Como no sé lo muy bien lo que pueda ser la felicidad, tuve que inventármela una vez y durante muchos años me repetí que había vivido los dos días más felices de mi vida. Me la inventé, digo, y hasta le puse fechas: 7 y 8 de enero de mil novecientos… No importa el año. Timbré esos días de verano con su sello y cuando el calendario pasaba por ahí se oía una campanilla que me lo recordaba. Lo mismo hacen países y comunidades con toda clase de efemérides, e incluso los antiguos romanos marcaban esas fechas con unas manchas blancas; así que con igual derecho me atribuía el mérito de esos días felices. Pues me los había inventado no como quien se cuenta historias sobre su vida, sino como un orfebre o artesano que trabaja a partir de la arcilla más mundana.
Esos días estaban timbrados en Quintero, que para mí seguirá siendo un pueblo aunque otros digan que ahora se trata de una ciudad. Para mí es un pueblo con acromegalia como tantos otros que siguen creciendo y desfigurándose. Digo que allí, hace muchos años, me fabriqué la felicidad. Mucho antes de que instalaran purificadores de aire en las salas de clases y lo decretaran zona de sacrificio ambiental, lo que no significa que entonces fuera un paraíso virginal. Ya humeaba noche y día la chimenea de la refinería de Ventanas erosionando los suelos agrícolas de lo que el destino quiso llamar “Valle alegre”. Ya morían los hombres por afecciones respiratorias y los residuos tóxicos vertidos en las aguas en alianza con la pesca industrial iban arrasando con la fauna marina y los pescadores artesanales.
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Pero debo decir que esos días felices traen un apéndice previo: la tarde del 6 de enero, cuando por fin bajé del bus de la línea Transmar en la terminal, subí junto a mi hermano el cerro La Cruz por la calle Don Orione hasta John Kennedy, que tiene una cuadra de vida, y desde la esquina divisé a mi primo sobre la terraza de cemento saludando con los brazos en alto.
Creía en la felicidad, insisto. La buscaba y perseguía con un afán de alquimista. Pues ella no es cosa de este mundo, que yo sepa, y no se da al natural como los plátanos y las esponjas marinas. Esa tarde empecé a amasarla por las calles tratando, como cada vez que volvía ahí, de descubrir lo poco nuevo que había aparecido en el transcurso de un año y saludar lo mucho viejo que iba amarillando como en las fotos antiguas. Si alguna diferencia saltaba a los ojos era la mayoría de las veces un aborto de construcción, un segundo piso a medio terminar o una casa que se quedó en los cimientos, pues en Quintero los deseos de construir y ampliarse se anticipaban a los presupuestos por varios cuerpos y siempre les ganaban la carrera. Uno se encontraba entonces con el paisaje de los deseos: esqueletos de fierro, candidatos al óxido, y muros rayados con declaraciones de amor u obscenidades. Pero esa tarde del 6 encontré por el paseo costero, rumbo a la Cueva del Pirata, uno que no supe cómo clasificar: “No sé por qué Dios me dio tanto pico”.
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Digo que me importaban las fechas, las conmemoraciones personales, íntimas. Creo incluso que cada cual guarda su propio calendario y que ninguno se parece a otro. Ya he escrito algo parecido en otro lugar, pero me veo insistiendo en el tema pues parece que él me gobierna a mí y no al revés. Soy esclavo de las fechas, me digo, y hasta me pregunto si caminaré al borde de alguna enfermedad mental como ésas que llevan a memorizar series infinitas, datos inútiles o completamente absurdos. Y sin embargo, aparte de una que otra anotación no premeditada, jamás he llevado un diario de vida. Esto podría ser lo más cercano al intento: el empeño por registrar los días más felices de mi vida.
Así que yo vivía entonces en mi apéndice y pasada la Cueva del Pirata, con sus grafitis y dibujos de personajes de la época, subimos por el otro cerro hacia el faro y la copa de agua, y alguno de nosotros tres, ya no recuerdo cuál, comentó la noticia de un hombre que perdió la vida al tropezar con los cordones de sus zapatos y azotarse la cabeza contra el suelo. Y hoy diría que esa muerte absurda, pero muerte como todas al fin y al cabo, también ingresó ese día, de algún modo, en los cómputos de la felicidad.
