15-12-2013
En el funeral de Nelson Mandela, convertido en un lamentable circo, como guinda solo faltaban Henry Kissinger y Benjamín Netanyahu. Uno, secretario de Estado de Richard Nixon, fue autor del informe Tar Baby, que proponía defender al régimen del apartheid y aplastar los movimientos de liberación nacional del sur de África; y el otro (a pesar de que alegó el elevado coste que supondría garantizar su seguridad), temía posibles protestas de sudafricanos por haber sido aliado estratégico del régimen racista de Pretoria, y por su política de apartheid hacia los palestinos.
Algunos mandatarios que lanzaban alabanzas hacia la figura de Mandela han dirigido las más terribles matanzas de cientos de miles de civiles por el mundo (Irak, Afganistán, Yugoslavia, Sudán, Somalia, Yemen, Libia, etc.), y han torturado y secuestrado a otros miles. ¿Quién les invitó? ¿Quién autorizó la asistencia de estos oportunistas en el último adiós a un gran luchador antiimperialista, defensor de la paz y de la justicia social? ¿Lo hubiera aprobado el propio Madiba?
Puede que la polémica suscitada por la declaración del Partido Comunista de Sudáfrica (SACP) tras el funeral, afirmando que Madiba había sido miembro secreto del comité ejecutivo del partido, incluso antes de su detención en 1962, nos dé una pista. Mandela, que antes de ser detenido había desmentido ser comunista para evitar un mayor ataque del régimen racista de Pretoria al Congreso Nacional Africano (CNA) del que era dirigente, ¿por qué después de quedar en libertad lo siguió negando? ¿Había dejado de serlo? Y si es así, ¿cuándo y por qué?
Nelson Mandela ya es un mito, y no por pasar 27 años de su vida en la prisión por defender sus ideales sin doblegarse. Ha habido otros como el comunista iraní Safar Gharamani que estuvo 33 años en la prisión, y cientos de miles de personas que -en el último siglo y en todo el mundo- han sido torturadas o ejecutadas por no rendirse, sin que su sacrificio haya sido reconocido.
Pero Mandela se ha eternizado, por estar en el lugar adecuado, en el momento oportuno y cumplir una misión. Subrayar su intachable categoría moral no debe ocultar los cambios que introdujo Mandela en sus principios y también en su proyecto político-económico para Sudáfrica. Santificarle, hacerle impune a crítica, es una eficaz forma de destruirle a él y la parte positiva de su legado.
De apartheid racial al económico-social
Año 1991. El colapso de la Unión Soviética marca el fin del siglo: un triunfante y belicista neoliberalismo económico lanza una serie de guerras abiertas o encubiertas para la conquista de las zonas de influencia soviética. Es un duro golpe para los movimientos de liberación nacional que gozaban del apoyo soviético, y más adelante lo será para las conquistas de los trabajadores a nivel mundial (cuyo su efecto mariposa alcanza hoy a los Estados de Bienestar europeos). Fueron destruidos los gobiernos socialistas de Angola, Etiopía, Yemen, Afganistán, entre otros.
Es el mismo año que ponen en libertad a Nelson Mandela, a pesar de estar condenado a la cadena perpetua. La presión internacional hacía insostenible el Apartheid, y la ofensiva de la izquierda africana y sus logros, además del fracaso militar de Pretoria en derrocar al gobierno marxista de Angola (1988), fuerzan al régimen segregacionista a negociar con el CNA.
Mandela ya no representaba un peligro para el sistema capitalista sudafricano. Todo lo contrario, podría darle legitimidad y una vez saliera de prisión se daría la impresión de una transición real. De paso, se neutralizaba la resistencia de los negros y los enfrentaban entre sí. Iban a asignarle el mismo papel que los profesores en Irán otorgan al mobser en las escuelas: se trata del alumno más desobediente cuyo cometido es imponer orden en la clase. Así, se consigue dos objetivos: disciplinar al niño rebelde y a través de él poner a raya al resto de los alumnos, sin ensuciarse las manos.
Aquel hombre condenado a la perpetua (1964), que había rechazado en varias ocasiones ser libre a cambio de condenar la lucha contra el apartheid, ahora incluso podría gobernar el país, agitando al bandera de la legalidad y la “no violencia”.
Un capitalismo daltónico
El daltonismo es un defecto genético que ocasiona dificultad para distinguir los colores, y el capitalismo con visión de futuro ha sido capaz de integrar a los negros en los sistemas racistas: en EEUU los blancos ofrecieron a los pobres de piel oscura no solo tener la oportunidad de ser carne de cañón de sus hazañas bélicas, sino también ser cómplice en sus crímenes contra la humanidad. Así aparecen un general Colin Powell, e incluso una mujer negra, Condoleezza Rice. ¡Más igualdad, imposible! El siguiente difícil paso de este sistema que además es extremadamente machista ha sido ceder ante el matrimonio gay, ¡pero nunca ante los trabajadores y sus justas exigencias! El patrimonio de los blancos estadounidenses que en 2005 era 12 veces mayor que el de los negros, en 2010 (con la crisis) llegó a ser 22 veces más elevado.
