El futuro del empleo: ¿La tecnología va a terminar con el trabajo?
por Francisco Louça (Portugal)
10 años atrás 10 min lectura
08/11/2015

Pero como muchos lectores han sugerido la discusión del tema, en este artículo formulo la misma cuestión desde el punto de vista del futuro: ¿qué es lo que va a ocurrir con el empleo por el desarrollo de nuevas aplicaciones tecnológicas? ¿Hay soluciones o vamos a empeorar? No hay una respuesta simple a esta cuestión. En estudios recientes, 47% de los empleos en Estados Unidos están considerados amenazados de extinción por sustitución tecnológica. ¿Y en Portugal? ¿Habrá empleo en el futuro o estaremos condenados a un purgatorio de dependencia de las limosnas del Estado?
Tel vez en este interregno de la formación de gobierno (¿cuál?), valga la pena tratar otras cuestiones esenciales.
La crisis del empleo no va a ser resuelta, vino para quedarse
Analizando la crisis del empleo, la OIT publicó un informe sobre Portugal en el que registra tres factores de agravamiento de la crisis social: un quinto de la población expresa su voluntad de emigrar; había entonces 56% de los desempleados que estaban hacía más de un año sin trabajo (y aproximadamente el mismo porcentaje que no recibía ningún apoyo); y, todavía más, la reforma de la negociación colectiva de 2011 condujo a la degradación de la cobertura de los contratos y por lo tanto al debilitamiento de las relaciones laborarles.
En ese informe, la OIT presenta una simulación del efecto de las políticas favorables al empleo, a partir de dos condiciones: la reducción de la tasa de interés en 1,5 puntos, para favorecer la inversión, y el desarrollo de política activas, muy dirigidas hacia los jóvenes y a las familias que no tienen empleo. Según esta simulación y en estas condiciones, sería posible crear 108 mil puestos de trabajo hasta el final de 2015 y así conseguir una caída del desempleo en 2,3 puntos porcentuales.
Ahora bien, la orientación seguida por el gobierno Passos-Portas ha sido la contraria, acentuando los factores de reducción de los salarios y las pensiones y de la demanda interna, y estimulando las reglas que facilitan el desempleo, excepto cuando fue obligado a hacer lo contrario por el Tribunal Constitucional.
Mientras tanto, el empleo creado es predominantemente precario, o sea, más vulnerable a cualquier variación coyuntural.
¿Cuánto empleo desaparecerá con la informática?
Tenemos entonces una crisis y una política que acentúa la crisis. ¿Pero tenemos también un problema de sustentabilidad tecnológica del empleo? Es lo que vamos a ver a partir de tres estudios recientes y aplicados a la realidad de la economía norteamericana.
Dos de los artículos apuntan al análisis histórico sobre la evolución del empleo a lo largo de las sucesivas revoluciones tecnológicas. Y se preguntan si los economistas del siglo XIX y XX tenían razón o anticiparon que la sofisticación de la tecnología y de las máquinas vendría a sustituir cada vez más trabajo humano. Ese era el punto de vista de David Ricardo (en su capítulo XXXI de los Principios de Economía Política y Tributación), de Karl Marx y, más tarde, de John Maynard Keynes.
Sin embargo, la estructura productiva evoluciona con la adopción de nuevas tecnologías o formas de organización y, por lo tanto, la aplicación del trabajo humano varía mucho a lo largo de los tiempos: la imagen reproduce una fábrica de alfileres, como aquella a la que se había referido Adam Smith en su libro de 1776, Una investigación sobre la naturaleza y causas de la riqueza de las naciones: ¿hoy esta fábrica sería igual? Pero, si es diferente, ¿cómo realmente será? ¿Qué es lo cambió?