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Yo debería contar otras cosas que rodean, que dan cuerpo a la felicidad. Decir que esos días gemelos, uno soleado y el otro con nubes, tuvieron lugar en la playa del Papagayo, donde nunca divisé un ave como ésa. Pero Quintero es caprichoso para los nombres y las palabras nunca se corresponden con lo que uno observa, como también sucede con la felicidad.
Esa playa, el Papagayo, en la parte occidental de la península, si viene al caso, habrá tenido unos doscientos cincuenta o trescientos metros de longitud, hasta que un verano previo a los días felices nos encontramos con que un tercio de su arena había desaparecido. Era el lado sur, por donde bajábamos desde John Kennedy. No se veían más que piedras como en esas playas agrestes de otras latitudes. La escalera de concreto, socavada en sus cimientos por la fuerza de las olas, se había derrumbado. También se derrumbaron las terrazas y verandas de las casas que miraban desde la altura hacia el Papagayo, e incluso algunas sufrieron el desprendimiento de muros y habitaciones completas. El mar se estaba devorando la tierra. De la arena ya ni hablar. Corría el rumor algo ridículo de que habían cortado los huiros del fondo marino que la mantenían en su sitio; una absurda “poda” subacuática, digamos. Pero quién sabe por qué de un año a otro una playa se reduce en un tercio y con los años continúa desapareciendo.
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Allí, en unos pocos metros cuadrados entre muros destruidos, piedras resbaladizas y olas que las azotaban, tuvo lugar la felicidad, un 7 y un 8 de enero: eso me repetí durante años. Un área sumamente inhóspita. Nos sentábamos en el reborde de un muro que aún seguía en pie. Sobre nuestras cabezas colgaban los restos de una terraza, no más de una tercera o cuarta parte del tamaño original. Parecía que hubiesen bombardeado la zona y yo me digo, otra vez, que todo eso computaba a favor de la felicidad.
¿Con qué tiene que ver la felicidad? No debe ser asunto de este mundo, y sin embargo se compone con la materia de este mundo, y con nada más. Mirábamos hacia el horizonte; era lo único que atraía toda nuestra atención; en las irregularidades de aquella línea remota se dibujaba aquello de lo que dependía buena parte de nuestra felicidad: las olas o “tumbos”, como las llamábamos, así como también llamábamos a esa porción de terreno bombardeado.
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El juego, el asunto o el arte para ser feliz consistía en capear las olas sobre las cámaras neumáticas que habíamos traído como todos los años. Digo “capear”, pero en verdad la idea era que las olas jugaran con nosotros, y no al revés. Que ellas hicieran con nosotros lo que les placiera. Que nos dejaran surcar sus empinadas crestas, si querían, y hacernos descender bruscamente por sus lomos. O si preferían –cosa de ellas–, que al reventar nos arrojaran con cámara y todo entre las piedras y los últimos restos de arena dura. A la felicidad no se le exigen condiciones. Horas de horas en agua fría, digo, durante dos tardes gemelas, con las canillas moradas, con heridas y magullones. Con collares de huiros, entre envases plásticos y otros desperdicios que flotaban sobre el agua y la espuma con rastros de petróleo; por allí se abrió paso la felicidad: durante años oí su tintineo alentador.
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¿Se puede ser feliz o es sólo una locura? ¿Con envases de cloro y botellas que tardan quinientos años en degradarse? ¿Con terrazas a punto de venirse abajo? Digo que yo timbré esos días, con un timbre de lacra. Con las olas más grandes que el Pacífico nos quiso regalar. Y digo además –no sé si sea otro apéndice o parte del mismo– que encima de nuestras cabezas, en aquella casa que el mar iba devorando año atrás año, vi a una niña de nombre V, un año mayor que yo. Me aturdía su bikini blanco. Bajó a lo que quedaba de playa y estuvimos conversando. Algo conversamos y yo entendí que para esa noche recibía una invitación a bailar, por primera vez en mi vida. Eso entendí, digo, hace millones de años. Y esa noche mi primo me prestó una camisa blanca para salir con ella. Nos encontramos a la entrada de la discoteca donde yo entendí que debíamos encontrarnos. Pero algo no entendí bien, como siempre me sucede, pues ella ya venía acompañada. Entonces me volví a encontrar con mi primo y mi hermano, que estaban en los flippers. Y esa primera frustración también entró a la fuerza, a empujones como quien empaqueta un montón de cosas dispares en forma y tamaño, en los dos días más felices de mi vida.
*Fuente: Politika
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