La consulta por el aeropuerto de México: Un golpe en la mesa que muestra el cambio de timón
por Javier Buenrostro (México)
8 años atrás 7 min lectura
Los argumentos técnicos, económicos y medioambientales se han discutido por casi dos décadas, desde que Vicente Fox lanzó el proyecto del aeropuerto en Atenco en 2002, y tomaron un segundo aire en el último año al ver los altos costo económicos y medioambientales del proyecto de Texcoco. A favor del NAIM estaba el poder político y económico que fue derrotado en las urnas en julio y la «racionalidad» del mercado neoliberal. En contra, los habitantes de Texcoco y la mayoría social que hizo una diferenciación entre el «costo» y el «valor» de las cosas, en este caso principalmente en términos medioambientales y de sustentabilidad.

Pero la consulta fue más que eso. AMLO ha lanzado su primer mensaje a todo el que lo quiero escuchar: este gobierno pretende ser un cambio de régimen, no solo un cambio de administración. Las reglas del juego político y económico van a cambiar en México. Y eso no es la decisión autoritaria de un solo hombre, es el deseo de más de 30 millones de mexicanos que le otorgaron un triunfo arrasador y contundente a ese candidato. México no quiere más de lo mismo, no quiere más la política económica neoliberal de los gobiernos priistas y panistas que mantuvieron los niveles de pobreza y desigualdad durante décadas a la vez que sumergieron al país en la mayor violencia y caos desde los tiempos de la revolución mexicana, hace casi un siglo.
López Obrador está siguiendo el mandato que le dio democráticamente en las urnas más de la mitad del país. No más continuismo. Hay que romper con el Antiguo Régimen y hay que hacerlo ya, pronto. El 1 de julio el tsunami del Movimiento de Regeneración Nacional (MORENA) y de López Obrador arrasó con el PRI y con el PAN, las expresiones políticas de ese viejo orden. Ahora debe transformar a su poder económico, que se manifiesta en el capitalismo de cuates que ha vivido México en los últimos ochenta años y en el neoliberalismo de las pasadas tres décadas. El NAIM, y sobre todo el negocio inmobiliario que se pretendía hacer en los terrenos aledaños donde se construiría una ‘Aerotrópolis’, eran la encarnación del capitalismo de cuates que tanto mal le ha hecho a México por décadas. Significaba extender la corrupción y el poder económico de las élites transexenalmente por casi medio siglo.
Un gobierno que busca ser un cambio de régimen no puede quedarse en ser simplemente una nueva administración para ese capitalismo de cuates. La consulta, con todas sus deficiencias técnicas, ha sido un golpe en la mesa que muestra el cambio de timón que habrá en la política económica. Anuncia que no buscará nadar de muertito ante decisiones difíciles ni es la intención emular el gatopardismo que caracterizó la alternancia democrática de Vicente Fox. Para que la transición democrática pueda concluirse de manera exitosa deben de darse las transformaciones de fondo que demanda la ciudadanía. En el 2000, en México se votó por el cambio y todo siguió igual. No otra vez. López Obrador sabe que sus electores, que son más de la mitad del país, quieren un cambio verdadero y, aunque toda transición es dolorosa y provoca la resistencia activa del status quo, debe darse de forma activa y decidida.

Para los que piensan que esto es el inicio del autoritarismo de AMLO o parte de las derivas de la izquierda, harían bien en recordar cómo las élites económicas y empresariales suelen ejercer presión y poner el grito en el cielo ante cualquier iniciativa que modere la avaricia de sus ganancias. Cuando en 1960, en el contexto de la revolución cubana y que México no había cortado lazos diplomáticos con la isla caribeña a petición de los grupos empresariales, hubo un campaña de hostigamiento contra el presidente López Mateos, al que falsa y maliciosamente se le acusaba de inclinarse hacia al comunismo o un socialismo de Estado. Ante la presión que pretendía disminuir su autoridad política, López Mateos respondió provocativamente que su gobierno era «dentro de la Constitución, de extrema izquierda». Eso enardeció a los empresarios que lo cuestionaron y presionaron públicamente con el desplegado titulado «¿Por cuál camino, Señor Presidente?», en el que le reclamaban la política económica del Estado mexicano y le preguntaban que si México se dirigía a un socialismo de Estado.
López Mateos era un priista hecho y derecho, represor de varios movimientos obreros y fiel guardián sexenal del capitalismo de amigos. Nunca fue de izquierda y mucho menos socialista. Pero cualquier acción, o incluso declaración, era cuestionada y reprobada por las élites económicas que no permitían ni la menor insinuación que pudiera atentar contra sus privilegios. Hoy, el poder económico del Antiguo Régimen rechaza las acciones de López Obrador y las etiqueta de autoritarismo o del inicio del socialismo de Estado. Igual que en 1960 con López Mateos; muestran poca imaginación en sus ataques.
¿López Obrador propone un socialismo de Estado?
Para nada. Hasta el momento solo se ha manifestado contra la corrupción y el capitalismo de amigos. La cancelación del aeropuerto también significa que la racionalidad del mercado no es, ni remotamente, la única que se debe tener en cuenta para tomar decisiones. En un régimen político que aspire a ser verdaderamente democrático, el bien común y la racionalidad que se deriva de él debe estar por encima de la lógica neoliberal del capital cuyo fin es maximizar los beneficios para unos cuantos. He leído en alguna columna de opinión que el mercado, todopoderoso, venció a todo aquel que intentó desafiarlo, por lo que entonces parecería que no hay más camino que someterse a él.

Los mercados internacionales y las bolsas de valores reaccionaron positivamente al triunfo de Bolsonaro en Brasil, mostrando que el autoritarismo y el fascismo son bien vistos por la racionalidad económica y del mercado. Por eso hay que saber distinguir. La racionalidad política de la democracia y del bien común de la sociedad choca muchas veces con la racionalidad económica del mercado y de la noción de bien privado que impera en las élites económicas neoliberales. Tal vez nos haga falta releer a Max Weber para entender estas sutiles pero importantes diferencias.
En el 2000, México votó por la alternancia democrática y favoreció la llegada al poder de un gerente de la Coca-Cola, el panista Vicente Fox. Ese gerente administró el mismo modelo económico y México fue un ejemplo perfecto de la política lampedusiana donde todo cambia para que todo siga igual. La verdadera transformación democrática que exigió la ciudadanía en las pasadas elecciones radica en separar el poder económico del poder político. Que la vida pública no sea un «quítate tú para ponerme yo» eterno y recurrente. Y para eso se necesita un cambio de régimen y no nada más de administración; se necesita de un presidente y no solamente de un gerente.
López Obrador ha mandado la primera señal de su gobierno, esperemos que esto signifique una verdadera transformación de la vida pública en México.
*Fuente: Actualidad RT
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