Usted no diga “otro hueón más que se tiró al Metro en hora punta”
por Richard Sandoval (Chile)
8 años atrás 6 min lectura

Los suicidios en el Metro, los soldados suicidados, los abuelos que pactan la muerte, es un tema de la estructura del país, no son casos aislados de malditos desubicados que hacen taco en la hora punta. Son ciudadanos que podemos ser nosotros mismos, con dolencias que se pueden estar incubando en nuestras propias familias y amigos, y la responsabilidad es del Estado, es del gobierno, de la política y los políticos, es de todos los que sustentan la forma de este país que según Piñera está tan bien que vamos camino a ser Australia, pero con tantos hermanos menos, con tantos que la única respuesta que encontraron en la sociedad fue un gesto de desprecio, un asco que se hace eterno cuando desde un tren detenido se festinan sus muertes.
26.03.2019
¿Lo sabías? Hace una semana, todos hablábamos sobre otro muchacho conscripto, víctima de bullying y hostigamiento en un regimiento de Iquique, suicidado tras dar muerte a dos de sus superiores. Triple muerte. El lunes pasado, tres personas cayeron a la vías del Metro de Santiago. Uno resultó muerto, otro quedó con un pie amputado ¡En un solo día! Y todo pasa piola, y todo sigue su curso, como que a nadie le importara esa muerte porque es de un extraño que no nos interesa.
El Metro sigue informando sus detenciones de emergencias, la gente sigue reclamando porque llega tarde al trabajo, porque “otro hueón más se tiró al Metro en hora punta”, sin elegir un horario vacío -que no nos perjudicara- para terminar con su existencia, como si se tratara de un bulto, un pedazo de basura que no hace más que molestar nuestro avance pulcro por la ciudad.
¿Qué nos está pasando? ¿Por qué estamos haciendo de Chile el país perfecto del suicidio, la tierra en que más me decido matar porque ya no hay más salida? ¿Serán los porcentajes de deficiencia de psiquiatras en la salud pública? ¿Será el alto costo de un tratamiento? ¿Serán las deudas que agobian en silencio a la gente que debe apechugar por sus familias dejando en último plano su salud mental? ¿Será la falta de sueño, el exceso de trabajo? ¿Será la soledad asfixiante del abandono?¿Será la violencia de las redes sociales canalizando odios surgidos desde las más profundas frustraciones?¿Será la ruptura de los lazos comunitarios que ya no contienen, porque ya no están?¿Será alguna de esas razones o serán todas? lo cierto es que en Chile hoy el suicidio acrecentado es una señal más del modelo de desarrollo que nos agobia, el modelo del éxito económico como la única fórmula de vida, del apuro del surgir, del auto, del título y la casa, de la urgencia de una vida realizada que mostrar a los demás.
Una vida con bienes y consumo que por fuera se vea bien bonita, aunque por dentro esté fracturada por los latigazos de la modernidad, de los sueños frustrados y la falta de cariño e identidad. Eso es lo que hoy nos está atacando, lo que hoy nos está lanzando los cuerpos a las vías, las almas al vacío de los morros, las balas a cabezas de adolescentes soldados. Y todo sigue su marcha y nadie hace nada.
Hagamos una detención, reflexionemos cada vez que un cabro -que pudo haber sido nuestro compañero- se tira al Metro en el silencio, perdido, sin haber encontrado ya a más nadie a quien contar su drama, porque no tuvo un amigo, un siquiatra, un tratamiento en un país que completo se está tirando a las vías cuando normaliza que haya que esperar más de cuarenta días recién para ver a un médico cuando se acude a la salud mental en el sistema público.
Porque es el país completo el que se conforma con ser el campeón mundial del suicidio -según la OCDE- cuando más de la mitad de la población que reconoce tener una enfermedad mental no recibe tratamiento, cuando sólo un 20% de los diagnosticados por salud mental tiene un seguimiento en la red de atención primaria, según la Universidad de Chile.
¿Y de dónde va a sacar plata para un tratamiento médico ese hombre, esa mujer que se lanzó al Metro, si los planes de isapres con suerte llegan a cubrir de dos a seis consultas anuales con especialista? Porque a la isapre, que está más preocupada por su negocio que de otra cosa, no le interesa que después de la sexta sesión el paciente no encuentre más cobijo que el tormento, el abandono, que en sus casos más extremos te puede llevar a las vías del tren. Mejor pensemos en eso cuando los parlantes del Metro nos anuncien otra detención por suicidio: en lo que no hizo el país, en las horas que el hospital público no tenía, en las horas de tratamiento que la isapre no cubrió, en la internación en una clínica privada que no pudo pagar, en la atención humana que se nos pidió y no dimos, no damos.
¿De dónde va a sacar plata para un tratamiento un trabajador con un sueldo de menos de 550 mil pesos -lo que gana el 70% de la población chilena, según la Fundación Sol- en un país que ni siquiera tiene un Ley de Salud Mental, un país que gasta un tercio de lo que gastan los países desarrollados para tratar el tema pese a contar con la más alta tasa de diagnosticados con depresión, con una de cada cinco personas consultadas declarando signos de la enfermedad?
Lo que el país, su modelo, sus leyes y su política le está diciendo a esa persona que piensa en el suicidio, es que mala suerte nomás, que si no tiene plata para pagar un siquiatra en el sistema privado -donde la atención llega tres veces más rápido que en área pública-, no se puede hacer nada. Los suicidios en el Metro, los soldados suicidados, los abuelos que pactan la muerte, es un tema de la estructura del país, no son casos aislados de malditos desubicados que hacen taco en la hora punta. Son ciudadanos que podemos ser nosotros mismos, con dolencias que se pueden estar incubando en nuestras propias familias y amigos, y la responsabilidad es del Estado, es del gobierno, de la política y los políticos, es de todos los que sustentan la forma de este país que según Piñera está tan bien que vamos camino a ser Australia, pero con tantos hermanos menos, con tantos que la única respuesta que encontraron en la sociedad fue un gesto de desprecio, un asco que se hace eterno cuando desde un tren detenido se festinan sus muertes.
La muertes que son de todos en esta nación que sólo se detiene en los enfermos mentales para avisar que “se están limpiando las vías por persona que se lanzó”, como las cuatro personas que se lanzaron la semana pasada, como los dos soldados menos, marcando records que enlutan y amargan.
Usted no diga “otro hueón más que se tiró al Metro en hora punta”. Usted piense en la depresión que usted mismo tuvo, en la tristeza de su madre y abuela que tanto costó curar, en el abismo que se abre en Chile a quienes no tienen a dónde ir a echar sus penas a llorar.
*Fuente: El Desconcierto
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