Del Chile binominal al proporcional
por Rafael Luis Gumucio Rivas, El Viejo (Chile)
9 años atrás 4 min lectura
08/01/2018
El presidencialismo chileno 1938-1973 pudo funcionar en un sistema de doble minoría: el Presidente podía ser elegido por el 38% y, además, tener un tercio en el Congreso, y el veto presidencial solucionaba el hecho de ser minoritario en ambas Cámaras. En esa época el centro político tuvo dos representaciones: el Partido Radical, que encabezó tres gobiernos continuos, y su carácter de Partido de patronazgo le permitía pactar con la izquierda y la derecha; Gabriel González Videla, por ejemplo, gobernó con la inclusión de todos los partidos políticos en distintos gabinetes.
El segundo Partido de centro fue la Democracia Cristiana, mesiánico e ideológico que, con 80 diputados en 1965, pudo convertirse en Partido hegemónico del sistema político.
En el período republicano, (1938-1973), existía una correlación entre los partidos políticos y los movimientos sociales, lo cual explica que la mayoría de ellos contara con departamentos, como el sindical, de pobladores, de campesinos, de la mujer, de estudiantes, entre otros, bases que tuvieron mucha importancia en la estructura de mando de los partidos.
Durante la transición a la democracia, hasta las recientes elecciones parlamentarias, realizadas en el de noviembre, el sistema electoral predominante era el binominal, que favorecía, fundamentalmente, a dos combinaciones políticas: Concertación-Alianza, Nueva Mayoría-Chile Vamos. El tema de la minoría con la cual era elegido el Presidente de la República se solucionaba con la implementación de la segunda vuelta. Si el Presidente tenía minoría en el Congreso, se propendía a la democracia de los acuerdos y, cuando contaba con mayoría en ambas Cámaras – caso Bachelet en su segundo gobierno – la primera mandataria trataba de imponer su programa de reformas, pero como ocurrió en la Democracia Cristiana en los años 60, los opositores surgían en la propia combinación de gobierno – en los años 60, rebeldes y terceristas y, de 2014 a 2017, la Democracia Cristina de los “príncipes”.
Las elecciones de noviembre, sobre la base del sistema proporcional de Victor D´Hont, estuvieron marcadas por el fin al sistema de sólo dos combinaciones políticas, propias del sistema binominal. Si retornamos al sistema multipartidista, con 17 partidos políticos de representación parlamentaria –al igual que en 1957, en el período de Ibáñez del Campo – un poco menos del récord de 25 partidos políticos de 1950 – durante el gobierno de González Videla – se hace más complicado para el Ejecutivo su relación con los distintos partidos políticos.
A diferencia del período republicano, hoy no existen partidos políticos que puedan ser identificados con el centro político. Sabemos que los Partidos Radical y Democracia Cristiana están reducidos a su mínima expresión parlamentaria, y Ciudadanos y Amplitud carecen de dicha representación. En centro político hoy corresponde a otra definición político-sociológica, al corresponder a las capas emergentes y aspiracionales, que han aprovechado muy bien del correo del crecimiento económico del país – hay que admitir que Piñera captó mejor esta realidad que Guillier y supo aprovecharla en su propio beneficio -.
Nos encontramos muy lejos del sistema de partidos políticos multipartidistas radicalizados, tal cual lo estudiara Giovanni Sartori. Si bien el centro político ha desaparecido, hay un centro social que juega un papel decisivo, no sólo en el campo electoral, sino también en la calle y en la opinión pública en general que, en el tiempo de Bachelet se opuso a la reforma educacional por terror de enviar a sus hijos a colegios de los “rotos”, en los establecimientos municipales – no podemos olvidar los carteles de las pobladoras que, entre otras consignas decían “querimos pagar”.
A diferencia de la época republicana, hoy los partidos políticos no tienen ninguna conexión con los movimientos sociales, pues son sólo cofradías de dirigentes que se reparten el poder, y únicamente viven del botín del Estado, razón por la cual en Chile es casi imposible ser oposición si no se cuenta con una póliza de seguro, como ocurrió en el gobierno de Sebastián Piñera, en que la Nueva Mayoría estaba segura de recuperar el poder con su líder, Michelle Bachelet; hoy por hoy, no hay póliza, y si la oposición lo hace tan mal como en el primer mandato de Piñera, es seguro que la derecha se afiance en el poder, al menos, por otro período más.
Es cierto que Piñera no la va a tener fácil, pues carece de mayoría en ambas Cámaras, sin embargo, puede comprarse fácilmente a los diputados del Partido Ecologista Verde, que son cuatro, que pueden inclinar la balanza; por otro lado hay algunos democratacristianos que, perfectamente, podrían apoyar al gobierno de Piñera, sobre la base de contraprestaciones, que favorezcan su reelección, por ejemplo, y a otras prebendas que irían en “beneficio” de sus clientes electores, (hay que recordar que la democracia chilena ha funcionado sobre la base del clientelismo electoral).
Nuestra historia política chilena ha funcionado sobre la v base de revoluciones electorales: en los años, con la ampliación del universo de electores, que permitieron el triunfo de Eduardo Frei Montalva y de Salvador Allende, y hoy, con la instauración del sistema proporcional.
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