Lawrence Katz (Universidad de Harvard, economía) y Robert Margo (Universidad de Boston, economía) realizaron una investigación histórica sobre la relación entre las calificaciones de los trabajadores y las olas de las nuevas tecnologías para poder cuantificar esos efectos. La hipótesis tradicionalmente aceptada era que en el siglo XIX, con la revolución industrial, la evolución tecnológica había favorecido el empleo de trabajadores menos calificados como operadores del equipamiento, al contrario de lo que viene pasando a partir de ese período. Pero los autores sacan la conclusión opuesta: a pesar de la desaparición de los artesanos (calificados) con la industrialización, fueron siendo necesarios otros trabajadores calificados, además de los operadores de las máquinas, para atender funciones más sofisticadas fuera de la línea de montaje, lo que llevó a un importante y persistente aumento del empleo calificado. Esa sería la base histórica de la creación de lo que se vino a llamar recientemente “clase media”, en los Estados Unidos y en otros países.
En el libro que escribí con Chris Freeman, “As Time Goes By” (en la traducción portuguesa Crises e Ciclos no Capitalismo Global”, Afrontamento, 2009) estos procesos son analizados en la misma dirección.
Un segundo artículo es de David Autor (MIT, economía) y David Dorn (CEMFI, Madrid) y fue publicado en el American Economic Review en 2013. Los autores estudian únicamente el crecimiento del trabajo poco calificado entre 1980 y 2005, para verificar la tesis que afirma que el aumento en la desigualdad salarial está relacionado con el cambio tecnológico que favorece a las calificaciones. Pero su conclusión es sorprendente: mientras que durante veinticinco años los empleos y los salarios de los trabajadores poco calificados se ha ido degradando, lo mismo no ocurre con los trabajadores de los servicios. La parte de estos trabajadores entre los empleados que no tienen formación universitaria aumentó mucho, más del 50 por ciento. Y crecieron sus salarios. En una palabra, recuperaron poder contractual incluso durante el período de reducción del crecimiento y de las recesiones de los años ochenta y noventa.
La interpretación de estos autores es que la informatización sustituyó por máquinas a los trabajadores con tareas rutinarias y que la rápida reducción en el precio de la tecnología informática estimuló esta sustitución. Por eso, los trabajadores habían pasado hacia los servicios, que son más difíciles de automatizar y donde habrían encontrado cada vez más empleos.
El último de estos artículos es de Carl Frey (Universidad de Oxford, filosofía) y Michael Osborne (Universidad de Oxford, ingeniería) que estudia la persistencia profesional de estos servicios. Y es aquí donde la cerda tuerce el rabo. Los autores estudiaron 702 profesiones y el impacto previsible que la informatización puede tener en el número de puestos de trabajo, para concluir que el 47 por ciento de los empleos está en riesgo, o sea, que tienen grandes posibilidades de eliminarse en las próximas dos décadas.
Para llegar a esta conclusión, Frey y Osborne distinguen los trabajos que son intensivos en actividades rutinarias de los que exigen más creación y son por lo tanto más difíciles de manejar por una máquina con un algoritmo, incluso si éste es muy sofisticado. Para ello, dan el ejemplo del éxito de Google en el 2010, cuando consiguió aplicar en Toyotas Prius un proceso de conducción completamente automatizado, sin el conductor (En los EE.UU., California y Nevada están actualmente cambiando la legislación para permitir automóviles sin conductor). A pesar del gran número de factores involucrados en cada decisión de la conducción de un automóvil, Google logró reducir este proceso a rutinas y aprendizajes (lo que no quiere decir que el coche automático esté disponible comercialmente en el corto plazo). Pero esta facultad no se aplica (todavía) en casos mucho más complejos con gran intensidad cognitiva.