Éste Madiba no era aquel hábil joven capaz de combinar con una asombrosa agilidad y maestría varias formas de la batalla contra las atrocidades del Gobierno de Pretoria: desde la huelga general y desobediencia civil, pasando por el sabotaje y la lucha armada. Después de la matanza de 1960 en Sharpeville de 69 personas negras, entre ellas mujeres y niños, fundó La espada de la Nación, el brazo armado del CNA. Ahora ¿cómo podía explicar que en 2011 y bajo el gobierno de CNA, la policía acribillase a 34 mineros negros de Marikana. ¿Qué había fallado?
Que un sector de negros pudiera participar en el festín de la oligarquía blanca e incluso dar su color al capital acumulado en manos de unos cuantos, resolvía el problema de la élite blanca. ¿A eso se refería Obama cuando dijo que Mandela con su libertad “también liberó a sus carceleros”?
Quizás Mandela intentaba reconciliar los ideales socialistas con instituciones económicas capitalistas, y una democracia formal que enmascaraba el racismo y la explotación y convertía a los esclavos en trabajadores desesperados que libremente se rogaban a que algún patrón les explotara a cambio de unas monedas.
Aunque hoy comparen al líder africano con un astuto anticomunista y conservador Mahatma Gandhi, él defendió públicamente el socialismo como el sistema que desmantela la xenofobia y aboga por la dignidad y la igualdad de todos los seres humanos. Había denunciado la violencia del capitalismo, generada por el choque de los intereses irreconciliables de clases sociales, que no desaparecía ni con leyes ni con sermones morales.
Giro a la derecha
Una vez presidente, la postura anticapitalista de Madiba se quedó en palabras. Varios factores pueden haber propiciado tal cambio:
- Abandonar sus principios socialistas,
- El pragmatismo que impone la política desde dentro.
- La presión de EEUU a través del GATT (Acuerdo General sobre Aranceles Aduaneros y Comercio) que, por ejemplo: suprimió los privilegios comerciales con el Gobierno de Mandela en 1995, y hundió el país en un déficit comercial de 541 mil millones de dólares. La Unión Europea por su parte, negoció un acuerdo de libre comercio que trataba a Sudáfrica de igual a igual en la compra venta de sus productos, a pesar de que éstos no podían competir con los europeos (el mismo pacto que ahora propone a Ucrania). La CNA, en vez de negarse a pagar la deuda, se sometió a los mandatos del Fondo Monetario Internacional: más deuda e inflación, menos salarios y empleo.
Al final para no asustar las inversiones capitalistas abandonó la idea de nacionalizar la banca, las minas de oro y las tierras, a la vez que algunos de sus planes estrellas, como la electrificación de los hogares negros se quedaban en nada: las familias no podían pagar la factura de la luz. El 10% más rico recibía el 57% de la fortuna del país, el 43% de la población vive con menos de 2 dólares al día, hay unos 9 millones de desempleados y esta segregación económica tiene un intenso color negro. Una familia blanca promedio gana seis veces más que una negra, el 98% de un total del 60% de niños que pasan hambre son de piel negra, y es sudafricana el 17% de toda la población mundial afectada con VIH, unos 5,6 millones. Además, decenas de miles mueren por falta de atención médica.
¿Tanta lucha para esto?
Quizás si en vez de levantarse contra los blancos hubiera dirigido su batalla contra los ricos, con la misma flecha hubiera dado a dos objetivos.
Se perdió una oportunidad histórica.
Momento de reflexión
Además de trabajar en un contexto muy complejo y difícil, y salvando las distancias, Nelson Mandela sufría las mismas incoherencias ideológicas y por lo tanto políticas que otros dirigentes de los Movimientos de Liberación Nacional como Jamal Abdel Nasser, de Egipto; Jawaher Nehru, de India; Kwame Nkrumah, de Ghana o Mohammad Mosadegh, de Irán.
Los salvadores no existen, ni habrá Mesías. Son los movimientos colectivos que crean líderes como Mandela y no al revés. “Desgraciada aquella nación que necesite de héroes” decía Brecht. La construcción de una sociedad justa es una tarea colectiva; las personas solo pueden jugar el papel de catalizador, no más y el culto a la personalidad es un desprecio hacia esta labor.
Mandela fue un honesto utópico, un político excepcional con sus luces y sombras, resultado de una confusa y dura realidad.
Nazanín Armanian, la autora: «Dejé la mitad de mi vida en mis tierras persas, y cuando aterricé en esta península de acogida, entrañable plataforma de reclamo de pan y paz para todos, me puse a ejercer el desconcertante oficio de exiliado: conocer, aprender, admirar, transmitir, revelar y denunciar, estos últimos aprovechando las clases de la Universidad, los medios de comunicación y una docena de libros como ‘Robaiyat de Omar Jayyam’ (DVD ediciones, 2004), ‘Kurdistán, el país inexistente’ (Flor del viento, 2005), ‘Irak, Afganistán e Irán, 40 respuestas al conflicto de Oriente Próximo’ (Lengua de Trapo, 2007) y ‘El Islam sin velo’ (Bronce, 2009).»
*Fuente: Público.es
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