Sindicatos de patrones vs sindicatos de trabajadores
por Rafael Luis Gumucio Rivas, padre (Chile)
10 años atrás 4 min lectura
Hay que ser muy ignorante o derechista chileno para sostener que Carlos Marx inventó la lucha de clases, pues fue una idea desarrollada por historiadores muy antiguos y profundizada por los socialistas utópicos, entre ellos Pierre Proudhon y, especialmente, Henri de Saint Simon.
En nuestra historia, los patrones se adelantaron a los trabajadores en la idea de formar sindicatos que defendieran sus intereses de clase: la primera es la aún vigente Sociedad Nacional de Agricultura; posteriormente, la Sociedad de Fomento Fabril; en el período parlamentario, el famoso Sindicato de Obras Públicas presidido, nada menos, que por el hermano mayor de Arturo Alessandri Palma, don José Pedro – tiene una calle a su nombre, donde está ubicado actualmente la Universidad Metropolitana de Ciencias de la Educación – y, más tarde la Confederación del Comercio.
De más está decir que los sindicatos patronales han tenido siempre el camino expedito para defender sus intereses económicos por sobre los derechos de los trabajadores. En algunos casos, sus principales dirigentes empresariales se han transformado en presidentes de la república – Jorge Alessandri Rodríguez y Gustavo Ross Santa María -.
El Sindicato de Obras Públicas, por ejemplo, tenía el privilegio de ganar todas las licitaciones del Ministerio de Obras Públicas por el solo hecho de integrar su directorio por los más prominentes miembros de la oligarquía parlamentaria, por ejemplo, entre otras prebendas, les fue adjudicado el proyecto del ferrocarril de Arica a La Paz.
La construcción de los sindicatos obreros y de trabajadores en general ha sido mucho más difícil: en un comienzo, se agruparon en las Sociedades de Socorros Mutuos, que les permitía, a través de las cotizaciones de sus miembros, mantener un fondo que les asegurara la previsión y un montepío a las viudas de los trabajadores – posteriormente, las Mutuales se agruparon en mancomunales -.
Hasta 1931, durante la dictadura de Carlos Ibáñez del Campo, en que se dictó el Código del Trabajo, los sindicatos obreros y de trabajadores no eran reconocidos por el Estado de Chile. Las mancomunales e, incluso, la Federación Obrera de Chile (FOCH) se desarrollaron y funcionaron en oposición al Estado oligárquico; como lo resalta muy bien el historiador Gabriel Salazar, la labor educativa en el mundo obrero de Luis Emilio Recabarren, está inspirada en la idea de independencia del mundo del trabajo respecto a los poderes oligárquicos.
El Código del Trabajo, de 1931, concede a los sindicatos el poder de discutir con los patrones, a través del pliego de peticiones, las condiciones contractuales, pero no así los derechos de defender los intereses políticos de clase.
La Confederación de Trabajadores de Chile (CTCH) estuvo adosada al Frente Popular, como rama sindical de los partidos – comunista, socialista y, en menor medida, radical -.
Hubo que esperar muchos años para que pudieran existir centrales sindicales campesinas, pues el pacto del Frente Popular consistía en dejar contentos a los terratenientes sureños del Partido Radical.
Don Clorario Blest, el más importante dirigente y fundador de la Central Única de Trabajadores (CUT), un cristiano revolucionario y consecuente, fue capaz de visualizar una ruptura mancomunada de obreros y trabajadores con el Estado burgués, a fin de luchar por el poder popular.
Los gobiernos de la Concertación, bajo la idea de que los movimientos populares se mantuvieran calmos y suspendieran sus reivindicaciones en aras de una supuesta consolidación democrática ante el temor de un resurgimiento de grupos militares golpistas, lograron la mantención, casi intacta, del funesto modelo, impuesto por el pinochetista José Piñera Echeñique.
La CUT, muy debilitada, pasó a manos de dirigentes democratacristianos, entre ellos Manuel Bustos, y la sindicalización se redujo al mínimo, así como también la capacidad para negociar sus reivindicaciones. La consecuencia de esta inacción sindical condujo a una inercia tal que estas instituciones ya no tuvieran el mismo poder de convocatoria para poner en cuestión el orden neoliberal, tan bien gestionado por los gobiernos de la Concertación, que sólo rendían cuenta en la Casa Piedra, y el Presidente debía inclinarse ante los gremios empresariales.
En la actualidad se garantiza el derecho a huelga pero, sabemos por experiencia, que no existe, pues los trabajadores pueden ser reemplazados – por trabajadores internos y externos – sin mayores problemas.
El actual proyecto reforma laboral no tiene nada de revolucionario: sólo se trata de garantizar el desarrollo de los sindicatos de trabajadores y el uso legítimo del derecho a huelga, impidiendo su reemplazo por trabajadores tanto internos, como externos.
Un proyecto tan moderado como el actual, incluso los senadores democratacristianos se dan el lujo de cuestionarlo, demostrando así el poder de algunos miembros de este Partido para proteger sus intereses personales, el de los sindicatos patronales, en desmedro de la mínima modernización del movimiento sindical chileno.
Rafael Luis Gumucio Rivas (El Viejo)
08/03/2016
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