Si conjugamos este análisis con los trabajos de Autor y Dorn, entonces deducimos que son precisamente los servicios donde más aumentó el empleo para los trabajadores poco calificados, que están en riesgo ahora con la informatización. Los ejemplos de sus listas de profesiones con 99 por ciento de probabilidad de perder gran parte del empleo son los operadores de telemarketing, los reparadores de relojes, procesadores de fotografías, bibliotecarios, agentes de seguros, empleados de carga y carga, analistas de crédito, secretarias, choferes, operadores de radio, operadores de telefonía, vendedores, inspectores fiscales, analistas de presupuestos, técnicos en geología y petróleo, cocineros, camareros, meseros, constructores, técnicos de equipos móviles, picapedreros, joyeros, controladores de cuidadores de animales y muchos otros. En otras palabras, la calificación será la base del empleo, pero sólo en el caso de algunas calificaciones.
Portugal en riesgo
Es cierto que, en Portugal, la reducción de los salarios desalienta a corto plazo esta sustitución de trabajo por procesamientos informáticos.
Para la reducción de los costos de las empresas, atacar el salario es siempre una ventaja. Pero el margen es muy estrecho y esta ola de cambio tecnológico llegará en poco tiempo. Tenemos así una doble crisis: el desempleo creado por la destrucción salarial y por las normas facilistas, y el desempleo creado por los reajustes en los procesos productivos y en la gestión de servicios.
Siendo Portugal uno de los países con menores calificaciones de la fuerza de trabajo, ese desaliento es evidente. En el informe del Consejo Nacional de Educación esos datos son evidentes al comparar niveles de calificación en 2011: la parte de la población que alcanzó al menos el 12º grado es en Portugal el 31.9% (España 52,6% y U.E. 72.7%); la que terminó la educación superior en Portugal llega al 15,4% (España 30.7%, U.E.25.7%). Los salarios son más bajos y el trabajo es por consiguiente más barato.
En este sentido, la evidencia demuestra que también en los sectores más calificados aumentó el desempleo.
Así, en esta era de austeridad, son los graduados en la educación superior los que han sufrido las mayores pérdidas en el empleo entre 2012 y 2013. Una vez más, esto demuestra que la demanda de reducción de costos en salarios se concentra en los sectores mejor pagados, o que podrían tender a ser los mejor pagados. Como muchos de esos desempleados emigraron, tenemos entonces una doble trampa En primer lugar, la reducción de los salarios y el desempleo de los trabajadores más calificados provoca pérdida de capacidad, emigración y exclusión del trabajo. En segundo lugar, esta situación crea menos incentivos para la calificación de quien llegan a la edad de estudiar y trabajar. Es decir, se pierden las calificaciones existentes y se pierden las futuras calificaciones. Por otro lado, el progreso tecnológico sugiere que en un futuro cercano se van a perder muchos empleos en profesiones rutinarias de baja calificación.
En analogía con los estudios antes citados, el riesgo de un proceso de sustitución de trabajo puede alcanzar a más del 50% de los trabajadores en los sectores mayormente vulnerables (servicios financieros, consultoría, energía, comercio, almacenamiento, distribución, educación y otros). Incluso que el resultado no sea una informatización tan extensa como la contemplada en los estudios para los Estados Unidos, no deja de ser una amenaza inmensa. A ella se suma todavía la situación actual de austeridad: hay un gran número de empleos en trabajos por cuenta propia, que dependen de la demanda interna y son por eso la primera frontera de la austeridad. Ellos también pueden desaparecer a gran velocidad.
En otras palabras, con austeridad no tendremos medidas activas para el empleo. Y con la combinación entre autoridad tecnológica y sumisión social tendremos un régimen dirigido a vivir en base al desempleo de masas, permanente y sin apoyo. No conocemos ninguna democracia así. Más vale prepararnos para subyugarnos a este régimen autoritario o vivir en lucha contra él y para vencer.
– El autor, Francisco Louça, es un economista portugués de reputación académica internacional y, hasta hace poco, el principal dirigente del Bloco de Esquerda
Fuente original: http://www.esquerda.net, 22 de octubre 2015
Traducción:Carlos Abel Suárez
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