Se profundiza el irrealismo con renuncia: sale un ministro conservador DC y entra otro más pechoño aún

Es obvio que el ahora ex ministro del Interior, Jorge Burgos, haya terminado por agotarse en el ejercicio de hacer de recadero de la oposición democratacristiana al gobierno de Michelle Bachelet. En el presidencialismo chileno los ministros son solamente secretarios de Estado, por consiguiente, son sirvientes del Presidente de turno, y único equilibrio entre el “rey o reina” en nuestro sistema político han sido siempre los partidos de gobierno – en el caso de la Presidenta Bachelet con la Nueva Mayoría y, anteriormente, con los gobiernos de la Concertación, existe un cuoteo por el  ministerio del Interior debe ser corresponder a un representante de la Democracia Cristiana, y poco o nada importante que este Partido cuente o no con el apoyo popular – que, en muchas ocasiones, pueden vetar o aprobar algunas de las medidas que ha querido implementar el omnipotente Jefe de Estado, Jefe de Gobierno y Jefe de la combinación política en el poder.

Si revisamos nuestra historia veremos que el veto del Partido Radical a los tres Presidentes de sus filas, Pedro Aguirre Cerda, Juan Antonio Ríos y Gabriel González Videla siempre lograban, así fuera haciéndole la vida imposible a los Mandatarios, equiparar el poder del Jefe de Estado al del Consejo Ejecutivo Nacional del Partido(CEN). Al referirnos al gobierno de Eduardo Frei Montalva, el caso del veto del democratacristiano – partido único de gobierno en ese período – fue aún profundo, conduciendo al quiebre de ese Partido.

En el primer gobierno de Michelle Bachelet la Presidenta no logró entenderse con ninguno de sus ministros del Interior, todos ellos democratacristianos – Andrés Zaldívar, poderoso dirigente de ese Partido – hoy destacado “chef de cocina” del Senado – salió muy rápido del gabinete luego de la crisis ocasionada por “los pingüinos -; Belisario Velasco tuvo que renunciar al lograr una entrevista con la Presidenta, en la cual estaba dispuesto hacerle ver sus críticas por el Transantiago; Edmundo Pérez Yoma, el último de los ministros democratacristianos, pudo sortear en mejor forma la malquerencia de “su majestad”.

En el segundo período, después de la caída de su hijo político, Rodrigo Pañailillo, la Democracia Cristiana recuperó su territorio feudal en el ministerio del Interior con la llegada de Jorge Burgos, quien debía encabezar un período denominado “realismo sin renuncia”, que ha terminado en in irrealismo con renuncia. A diferencia de los partidos políticos en el período republicano (1925-1973), que tenían un asentamiento en la sociedad civil, hoy son mafias feudales que tienen un rechazo popular de más de un 90%, por consiguiente, su poder de veto frente al Presidente ejercicio es aún menor. La Presidenta Bachelet ha demostrado en muchas ocasiones su lejanía – a veces prescindencia – de las direcciones partidarias, sin embargo, se ve forzada a mantener el cuoteo establecido para los partidos que conforman la combinación de gobierno, en especial, en el caso de la Democracia Cristiana.

La Democracia Cristiana, bajo la tutela de los Walker, cumple el papel de un Partido de oposición – incluso más eficiente que la misma derecha – inserto en un gobierno que pretendía llevar a cabo algunas reformas estructurales, especialmente en educación y en sistema laboral. La misión de Jorge Burgos era llevar a cabo la restauración del viejo orden concertacionista, cumpliendo las órdenes tanto de los líderes de su Partido, como de los de la ex Concertación.

Jorge Burgos quiso ser una especie de “Primer Ministro” en un régimen presidencialista absolutista y, lógicamente, tan peregrina idea tenía que fracasar, pues por muy complicada que estuviera Michelle Bachelet – especialmente por el caso “Caval”, difícilmente hubiera aceptado la permanencia de un “Primer Ministro” que no rindiera cuentas a la Presidenta, menos al Parlamento, sin contar con cualidades personales propias para jugar ese papel por parte del ministro del Interior.

Así se movía siempre entre tres aguas – la directiva de su Partido, especialmente los más conservadores, el “partido del orden”, representado por los dirigentes concertacionistas, que nunca han perdido el poder, y por la presión de la Presidenta y del “segundo piso”. Servir a tantos señores y salir incólume es una tarea de titanes.

Al final, el período de Burgos no logró convencer ni a amigos, ni a enemigos, y se caracterizó por una serie de situaciones tragicómicas, por ejemplo, cuando el “segundo piso” lo dejó fuera de la comitiva a la Araucanía. La conspiración con algunos dignatarios de la Concertación, entre ellos Ricardo Lagos Escobar a quien recibió en gloria y majestad en el Palacio de La Moneda y en ausencia de la Presidenta, sólo logró convertirse en un golpe de efecto,  porque Burgos salió más  mal parado que la misma Presidenta de la República.

Burgos termina sin pena ni gloria y reemplazado inmediatamente – en forma muy sospechosa – por otro democratacristiano mucho más reaccionario que el mismo ex ministro del Interior. Mario Fernández, durante el gobierno de Ricardo Lagos,  estuvo en contra de la ley de divorcio pretextando su calidad de católico y fiel seguidor de la doctrina de la iglesia – recordemos también que como miembro del Tribunal Constitucional, votó en contra de la “píldora del día después” -.

Ya está claro, con la entrada de Mario Fernández al ministerio del Interior, se impone la contrarreforma impuesta por el “partido del orden”, bajo la jefatura de la Democracia Cristiana, cuyo lema es “el irrealismo con renuncia”.

Rafael Luis Gumucio Rivas (El Viejo)

09/06/2016

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