Escucha Chile… Ha muerto Katya Olevskaia
por Luis Sepúlveda (España)
17 años atrás 4 min lectura
La voz de Katya Olevskaia era la voz de un ángel laico que desde las ondas de radio Moscú nos entregó dosis de esperanza durante los años más duros y oscuros de la historia de Chile. Katya se ha ido, lejos de su patria soviética que ya no existe, en un exilio impregnado de derrota, como todos los exilios, bajo un cielo muy lejos de los nubosos atardeceres moscovitas en los que su voz se iba encendiendo lentamente hasta alcanzar el fulgor de aquel saludo tan amado por tantas y tantos, que esperábamos el calorcito necesario que nos entregaba al decir “Escucha, Chile”.
En medio del miedo, mientras los perros ocupaban las calles de Chile, alguien encendía una radio, buscaba en la banda de onda corta y, a muy bajo volumen, las compañeras y los compañeros se congregaban en torno al receptor para resistir, porque la Resistencia a la dictadura se fraguó en tardes frías, en noches demasiado largas, ejerciendo el deber de la clandestinidad primaria que consistía en informarse, en saber quién y cuántos habían muerto o desaparecido. Pero esa forma de resistencia, de clandestinidad a bajo volumen, nos entregaba también la certeza de no estar solos en medio del horror, y la voz de Katya anunciando “Escucha, Chile” era la única esperanza que nos llegaba.
Esperábamos su voz de ángel soviético y laico en Chile y en los países del exilio. Como todos los ángeles Katia fue también un ángel puro e ingenuo. Era como un ser de novela, de las mejores novelas de un tiempo del que apenas quedan recuerdos, porque la formidable idea del soviet, de la patria soviética, del país de los obreros, campesinos, estudiantes y soldados, se diluyó sin pena ni gloria y sin que los firmemente creyentes de esa hermosa utopía -los ángeles como Katya- pudieran hacer nada por impedirlo.
Katya era la solidaridad en su estado más puro, la entrega total y sin otra razón que la poesía de la lucha. Katya era el Poema Pedagógico de Makarenko, la novia invisible de los komsomoles de Así Se Templó el Acero, el emblema quijotesco del valiente soldado Chapaiev, la feroz ternura de La Madre de Gorki. Katya era todo aquello condenado a desaparecer por su propia envergadura.
Cuando se derrumbó la Unión Soviética y el resto de los países del llamado socialismo real se entregaron a la brutalidad mafiosa del capitalismo en su peor expresión, la fase sin moral de la acumulación primaria, todo lo que Katya representaba fue considerado obsoleto, inmoral, deleznable, y ella fue testigo de la miseria moral adueñándose de todo lo que alguna vez tuvo un significado lleno de digna humanidad.
Su voz invitando “Escucha, Chile”, se apagó y es posible que no quede una cinta de aquellos programas destinados a los que sufrían, y para los que esa voz, era la única esperanza que llegaba del ancho mundo.
La vi en Moscú, poco antes de que marchara a su exilio final en Israel. Dimos un paseo por aquel Moscú invernal, y vimos a ancianos ateridos de frío vendiendo sus condecoraciones de héroes de la Unión Soviética. Nunca olvidaré a una anciana que vendía un lote de fotografías de la segunda guerra mundial. Eran fotos de Las Rosas de Stalingrado, de una escuadrilla de mujeres pilotos que con sus aviones fueron la pesadilla de los nazis. En las fotos se veía a esas hermosas muchachas soviéticas y la anciana que las vendía era una de ellas. Katya me miró con azul tristeza, yo apreté su mano y nos alejamos entre el mar de derrotados.
Katya Olevskaia debió recibir el más alto reconocimiento de los chilenos, pero no fue así. Sus amigos queridos, Virginia Vidal, José Miguel Varas, Cristina de Largo, no le fallaron y le entregaron todo el amor solidario que les fue posible. Pero el país, empeñado en olvidar la épica y en construirse a sí mismo sin memoria, no respondió. Katya Olevskaia murió en un país lejano, bajo otro cielo, porque así se apagan las voces de los ángeles soviéticos y laicos.
Escucha, Chile, enciende una vieja radio, busca en las bandas de onda corta, congrega a los tuyos para un necesario acto de resistencia y recuerdo. El silencio del éter te dirá que la dulce voz de Katya se ha ido para siempre.
12 de mayo de 2009
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-El autor es escritor chileno, residente en España
Fuente: Le Monde Diplomatique
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