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La nueva renuncia presidencial: Nueva Constitución 

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Miércoles 14 de octubre 2015
A cambio de proponernos un camino expedito para dotarnos de una nueva Constitución, la Presidenta Bachelet presentó anoche su voluntad de emprender un proceso de educación cívica a nivel nacional, en el propósito de que los chilenos entendamos, primero, de qué se trata realmente una Carta Fundamental. Ya se sabe que el nuevo presupuesto de la nación dispondrá de ingentes recursos para una campaña de concientización ciudadana que le vendrá, por supuesto, como anillo al dedo al oficialismo para la próxima campaña municipal. Para que los activistas de los partidos nos convoquen a jornadas de reflexión y una cuadrilla de operadores políticos bien remunerados le reúnan a la Presidenta las ideas y propuestas para que recién a fines del 2017 ella le presente al Congreso Nacional una propuesta de Constitución. Iniciativa presidencial que sería sancionada finalmente por un nuevo parlamento que, como es lógico, deberá tomarse el tiempo suficiente para normar al respecto y, más encima, determinar si se va a consultar o no al pueblo respecto de este texto constitucional.

Seamos claros: definitivamente no habrá nueva Constitución durante el actual mandato presidencial. Con lo cual habremos completado seis gobiernos sin que se concrete esta propuesta y más de 30 años de espera y falsas promesas de parte del conjunto de la política. Imagino, ahora, que con este largo itinerario la Derecha y los más poderosos empresarios habrán quedado más que satisfechos después de este breve mensaje presidencial y, después de escucharla a su Mandataria, habrán gozado a plenitud la victoria de nuestra Selección Nacional de Fútbol sobre el equipo peruano.
Sin embargo, aunque no definió contenido alguno sobre este esta eventual Carta Magna, a la Presidenta se le escapó el certero reconocimiento de que la actual Constitución de Pinochet (remozada después por Ricardo Lagos) es un texto ilegítimo en su origen dictatorial, como en su normativa autoritaria. Con esto, Michelle Bachelet reconoció ante Chile y el mundo que todo lo que se ha derivado de este texto debiera ser, por ende, también ilegítimo. Es decir, el sistema de elecciones, la elección de nuestros diputados y senadores, así como ilegítima, también, la forma en que accedieron al poder ella misma y cada uno de sus antecesores en esta larga posdictadura.
Una ilegitimidad que curiosamente la lleva a depositar en los actuales miembros del Parlamento la tarea de definir un eventual texto constitucional que, como se sabe, requeriría para su aprobación de un quorum desmedido para ser aprobado, cuando se asume -además- que una cuota importante de legisladores le deben el cargo que ostentan al ilegítimo sistema electoral binominal, continúan siendo los hijos dilectos de la Dictadura y en todos los tonos han declarado que no les incomoda la actual Constitución. Cuando los mismos que se allanan a un nuevo texto constitucional presentan, además, demasiadas diferencias respecto de cómo encarar una nueva institucionalidad, en ese arcoíris de contradicciones que van de comunistas a democratacristianos, como entre los socialistas de los más variados pelajes.
Tendríamos que ser demasiado ingenuos para aceptar la posibilidad de que se convoque alguna vez a una Asamblea Constituyente. Sin duda que el camino más democrático, participativo e inclusivo para dotarnos de una nueva Constitución, como las que resultaron en Estados Unidos y tantas otras naciones que en su hora no le temieron al pueblo y a la voluntad soberana de los ciudadanos.
Para qué agregar más palabras. Allí está el discurso presidencial de anoche minutos antes del jolgorio futbolístico. Cualquier lector honesto sólo puede concluir que la propuesta de una nueva Constitución, con la cual sumó votos la actual Presidenta, se inscribirá también entre las muchas promesas incumplidas o diferidas para el futuro. En la incertidumbre, también, que existe sobre este futuro, cuando los niveles de confianza en los referentes políticos están por el suelo y la corrupción transversal de la clase dirigente se ha hecho tan ostensible. Quizás lo mejor del discurso presidencial de anoche sea la contundente resolución de la Mandataria de dejar las cosas así como están, administrar sin mayores sobresaltos lo que le queda de gobierno. Evitar, en definitiva un quiebre con el modelo institucional y económico social legado por la Dictadura que ha logrado encantar hasta a los más vociferantes detractores del pinochetismo.
Prepárese, usted, ahora, para contemplar todos los besamanos que recibirá Michelle Bachelet desde los partidos que medran de su administración, como los asentimientos que terminarán dándole la Sofofa, la Sociedad de Fomento Fabril y otras entidades patronales que tanto seducen a los actuales moradores de La Moneda y quienes son realmente los que deciden ahora en nuestro país.
Pero preparémonos lo que queremos una Nueva Constitución, los que nos sentimos desencantados por tanta felonía y dilación. Aprestémonos para activar la protesta, la movilización social que siempre requieren los auténticos cambios. A conseguir en la calle y de la mano de tantos chilenos y organizaciones indignadas, no solo una nueva Constitución, sino representantes genuinos, después de este reconocimiento oficial de anoche en cuanto a que nuestra Carta Fundamental es ilegítima en su origen y contenido, así como revenidas se presentan sus diversas instituciones. Alistémonos para propinarle un nuevo y contundente desprecio a la parafernalia electoral de oficialistas y opositores de pacotilla, en su compartido encantamiento con el orden actual que. Sin duda, debemos desmantelar si queremos que en Chile haya genuina democracia y justicia social. Cuando en las últimas elecciones presidenciales y parlamentarias más de un 58 por ciento de ciudadanos se abstuvo de votar y legitimar con su sufragio el sistema que nos rige.
Menos mal que a la hora de nuestra independencia, los que se empeñaron en lograrla asumieron su deber de emancipar a Chile sin ocurrírseles entrar en diálogo con los ejércitos y políticos de ocupación. Menos mal que las grandes transformaciones de nuestro país tuvieron líderes que hasta dieron sus vidas por servirlas y atender la voluntad del pueblo. ¡Qué mal dejará la historia a este segundo gobierno de una Presidenta que en apenas un año pierde su credibilidad y sus pretendidas reformas se hacen agua en la connivencia con los refractarios a todo cambio, con los más que probados enemigos de la democracia, con los nuevos conquistadores empoderados de nuestros recursos básicos y soberanía!
* Comentario radial del 14 de octubre de 2015.
*Fuente: diarioUchile
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2 Comentarios

