Cuba: La nave de la revolución sigue en curso
por Atilio A. Borón (Argentina)
19 años atrás 3 min lectura
Si algo hacía falta para ratificar por enésima vez que Fidel es un personaje “histórico universal”, como diría Hegel, y por añadidura uno de los pocos estadistas que quedan en el mundo, lo prueba el fenomenal impacto que tuvo la difusión del mensaje en el cual el líder cubano anunciaba que ni aspiraría ni aceptaría ocupar nuevamente los cargos de presidente del Consejo de Estado y comandante en jefe. Al promediar la tarde, un sencillo recuento en el buscador Google en español e inglés revelaba que ya había cerca de medio millón de páginas referidas a la decisión del gobernante cubano, una cifra absolutamente inalcanzable por cualquier declaración formulada por la inmensa mayoría de los políticos y gobernantes del mundo entero.
Por supuesto, esta conmoción mundial sirvió para excitar la imaginación de quienes vieron en este acto el inicio de un proceso de “apertura” en Cuba, vaguísima noción bajo la cual se oculta la precisa ambición de instaurar en la isla un régimen político calcado del modelo norteamericano. Es decir, un bipartidismo en donde quien recauda más fondos gana las elecciones para luego gobernar a favor de sus financistas; o como en Italia, donde gracias a ese modelo puede triunfar un producto del bajo fondo como Berlusconi, de quien la conservadora revista The Economist hace rato viene diciendo que debería estar en la cárcel; o como en España, donde puede hacerlo un político de la época de Torquemada como Rajoy, capaz de agitar los esperpentos mentales que aún hoy oprimen el alma de un amplio sector de la sociedad española sumida en los vapores de la Inquisición.
Entre los exaltados aperturistas figuran prominentemente los tres precandidatos de los Estados Unidos, en una desaforada carrera para ver quién mejor se congracia con los sórdidos personajes que manejan la clientela electoral de Miami. La “esperanza negra” de los progres de América latina y Europa, Barack Obama, dijo que “el día de hoy debería marcar el fin de una era tenebrosa en Cuba”. Y confirmando que en materia de política exterior las diferencias ya ni siquiera son de retórica, para no hablar de sustancia, Hillary Clinton celebró el fin de 58 años (¡sic!) de one-man rule en Cuba y en un alarde de sensatez aconsejó a los cubanos a que se inspiraran en las ejemplares “lecciones aportadas por las recientes elecciones en Pakistán y la declaración de la independencia (léase: secesión) de Kosovo”. John McCain, para no desentonar en esta grotesca cacofonía de disparates, declaró que “Estados Unidos puede y debe acelerar el encendido de la chispa de la libertad en Cuba”, seguramente como tan felizmente lo hiciera en Irak y Afganistán.
No sorprende, por lo tanto, que la nave de la Revolución Cubana siga su curso impertérrita ante tantos dislates; o que su institucionalidad le haya permitido absorber sin sobresalto alguno la salida de Fidel del gobierno y su reemplazo por Raúl y que aquél pueda regresar ahora para dedicarse, con el empeño que pone en todos sus actos y la sabiduría adquirida a lo largo de los años, a librar la crucial “batalla de ideas” que tanto necesita no sólo nuestra región sino también una humanidad cuya supervivencia, según Noam Chomsky, se encuentra seriamente amenazada por una catástrofe capaz de poner fin a toda forma de vida en nuestro planeta.
Miércoles 20 de febrero de 2008
* Fuente: Página/12
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