Desinfectan la Plaza de la Dignidad después que Piñera pasara a fotografiarse allí
por Medios
7 años atrás 5 min lectura
4 abril 2020
Hay momentos en que los dictadores necesitan hacerse la idea que el pueblo los quiere y los respeta. Les pasó a todos, desde Hitler hasta Videla, desde Mussolini y Franco hasta Pinochet. Soberbios y omnipotentes, se imaginan que esos tiempos en que imponiendo mentiras y terror lograban acercar a adictos que vivaban sus nombres, les ofrecían sus niños para que los besaran o en el peor de los casos se arrodillaban ante ellos. Altaneros, no se daban cuenta que esas caricias eran efímeras y que, aunque silenciosas, las grandes mayorías los odiaban y maldecían, mientras que otras y otros, combatientes de la libertad, luchaban contra el poder sangriento de semejantes genocidas con todas las armas a su alcance. Se jugaban la vida para que un tiempo después quienes callaban pudieran levantar la voz, volver a la «normalidad» y disfrutarla, aunque sea con altibajos.
Con Miguel Juan Sebastián Piñera Echenique (alias «Piñeravirus») en cambio, no se cumplen las generales de la ley: lo desprecia y hasta se podría decir sin temor a equivocarse, lo odia, la mayoría de los chilenos y chilenas. Su nombre pegado a un feo epíteto que alcanza hasta a su madre (por engendrarlo) lo gritaban hasta antes de la llegada del enigmático Covid-19, cientos de miles en los estadios, en los recitales, en los teatros, en los trabajos, en las calles. Pero además, millones de mujeres recordaron esa y otras consignas el pasado 8M, poniendo el acento en remarcar que es «asesino igual que Pinochet». Más aún, en todo el país, los heroicos y alegres cabros y cabras, muchachos y muchachas de la «primera línea», dejaron en claro que la revuelta es imparable, luchando con valor frente a la Gestapo de «Piñochet», que a esta altura son los únicos, junto la milicada prusiana, con los que cuenta el dictador para sentirse seguro. Carabineros, pacos, guanacos, zorrillos, representa los símbolos del odio piñerista, fascista, oligárquico contra los de abajo, y también contra los del medio, sin dudarlo.
Hete aquí, que el dictador, seguramente aconsejado por alguno de sus «creativos» asesores, quiso mostrar al país entero que con él «no hay quien pueda». De buenas a primeras, este viernes se subió a un coche blindado, custodiado por decenas de carabineros de élite, y se lanzó a recorrer las calles y avenidas de Santiago vacías de pueblo, debido a la mortandad que está provocando la pandemia. Enfermedad que el dictador no sabe como frenar, lo que tampoco parece preocuparle demasiado, ya que él mismo da el mal ejemplo de pavonearse en público en plena cuarentena obligatoria.
Así fue como de pronto, ocurrió lo que hubiera sido impensable solo quince días atrás, Piñera y sus uniformados llegaron hasta la Plaza de la Dignidad (Plaza Italia para el dictador), canchero, descendió del vehículo y en mangas de camisa se dirigió hasta el monumento a su admirado General Baquedano (otro despreciable de la verdadera historia chilena), y se sentó al pie del mismo para que el fotógrafo oficial tomara las fotos de rigor.
¿Qué pensaría el conchisumadre de Piñera en ese momento? ¿Se sentiría ganador de alguna apuesta consigo mismo o estaría maldiciendo a los empleados de la Intendencia de Santiago por no haber limpiado totalmente el monumento, puesto que aún son visibles las pintadas que exigen en gruesos trazos «Fuera Piñera»? ¿O estaría escuchando el rumor de esas cientos de miles de voces que viernes a viernes, desde el 18 de octubre pasado se juntaban en ese mismo sitio, a pesar de las durísimas cargas de los pacos para decirle al mundo que «Chile despertó»? ¿O habrá tenido un escalofrío al cruzarse por su retorcida mente las imágenes de Mauricio Fredes, el Neko Zamora y todos los jóvenes asesinados por sus esbirros?
Sin embargo, esta foto que Piñera quiso hacerse en la plaza del pueblo, casi como una provocación, lo pinta de cuerpo entero. Está solo. Definitivamente solo. No lo apoya ni Baquedano, ni su caballo mil veces pintado y garabateado por los jóvenes que se trepaban en él con banderas chilenas, mapuches o del Colo Colo. Ni tampoco se le acercó a saludarle alguno de los pájaros que habitaban el parque forestal hasta que la profusión de gases arrojados por los pacos en estos 5 meses y medio de rebelión, los hicieron emigrar a mejores climas. No. Piñera habrá sonreido para la foto y la cámara policial pero ni siquiera está seguro de que esos uniformados y alcahuetes que lo acompañan no lo están carajeando también desde sus entrañas.
Más allá del gesto patético del dictador, la Plaza de la Dignidad y los alrededores de ese monumento que se hizo emblemático por las multitudes que lo poblaban hasta hace pocos días, se ha convertido -junto con las de Antofagasta, Valparaíso y tantas otras- en el símbolo de la gran derrota, no solo de Piñera sino también del sistema que él representa, de esa clase política burguesa que no cree en el pueblo y por eso lo ha intentado bastardear y humillar durante todo su mandato.
Ya en su coche, en franca retirada, el dictador pudo observar, mientras el vehículo se deslizaba por la Alameda, muy cerca del GAM, una frase garabateada a la ligera en un muro. Al leerla, se le quitó bruscamente esa sonrisa boba que muestra en las ruedas de prensa: «A nosotros nos mata más Piñera que el coronavirus», bajó los ojos y sintió miedo.
Carlos Aznares
*Fuente: Resumen Latinoamericano
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