El Septiembre de primavera y volantínes, como lo llamaba mi padre, es para mí, a partir de 1973, un mes lleno de sentimientos encontrados. Pero en mi corazón surge la imagen luminosa de Salvador Allende y su legado, y por eso quiero rescatar un texto escrito por mi padre, Sergio Ramírez Saavedra (1933-2002), en septiembre de 1989. Lo hago porque considero que en los momentos históricos que está viviendo nuestro Chile mantiene plena vigencia el llamado de mi padre a la lucha y la unidad. No podemos, una vez más, dejar que la dispersión nos arrebate esa victoria tan anhelada.
Vania Ramírez León

 

Allende, caído dentro de La Moneda en llamas que juró no abandonar con vida, se ha convertido en un símbolo del pueblo chileno y en una imagen mundial representativa de la más pura consecuencia  y de fidelidad absoluta a la democracia real, a la revolución. Cumplió con su promesa de comprometer hasta su vida en la realización del programa que el pueblo le había confiado ejecutar.

La deuda con el legado de Allende sólo será saldada cuando al interior de Chile las ideas por las cuales él vivió y murió logren encarnarse definitivamente. Por ello, así como es importante hacer el balance de su labor creadora y de lo que pudo haber sido la sociedad chilena, también lo es entender que si aquella ocasión no pudo ser así, nuestra actual responsabilidad es la de trabajar por restablecer los surcos de su tarea interrumpida.

Digámoslo claramente: no es exaltando su memoria como se le rinde homenaje, sino haciendo posible la parte incumplida de su tarea. Para ello se debe colocar la unidad en el centro de las preocupaciones; se debe aprender a comprender que el proceso en pos de la democracia es ante todo de lucha y unidad en torno a plataformas de combate; es necesario ser capaces de levantar un nuevo proyecto social a partir de la comprensión profunda de los cambios que la dictadura realizó en la estructura productiva, en la composición de clases y en la cultura de nuestro país.

Para las jornadas de lucha presentes y futuras se necesita recoger de Allende esa voluntad indomable de lucha, capaz de sobreponerse a todos los obstáculos, esa ternura con los pobres y los desamparados que lo llevó a sentir como propia cualquier forma de injusticia y esa capacidad para pensar a Chile en el horizonte superior del socialismo, pero profundizando sus raíces en su propia historia.

La deuda con Allende, con su vida, con su obra, no es una deuda de recuerdo sino de porvenir. Será cancelada cuando otra vez se abran entre la cordilllera y el mar del Pacífico Austral ”las grandes alamedas por donde pase el hombre libre”. Cuando de nuevo, al final del combate, podamos decir bajo el cielo de Santiago: ”De los trabajadores es la victoria”.

Sergio Ramírez Saavedra