.

Aunque suene anacrónico decirlo así, están también el voto y las definiciones según la “conciencia de clase”, factor no despreciable en un Chile con una de las más bajas participaciones electorales en América Latina.

En la primera vuelta de estas presidenciales, el domingo 19, la abstención estuvo en torno a 53 por ciento, mientras que en la primera vuelta de las presidenciales de 2013 fue de 50,6 por ciento, sin olvidar el dato de que en una segunda vuelta, con dos candidaturas, aumentan los que no van a votar. En el 2013 la abstención en el balotaje fue de 58 por ciento.

No solo es el descrédito de la política. Es también la segmentación social y la elitización de la cosa pública, fenómeno en que tienen una alta cuota de responsabilidad los partidos y los gobiernos que se han alternado en el poder desde el retorno a la democracia en 1990.

Piñera se ufanaba el domingo de que su coalición Chile Vamos había triunfado en los comicios parlamentarios en las comunas (municipios) de “clase media” y en los “más pobres”. Sin ahondar en sus particulares categorías sociales, es un hecho que en Chile en las comunas de altos ingresos vota más de 70 por ciento de los electores, mientras en las pobres apenas 40 por ciento.

El día en que se revierta esta tendencia podrá haber cambios profundos en la política chilena. Difícil que esto ocurra de cara a la segunda vuelta con una campaña tan corta, pero hay que ir apuntando en ese sentido como un factor que Guillier y sus seguidores no deben descuidar para derrotar a Piñera el 17 de diciembre.

-El autor, Gustavo González Rodríguez, es  Ex director de la Escuela de Periodismo de la Universidad de Chile, ex corresponsal de IPS en Chile y en Ecuador. Ex editor de IPS en Roma, Italia y en San José de Costa Rica. Artículo publicado en Urbe Salvaje, 21.11.17

*Fuente: Other News

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