  1. Luca Toderini

    De cierto grupo de gente escucho siempre lo mismo, que hay hacer una nueva constitución, con la misma justificación de siempre; que esta constitución es de Pinochet, que es
    ilegítima y etc.
    Pero todavía no escucho ningún argumento, que a mí como ciudadano común y corriente, sin una devoción política determinada, pero si con un claro sentido cívico, me convenza.
    La actual constitución con sus series de modificaciones, incluyendo el binominal, ya no tiene poco o nada con la original. Desde el punto de vista ciudadano una nueva constitución, tiene la última prioridad respecto a otros temas importantes, que se resuelven con la adecuada
    ejecución de las actuales leyes, cambios o mejoras a estas, sin que sea necesario una nueva constitución para esto.
    En este momento, ustedes están llevando un gallito político, idealista, que en nada refleja las necesidades actuales de Chile. Pretender tener una nueva constitución que represente a
    TODOS los chilenos, en plazo de 4 años, es a lo menos irresponsable.
    Las promesas de campaña, deben deponerse frente al mejor interés del país

  2. olga larrazabal

    Se me ocurre que ninguna constitución puede representar a todos los ciudadanos de un país y que esta es una pretensión tan equivocada como que un gobierno represente ideologicamente a todos. Lo máximo que se puede pretender, es que represente a las mayorías por lo menos de aquí a unos 30 años más en un plan de revisión permanente.
    La Constitución del 80 deja atada a esas mayorías a tener el beneplácito de las minorías, aunque éstas hayan manejado el país durante 200 años para su beneficio particular y no se les vea ni siquiera una intención de dejar de hacerlo.
    Además esta Constitución impone un sistema político de organización del Estado y del Gobierno de turno, que se basa en una concepción «económica» particular del sistema. Es decir, que los poderes económicos sean los que ponen la agenda, aunque esta sea de corto plazo y en desmedro de los ciudadanos del país y sus hijos. Porque la ideología detrás del modelo neo liberal, no es una verdad científica ni un dogma religiosos que se pueda imponer en cualquier país, sea cual fuere su etapa de desarrollo económico y social. Es una ideología que beneficia a los países que nos llevan una ventaja de a lo menos 200 años de desarrollo y condena a nuestra población que mayoritariamente no está educada ni preparada para esta competencia privilegiando el comercio por sobre el buen vivir. Entrega nuestros recursos naturales a chilenos privilegiados o extranjeros que no sienten responsabilidad alguna por los efectos negativos colaterales a su explotación.
    Además concibe instituciones cuyo poder sobrepasa el del Presidente de la República, tales como el Tribunal Constitucional donde sus miembros, no elegidos por el pueblo, hacen valer sus particulares creencias por sobre lo que un Parlamento, incluso un Presidente, propicie. Tenemos el caso de la Píldora del día después, en que en el años 2008 habiéndose demostrado en los laboratorios de la Universidad Karolinska que no era abortiva, el T Const. se negó a darle el pase, porque sus miembros, ideológicamente, no estaban de acuerdo debido a que su información provenía de los clérigos de una religión, con sus prejuicios particulares.
    Y así sucesivamente

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