03 de Junio de 2016
El azar, como bien sabía Einstein, no existe, y no sólo porque Dios no juegue a los dados ni al Euromillón. La vida no es una sucesión de casualidades sino de reacciones. El albur no determina que una playa libia amanezca una mañana sembrada de cadáveres o que el Mediterráneo se haya convertido en una gran fosa común. Hay muertos porque hay hambre y guerras y con esos ingredientes resulta imposible construir paraísos terrenales entre el Tigris y el Éufrates. Idéntico determinismo rige las relaciones sociales y la desigualdad galopante, que no es fruto del destino sino de un plan de diseño que el viejo Noam Chomsky ha descrito en un documental titulado Réquiem por el sueño americano que revuelve las conciencias y las tripas.
El de Chomsky es un decálogo que explica por qué un 1% acumula la misma riqueza que el 50% de la población mundial y cómo la democracia se ha convertido en un ficción desde que a partir de los años 60 del siglo pasado la industria cedió el poder a los bancos y a las grandes multinacionales, elevados a la categoría de amos de una Humanidad dividida entre quienes dan las órdenes y quienes las obedecen.
Lo que vemos ahora al otro lado de la ventana no dejan de ser las mismas sombras que contemplaba aquel grupo de hombres encadenados en la caverna imaginada por Platón, proyectadas por las grandes corporaciones que integran la plutocracia que nos gobierna. El sistema que describe Chomsky se ha cincelado para permitir que el poder queden en manos de unos pocos y se ha ido perfeccionando para impedir que la tortilla se dé la vuelta.
La única democracia vigente es la de los negocios. Para hacerlo posible, hubo que reducir la participación y despolitizar hasta el sometimiento. La economía fue objeto de un rediseño: la especulación suplantó a la producción y ésta se deslocalizó y creó la auténtica competencia que hoy rige, que no es entre las empresas sino entre los trabajadores, obreros occidentales contra chinos, de manera que la explotación de unos atenace a los otros. Simultáneamente, se alteró la fiscalidad para que los ricos dejaran de pagar y el sostenimiento de los países recayera sobre las espaldas del grueso de la población.
El capitalismo clásico saltó por los aires y la economía de mercado empezó a aplicarse sólo a los pobres. Para los ricos se reservó una suerte de Estado niñera, un red de seguridad para bancos y corporaciones que dejaron de temer a las quiebras porque, llegado el caso (como ha ocurrido) los contribuyentes saldrían al rescate.
¿Cómo conseguir la aceptación de ese estado de cosas? En primer lugar, explica Chomsky, destruyendo la solidaridad y atacando los pilares del Estado del Bienestar, desde la educación pública a la Seguridad Social. Si la máxima imperante es “no te preocupes por los demás”, no tiene sentido pagar pensiones a la viudas o matrículas universitarias. Un licenciado que arrastra la deuda de sus estudios se integrará con más facilidad en el sistema.
En segundo lugar, facilitando a la población una droga similar al soma de Un mundo feliz. La publicidad fabrica los deseos y por ende consumidores perfectamente desinformados que actúan de manera irracional. Igual que votan. La televisión e Internet provocan que las personas dejen de ser protagonistas de sus vidas para asumir el papel de meros espectadores. Y en tercer lugar, arrasando las relaciones laborales con una destrucción sistemática del movimiento sindical, la única barrera frente a la “tiranía corporativa”.
Concentrada la riqueza, concentrado el poder. Las empresas acumulan más derechos y libertades que las personas -condición ésta que se niega a los inmigrantes- y pueden manipular las elecciones e imponer a sus candidatos, simples marionetas en manos de un lobbismo cada vez más refinado. Los supuestos reguladores aplican las normas que les dictan los regulados y, llegados al extremo, los causantes de las crisis son los elegidos para llevar la economía de nuevo a la casilla de salida.
Para salir de la pesadilla en la que se ha convertido el sueño americano y el nuestro, que en eso de los sueños sí que hay una relativa igualdad, Chomsky recomienda el activismo y la organización para la reconquista de los derechos, la suma constante de muchas pequeñas acciones. Tampoco es que derroche optimismo. Le faltó quizás recordar la cita de Paul Valery: “La mejor forma de hacer tus sueños realidad es despertarse”.
*Fuente: Publico.es
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“Un obrero sin trabajo, no importa que sea o no sea marxista, no importa que sea o no sea cristiano, no importa que no tenga ideología política, es un hombre que tiene derecho al trabajo y debemos dárselo nosotros”.
No hay analista mas pesimista que un anarquista judío. Además de Chomsky, me ha tocado tener algunos amigos de juventud con esa característica.
El pesimismo adviene cuando despiertas y te das cuenta que ya es tarde: te ganaron de mano.