El golpe de Estado de Boris Johnson
por Rafael Luis Gumucio Rivas, El Viejo, (Chile)
7 años atrás 5 min lectura
02 de septiembre de 2019
El nuevo Primer Ministro de Gran Bretaña tiene una ganada fama de mentiroso: cuando se desempeñaba como periodista fue exonerado del Diario Times por inventar un artículo lleno de falsedades, (el mentir es parte del humor británico de Johnson).
Su gestión como alcalde de Londres ha sido muy discutida: gastó millones de libras en la construcción de un puente sobre el río Támesis, que ordenó decorar con variadas y coloridas flores.
Se le compara con Donald Trump, pero Johnson es mucho más preparado intelectualmente que el Presidente norteamericano. Johnson es admirador de Winston Churchill, incluso, escribió una biografía de su héroe. En otro plano, también ha mostrado ser sexista y racista: al referirse a las mujeres musulmanas y sus burkas, por ejemplo, expresó que se parecían a asaltantes de Bancos; en otro caso, el presidente de la Cámara de los Comunes, John Bercow, le llamó la atención al Primer Ministro al señalar a una dama, sin decir su nombre, y usando el título de su familia para denostarla.
Johnson, al igual que su mentor, Churchill, pasó de una posición a la otra: adoptó el Brexit por puro y llano oportunismo, pues desde este escenario tenía más probabilidades de llegar al poder. Como consumado actor, ha tomado muy en serio su papel de líder del Brexit, y está decidido, aún a costa del derrumbe del Reino Unido, de sacarlo de la Unión Europea, a las buenas o a las malas, el 31 de octubre.
Los orígenes de Johnson son privilegiados: no nació en Inglaterra, sino en Nueva York; estudió en la Escuela Eton, fundada por Enrique VII, en 1440; se graduó en la Universidad de Oxford. Se desempeñó como periodista, posteriormente fue elegido alcalde de Londres y, durante el gobierno de Theresa May fue ministro de Relaciones Exteriores. Finalmente, por más de 90 votos sobre 40 de su rival, fue nominado líder del Partido Conservador, por consiguiente, Primer Ministro de Inglaterra.
Desde la época en que los ingleses – mucho antes que los franceses con sus reyes – se dieran el lujo de cortar la cabeza del rey Carlos I, en 1649, (dicho sea de paso, su retrato coronaba el Despacho de Louis XVI, de Francia, quien sufriría la misma suerte de manos de los regicidas franceses), el Parlamento limitó a la realeza británica a reinar, pero no a gobernar.
Una de las ceremonias más espectaculares ocurre cuando la actual reina Isabel concurre al Parlamento: los Comunes se apresuran a cerrar la puerta antes de su entrada para demostrar que la soberanía reside en esta Institución parlamentaria.
La reina Isabel II no corresponde al modelo de “reinar y no gobernar”: mantiene diálogos permanentes con el Primer Ministro, (lo mismo ocurría con la reina Victoria, su antecesora, que amaba a su Ministro Benjamín Disraeli, y odiaba a su rival, Gladstone; a Victoria la llamaba “reina virgen”). La reina Isabel II, muy amada y respetada por su pueblo, hoy ha sufrido una merma en la simpatía por parte de sus súbditos a causa del cierre de Parlamento, que se llevará a efecto a partir del 10 de septiembre hasta el 14 de octubre, a 15 días de que se defina la suerte de Gran Bretaña en la Comunidad Europea.
A pesar de las apariencias, la nonagenaria reina es mucho más astuta que la casta política, y tiene muy clara su mediocridad, como lo declaró públicamente.
El cierre del Parlamento ha provocado un escándalo en la opinión pública y en la clase política británica: el Jefe de Debates de la Cámara de los Comunes, el personaje pintoresco John Bercow, declaró que el cierre del Parlamento constituía un atropello a la democracia. El líder laborista, Jeremy Corbyn, pide que se disuelva el Parlamento y se convoque a elecciones, incluso ha solicitado una audiencia con la reina. Hasta ahora, los ciudadanos han logrado juntar un millón cuatrocientos cuarenta y ocho mil firmas pidiendo que no se cierre el Parlamento.
Boris Johnson se encuentra entre el ultra-Brexit de Michael Farage, y Jeremy Corbyn, enemigo del Brexit salvaje.
El problema central del Brexit ha sido la famosa salvaguardia irlandesa, que consiste en evitar la frontera física entre la República de Irlanda e Irlanda del Norte, que pertenece a la Gran Bretaña. La idea sería la de incluir a las dos Irlandas en la Unión Aduanera de la Unión Europea. Boris Johnson teme que ambas Irlandas se unan e Irlanda del Norte abandone la Gran Bretaña.
Aún guardamos fresco el recuerdo de la guerra civil entre católicos y protestantes, y republicanos y monárquicos en Irlanda del Norte, que costó miles de muertos.
En Escocia, a su vez, la Primera Ministra Nicola Sturgeon, está tentada a llamar a un plebiscito para que el pueblo se pronuncie sobre su independencia; también presentó a la Corte escocesa un escrito exigiendo la apertura del Parlamento, recientemente clausurado por la reina, Isabel II.
De no lograr la censura contra Boris Johnson y provocar su salida, el 31 de octubre, muy probablemente Gran Bretaña salga de la Unión Europea en forma salvaje, que traería los consiguientes males a Gran Bretaña, entre otros, el derrumbe de la Libra Esterlina, que hoy apenas roza el 1,20 por dólar, además de una crisis alimentaria, pues Gran Bretaña recibe el 70% de las importaciones de alimentos, provenientes de la Comunidad Europea.
En Gibraltar, el 91% de los votantes lo hizo en favor de la mantención en la Comunidad Europea. El gobierno español ha propuesto a Gran Bretaña una coadministración del Peñón lo cual permitiría, en parte, el lazo con la Unión Europea. De no ocurrir esta posible solución, Gibraltar abandonaría la Unión Europea.
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